Los heterochachis

Reconozco que me equivoqué. Me equivoqué al ponerle título a esta columna. Quedaría mucho mejor titularla “Haciendo amigos”. Aunque no sé de qué me sorprendo. Siempre que dices lo que la gente no quiere oír, te creas nuevos “amigos”...

Libertad Morán • 24/03/2009

Homofobia (Fotos: Mahadeva / Flickr)

heteros falsa tolerancia

Que nadie se lleve las manos a la cabeza antes de tiempo. No me voy a meter con los heteros. Al menos no con todos. Porque aunque haya quien no capte los matices de mis descripciones, nunca generalizo sino que hablo de sectores muy particulares. Los heterochachis no son todos los heteros. Los heterochachis suelen ser justamente aquellos que más cerca están de gays y lesbianas. O los que no se acaban de sentir del todo cómodos con las actitudes del Foro de la Familia y similares y creen que les queda mejor la etiqueta de abiertos y buenrollistas. Pero los heterochachis no están libres de pecado. Y a veces duelen más ciertas sentencias suyas que las de un Ratzinger cualquiera.

Hay varios tipos de heterochachis. Está el amigo de toda la vida que se enorgullece de relacionarse contigo y de que le hayas descubierto ese mundo de luz y de color que es el ambiente. Su número suele multiplicarse exponencialmente hacia mediados de junio, cuando ya se están calentando los motores para las fiestas del Orgullo Gay. Y es que no hay nada que le guste más al españolito de a pie que un buen sarao. Mientras haya alcohol y jarana hasta el amanecer poco les importa a quién te lleves a la cama. Eso sí, antes de ir siempre bromearán (lo dicen en broma, pero el temor surge de lo más profundo de su ser) con aquello de “y si algun@ me entra, ¿qué hago?”. Más tarde, cuando haya trasegado la suficiente cerveza, se te colgará del cuello y te dirá a ti y a quién quiera escucharlo esa frase tan bonita y buenrollista de “Yo os acepto”.

Personalmente y aún a riesgo de parecer violenta, le pegaría una patada en la boca a cada cantamañanas que, borracho como una cuba, se me ha acercado en una noche de juerga a soltarme semejante parida. Ellos nos aceptan, ellos nos toleran, a ellos les parece supercool tener amigos gays (lo de las lesbianas ya sería otro cantar, generalmente la sangre fluye hacia el sur cuando se imaginan lo que nosotras hacemos en la intimidad) y yo me pregunto insistentemente quién coño les habrá otorgado esa superioridad moral con la que dicen “aceptarnos” y “tolerarnos”. A mí me parece vergonzoso el nivel de idiotez de algunos sujetos y aún y así no se me ocurre engancharles del cuello, decirles que acepto que me sigan tratando como a un mono de feria y luego brindar por ello. Yo no quiero que me acepten ni me toleren, estaría bueno. Yo sólo quiero que me hablen de tú a tú, sin pedestales de por medio.

Por otro lado tenemos a los heterochachis que, al igual que los anteriores, “aceptan” y “toleran” lo tuyo pero no lo comparten. Para estos especímenes cualquier leve mención a nuestra sexualidad lo traducen como alarde y, oye, mira, es que no es necesario que nos estés recordando constantemente que te paseas por la vereda de enfrente. Claro que no, faltaría más. Ellos jamás hacen alarde de su (hetero)sexualidad. Ellos los lunes por la mañana, cuando llegas a la oficina, te cuentan que han estado en el pueblo con el marido y los niños; o que se fueron con el novio o la novia de turno de puente a Torrevieja; o que están planeando casarse. Eso es lo normal, claro, no es ningún alarde. Tu compañera de la mesa de al lado te puede contar con pelos y señales cómo a su Javi (o su Jose o su Fernando) le está saliendo una hernia inguinal y cómo se la mete hacia dentro para posponer todo lo que pueda la visita al cirujano pero si tú tienes la inocente idea de comentarle que el sábado por la noche fuiste al cine con tu novia te mirarán como si les estuvieras contando tus dificultades para depilarte las ingles.

Para colmo estos últimos, cada vez que aparece una noticia en la que colectivos o particulares intentan denunciar situaciones de homofobia, siempre acaban soltando esa magnífica perla que podría resumirse en “No sé de qué os quejáis tanto si ya no se os discrimina”. Claro, como ya podemos casarnos y una de las series nacionales (bueno, más de una) de más audiencia se ha convertido en un vodevil lésbico que ríete tú de The L Word tenemos que callarnos la boquita y no decir nada cuando pisotean nuestros derechos. Porque, claro, como ya salimos en la tele, ellos se piensan que todo está conseguido y que nuestras quejas no son más que nuestro afán de hacernos las víctimas y llamar la atención.

Y para terminar (aunque la lista sería mucho más larga) están los heterochachis integrados, esos que salen por el ambiente tanto (incluso más que tú) que ya empiezas a sospechar que a lo mejor les está picando la curiosidad. Los que leen más literatura “gay” que tú, los que ven más cine “gay” que tú y los que están al tanto de cosas relacionadas con el mundo homosexual que tú ni siquiera sabías que existían. Estos tienden a ser más optimistas que Zerolo en la pancarta de cabecera de la manifestación del Orgullo Gay. Están tan metidos en el ambiente que piensan que todo está conseguido ya, que la situación en la sociedad se ha equiparado completamente y que la homofobia sólo se manifiesta en episodios aislados meramente anecdóticos. Para ellos todo es fantástico y maravilloso y, al igual que los anteriores, no entienden nuestro empeño en seguir reivindicando. Ellos viven en los mundos de Yupi y de verdad llegan a creer que todos nos hemos instalado allí con ellos.

Cada vez que me encuentro con alguno de estos especímenes (o con otros cualquiera) cometo la equivocación de enzarzarme en largos y tediosos debates acerca de la cuestión gay, de que no todo es tan bonito como se piensan o que hablar de mi novia no es hacer más alarde del que hace cualquier otra persona sobre su pareja heterosexual. Aunque, si he de ser sincera, cada vez entro menos al trapo. Me aburre darme de cabezazos contra la pared. Incluso a veces llego a echar de menos al clásico homófobo que, puño en alto, me advierte de que acabaré con mis huesos en el infierno. Al menos con él sé muy bien lo que tengo que hacer...

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Libertad Morán

Nací un martes y trece y puesto que ahora estoy en plena crisis de los treinta no hace falta indicar de qué año. Madrileña y urbanita hasta la médula, si finalmente decido hacerles la putada a mis amigos de que, cuando llegue el momento, esparzan mis cenizas, los pobres tendrán que hacerlo un jueves a las tres de la mañana desde un coche que recorra la Gran Vía a toda velocidad y con alguna canción de Madonna de fondo. Con cuatro novelas ya a mis espaldas, intento trabajar en la quinta, que verá la luz en algún momento incierto de 2011. Si aún te quedan ganas de saber más, visita www.libertadmoran.es.

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