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Alta infidelidad

La infidelidad se ha convertido en un comportamiento socialmente aceptado. Para muchos ya no es importante que sus parejas les concedan la exclusividad sexual. Otros afirman incluso que la fidelidad es antinatural. ¿Estamos cada vez más predispuestos a aceptar los cuernos como parte de una relación de pareja?

Carlos G. García • 21/07/2010

Alta infidelidad

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Tengo una amiga que dice que ante la imposibilidad de encontrar una pareja de su gusto va a consagrar su vida a hacer encajes de bolillo sentada en un porche y rodeada de gatos siameses, sublimando así sus necesidades afectivas y sexuales. Mi querida amiga entiende por “de su gusto” un conjunto de cualidades que, desde luego, escasean en los tiempos que corren, entre ellas la de la fidelidad. Ella afirma tajantemente: “Para lo que hay, me quedo como estoy: sola”.

Lo de mi amiga no es ninguna tontería. Para ella es muy importante que su pareja le sea completamente fiel. No me refiero a que su pareja no pueda mirar a otras mujeres, no pueda expresar si son guapas o no pueda tener amigas, no. Desde luego, la conozco y no es una celosa patológica. Simplemente, tiene un concepto del respeto entre cónyuges muy acusado y cree que es muy importante que su pareja no se acueste con otras personas, que ésta es una de las bases principales de una relación sana y equilibrada. Mi amiga aspira a que el hombre que esté con ella le conceda el privilegio de la exclusividad sexual. Ante la imposibilidad de hallar a su alrededor potenciales parejas que compartan su opinión, considera que es mejor no arriesgarse a que le hagan daño y prefiere quedarse sola, plantando nabos en un huerto.

Y tiene sentido. Parece ser que en las últimas décadas se ha instalado en la cultura popular de barra de bar una concepción bastante sueltecita de esto que llamamos fidelidad. Resulta que de un tiempo a esta parte ser fiel no se lleva. Lo de tener una relación en la que tú y tu pareja sólo folléis entre vosotros parece estar incluso denostado: es como del pleistoceno, demasiado clásico, demasiado convencional. Y es que, con muchísima frecuencia confundimos el tocino con la velocidad y creemos que por no practicar el metesaca con todo cristo como deporte nacional estamos respondiendo a patrones de antiguayas, de no estar a la última. Cuando dices que eres fiel, muchos te miran por encima del hombro y te tachan de conservador mientras anuncian que una relación de este tipo es enfermiza porque constriñe. “Jo, tía, es que tú y tu novio os reprimís, no sois liberales, no tenéis una relación de amor libre, que es lo que mola. Sois antinaturales”. Mariquita y fiel: invertido total, oigan, aun a riesgo de caer en tópicos sobre la promiscuidad homosexual.

Porque el argumento que más se usa en estos casos para defender el hecho de poner unos cuernos de tamaño XXL es ese de que la fidelidad es antinatural. Resulta que, según esta máxima, el ser humano, como animal de espíritu libre y taparrabos con abrefácil, se siente natualmente atraído por otros de su especie y, como tal, debe meterla en caliente tantas veces como sea necesario con el fin de obedecer a su naturaleza plurisexual y polígama. De hecho, hay tipos que me han confesado abiertamente y sin ningún tipo de tapujos que ellos son infieles por naturaleza, que es tanto como decir que no pueden mantenerla dentro de los pantalones durante más de cinco minutos.

Como ustedes, mis queridas lectores, comprenderán, yo creo que este tipo de afirmaciones son muy relativas, y que si nos ponemos a hablar de naturaleza animal obviando cualquier tipo de consideración social y cultural, a lo mejor deberíamos abandonar nuestro modo de vida y volvernos a las cuevas, a cazar jabalíes y a hacer pinturas rupestres. Por decirlo de otra forma, no se puede aceptar la naturaleza social y cultural del ser humano para lo que nos conviene y comprarnos un iPad y luego decir que es que, mira, tía, no voy a acostarme únicamente con mi pareja porque eso va contra mi naturaleza animal, ¿entiendes?

Otro de los grandes argumentos para defender las infidelidades es la sempiterna separación que muchos manifiestan realizar entre sexo y amor. “Cari, me he acostado con el vecino del quinto, pero es sólo sexo, no siento nada por él. Te quiero a ti”. Ah, bueno, vale, si mientras te la metía o se la metías no sentías amor, sólo placer, no pasa nada, todo olvidado. Ahora mismo nos hacemos un té con pastas, vemos Sálvame Deluxe juntos y aquí no ha pasado nada, tan novietes como siempre. Pero, digo yo, a ver, es un poner, ¿eh?, no nos pongamos nerviosos, pero que digo yo que si me quieres tanto a lo mejor podrías habértelo pensado dos veces antes de chuparle el lóbulo de la oreja al del quinto. Porque es que, mira, si nos ponemos así, me puedo zumbar a ciento y la madre, así, sin amor, en plan guarrete y eso, y luego, mientras busco mis bragas por ahí, dibujo un corazón con tu nombre en una cartulina para que entiendas que a pesar de follármelos a todos te sigo amando como en una telenovela. Genial, ¿no?

Como si el sexo y el amor no estuvieran íntimamente vinculados, ¿sabes?

Las infidelidades suceden, están a la orden del día. Muchas veces son pactadas, dejan de ser infidelidades mediante las relaciones abiertas, sobre las cuales escribiré la semana que viene. Algunas son accidentales, otras comprensibles, otras intencionadas, la mayoría esconden problemas graves en las relaciones. Es cuestión de cada cual y de cada pareja, eso no lo discuto. La cosa es que la gente, cada día, se encuentra menos predispuesta a ser fiel, entre otras cosas porque cuenta con un abanico de excusas aceptado popularmente para lavar sus conciencias. Y, como consecuencia, cada día nos sentimos menos predispuestos a exigir que nuestras parejas nos sean fieles, como si con ello estuviéramos pidiendo la luna, a pesar de que la sola idea de un desliz nos ponga los pelos de punta.

No seamos hipócritas e intentemos defender las infidelidades utilizando planteamientos pretendidamente antropológicos o hablando de amor y sexo. Siguiendo la ética kantiana, deberíamos tener más en cuenta aquello de no hagas con los demás lo que no quieres que hagan contigo. Porque seguramente, a ti no te haría ninguna gracia que tu noviete estuviera ahora, mientras lees esto, cepillándose a otro.

Ponerle los cuernos a alguien está mal, nos guste más o menos reconocerlo. Y punto.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Carlos G. García

Carlos G. García es periodista, trabajador social, diseñador gráfico, corrector, escritor, idealista implacable, ex pardillo, un mariquituso con inquietudes y, sobre todo, un superviviente de la vida moderna que un día descubrió que frivolizar y reír era mucho más barato que un psicólogo. “Amar en tiempos de estómagos revueltos” es también su primer libro, un conjunto de artículos sobre el amor, el desamor y sobre cómo enfrentarse a los sinsabores de la vida con humor. Ha publicado con la editorial Stonewall la novela “Entrada + Consumición”, con excelentes críticas. Puedes seguirle en Facebook y Twitter.

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