Gays, misoginia y lesbofobia

Tras la pausa de las últimas semanas vuelvo a la carga con esas cosas que consiguen alzar mi ceja izquierda hasta límites desconocidos. Y ahora le toca el turno a aquellos que, por ser más numerosos, es más probable que carguen contra mí: los gays.

Libertad Morán • 02/06/2009

Banderas (Foto: Flickr / Mike el madrileño)

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Seré sincera: me suelen gustar los gays. Durante mi primera época en el ambiente salía exclusivamente con ellos. Me divertía muchísimo. Y llegué a conocer los entresijos, códigos y referentes de la cultura gay incluso mejor que algunos de ellos. Sin embargo hay gays que hacen que se me hinche la vena del cuello. Si el colectivo lésbico se queja de doble discriminación (por orientación y por género), los gays suelen incurrir en dos pecados directamente relacionados con ella: misoginia y lesbofobia.

¿¿¿Pero dónde vas??? ¡¡¡Que eso está lleno de chochos es una gracieta que he escuchado más de una vez en las inmediaciones de bares con clientela eminentemente femenina. Una frase en la que, bajo la aparente broma, subyace la creencia de la superioridad masculina y un desprecio profundo por todo lo que no pertenece a ella. Una frase que me irrita, molesta e insulta.

Los gays masculinos han sufrido persecución y discriminación, eso nadie puede negarlo. Sin embargo en cuanto el colectivo comenzó a sacar la cabeza del charco de lodo en el que la historia trató de sumergirlo, se creció. Al fin y al cabo los gays no dejan de ser hombres. Hombres que, además, a diferencia de los heterosexuales, no necesitan a las mujeres absolutamente para nada. Si el lesbianismo atenta contra las bases de la sociedad patriarcal y machista, la homosexualidad en cierto modo la fortifica y perpetúa, llegando a crear microsociedades en las que son los hombres y sólo los hombres los que llevan la voz cantante; los que son emisores y receptores de un mismo mensaje: lo femenino es malo y negativo.

Durante la última década y media se ha fomentado hasta extremos insospechables el estereotipo del gay hipermasculino, hipermusculado e hiperviril. A consecuencia de esto, cualquier otro hombre homosexual que no se ajustase a ese modelo era excluido de determinadas “élites” gays. Un marica con pluma, afeminado o que utilizase pronombres femeninos para referirse a él o a sus pares (ya fuera como broma o como reivindicación personal) era automáticamente calificado de lastre para la pulcra imagen de ese primer gay que ha copado el imaginario colectivo. Y de nuevo nos encontramos con esa conclusión de que lo femenino es malo y negativo.

En los colectivos la cosa no mejora mucho. Durante años la presencia femenina ha sido anecdótica o relegada a una simple cuota. De hecho, Fundación Triángulo, entidad en la que me involucré demasiado en determinada época de mi vida, mantenía la opinión de que gays y lesbianas compartíamos las mismas reivindicaciones por lo que no era necesario un grupo o unas demandas específicas para las mujeres. Según ellos todos debíamos ir de la mano a pedir la ley de parejas de hecho (nada de matrimonio) y ya nos podíamos dar por satisfechos. Tiempo después donde dijeron digo, dijeron Diego y formaron un grupo de mujeres en el que nos dejaban reunirnos un viernes a última hora (lo que yo denominé “El taller de punto de cruz”) para tenernos contentas y que no hiciéramos demasiado ruido. Hoy en día nadie se atreve a negar que los requerimientos del colectivo lésbico son distintos de los del gay pero aún así la mayoría de los recursos se los siguen llevando los hombres o iniciativas que, a priori, parecen dirigidas a ambos sexos.

En cuanto a la calle la segregación por sexos está cada vez más a la orden del día. Los grupos se separan en masculinos y femeninos. Los de gays suelen tener a alguna “mariliendre” o una bisexual despistada. En los grupos de mujeres, una presencia masculina, sea gay o heterosexual, es casi anecdótica. Gays y lesbianas se mueven en bandos diferenciados que a veces parecen rivales de una guerra; tan ajenos los unos de los otros que más parecen enemigos que compañeros en lucha por algunas causas en común. Que haya lesbianas que sufren de cierta androfobia es un mal menor dentro del colectivo gay ya que poco pueden hacer en un entorno donde los hombres, sus compañeros gays, son quienes hacen y deshacen, eligen o descartan y tienen voz y presencia.

Y me da rabia que estos gays de los que hablo (ojo, que unos pocos —o unos cuantos— no son todos) olviden que el movimiento de liberación gay moderno debe mucho a las mujeres y al movimiento feminista promovido por ellas. Que pasen por alto que estos dos movimientos, en sus inicios, fueron paralelos. O incluso que, tradicionalmente, hemos sido las mujeres quienes hemos estado a su lado.

Hay gays que idolatran a las mujeres como iconos, todos sabemos cuántos referentes femeninos hay en el imaginario homosexual. Pero hay muchos gays que las denostan, que han cogido el testigo de las sociedad patriarcal y machista (la misma que les desprecia a ellos) y que, con su desprecio, están aportando su granito de arena a que la lucha de sexos siga vigente. Una lucha de sexos aún más absurda si cabe en un colectivo que, pese a todo, sigue estando discriminado.

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