Amor condicional

“Si no te portas bien, no te voy a querer”. Es lo que se nos decía cuando éramos niños y es lo que se nos sigue diciendo ahora que somos adultos de otras maneras. “Si no haces lo que yo mando, te grito, te dejo o te machaco” y otras formas de tiranizar a alguien en una relación.

Carlos G. García • 27/01/2013

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Queridos lectoras:

Yo estoy convencido de que vosotras, en vuestra infancia, habéis sido niños. Sí, sí, sí, ya sé que además de niños habéis sido maricones y que se metían con vosotros en el patio del colegio porque no jugabais al fútbol como los otros niños (entre los cuales también había maricones que fingían ser heteros, quede claro). Ya sabéis, aquellos tiempos tan duros y tan inocentes en los que les mirabais el paquete al profe de gimnasia disimuladamente y en los que pensabais que si os tocabais mucho un día os despertaríais y descubriríais que os habíais quedado ciegos (como ahora los sábados por la noche, pero sin los tres chupitos de tequila).

Y seguramente cuando erais niños vuestro padre, vuestra madre, vuestra tata o quien quiera que se encargara de vuestro cuidado os decía…

— Como no te portes bien, voy a dejar de quererte.

— Como no has hecho lo que te he dicho, eres malo y ya no te quiero.

Yo no es por meterme con vuestro padre, vuestra madre, vuestra tata o quien quiera que se encargara de vuestro cuidado, entre otras cosas porque a mí me lo decían igual y por mucho que esos señores del Foro de la Familia se empeñen para darle una explicación a lo sarasa que he salido y a lo que me gustan los rabos, mis padres no eran jipis que fumaban hierba y que me dejaban hacer lo que me saliera del chichi. Qué va. La cosa es que esto de decirle a alguien que si se porta bien le querremos mucho y si se porta mal no lo querremos no deja de ser algo taco de chungo y, en cierto modo, contraproducente.

Para que nos entendamos, tía, condicionar el amor a lo que otra persona haga o deje de hacer es caer en un chantaje emocional chupiguay y en una negación de la identidad de la otra persona. Porque, maricón, no estamos hablando de “si me pones los cuernos con un equipo de fútbol o con todo el elenco de porno de los estudios Falcon te dejo” (que no te dejo de querer, que eso lleva más tiempo), sino otro tipo de condicionantes que permiten a uno de los miembros de la relación (de pareja, de amistad, laboral) obtener lo que le salga del ojete de la otra persona y tenerla a su merced, bajo la premisa de “si te portas bien te querré y si no te portas bien no”, entendiendo que “portarse bien” es “hacer lo que yo quiera que hagas”. Ellos definen lo que es ser bueno o ser malo: ser bueno es que hagas lo que yo quiera, cuando yo quiera y como yo quiera y ser malo es que no obedezcas este simple principio.

Por ejemplo:

-Si esta noche me haces una mamada de dos horas y media de duración te querré. Si no, pues no. Ni aunque sea de dos horas y veinticinco minutos. Que, a ver, entendámonos, todos queremos mamadas de dos horas y media de duración (y hasta de tres. Yo conozco a más de uno que si por él fuera se pasaba el día entero con los brazos detrás de la nuca dejando que se la chupen y tan ricamente), pero que está un poco feo coartar a tu pareja para que te la haga, porque lo mismo esta noche no le apetece, le ha venido el periodo, le apetece más echar el rato abrazado a ti y no en exclusiva a tu cipote o ponen su programa favorito en la tele (y seamos sinceros, nadie quiere ver a Chicote en Pesadilla en la cocina mientras se la chupa a su novio en el sofá del salón, por mucho que el programa vaya sobre restaurantes y “comidas”).

-Si me compras muchas cosas bonitas, te querré mucho. Si no, pues no. Que vamos a ver, que todos queremos un dildo con diamantes engarzados para ponerlo en la estantería del salón y que todos lo admiren y muchos de nosotros ansiamos ser unos mantenidos y vivir a todo tren, pero que si quieres muchas cosas bonitas te sugiero que te busques la manera de lograrlas por ti mismo y no obligando a tu novio enamoradísimo de ti a complacer tus putos caprichos a costa de su tiempo, su sueldo y su esfuerzo.

-Si me haces una comida (de alimento que llega al estómago) superrica te amaré locamenti. Si no, dejaré de sentir lo que siento por ti. Porque, claro, se entiende que tú no puedes levantar los huevos y entrar en la cocina para prepararte lo que te salga de la polla y ya, de camino, prepararle también la cena a tu novio. No, hombre, cómo va a ser eso, en qué clase de mundo vivimos, qué va a ser lo próximo: ¿barrer? Mucho mejor manipularlo y ponerle una cofia para que en nada te hable como Gracita Morales: ¿Qué quiere el señoriiiiitooooooo?

-Si sigues exigiéndome que sea fiel, yo te dejo. Porque, claro está, exigir una relación monógama es una locura equiparable a que Lady Gaga salga un día de casa vestida como las personas normales. Que digo yo, cari, que si tú quieres una relación abierta, ampliarte el ojete con todo el mundo y restregarte hasta con las macetas de helechos en los bares de ambiente, lo mejor es que te busques a alguien que también la quiera y no que le hagas chantaje emocional a tu novio, que te va a decir que sí, que te acuestes hasta con tu padre si te apetece con tal de no perderte.

-Si me sigues pidiendo que no te grite y no te trate como una mierda, lo dejamos y dejo de quererte, porque yo soy así y te tienes que aguantar. Así que sé bueno y agacha la cabeza y no me contradigas, que yo estoy por encima de ti. Que sí, hombre, que sí, que si quieres ya de paso me pongo un “bienvenidos” en la frente para que pises con garbo cuando te dé la gana. De aquí al complejo de baldosa, un paso.

-Si no haces las cosas ASÍ, de esta manera, no las haces bien y, por lo tanto, serás malo para mí, me enfadaré, te gritaré y no voy a quererte ni a respetar lo que haces. Que me encantaría a mí decirle a las personas que someten a los que están a su alrededor a esta tiranía de “esto se hace como mi coño mande y cuando mi coño lo mande” que las cosas se pueden hacer de muchas maneras y no por ello uno es menos bueno, ni menos competente, ni menos guay.

En resumidas cuentas, se trata de aceptar que las personas son como son, con sus cosas buenas y malas, y que éstas tienen su propia personalidad y no pueden comportarse siempre como nosotros deseemos. Mientras no te falte al respeto o no te esté haciendo putadas, tu novio, tu amigo o tu prima de Valencia puede ser de muchas formas y hacer las cosas de infinitas maneras y no por ello es más bueno o más malo o se le tiene que amenazar con quererle más o quererle menos. Para que nos entendamos, yo a mis amigos y a mi novio los quiero y los acepto y tienen mi amor y mi apoyo de manera incondicional, no me paso el día tocándoles las pelotas, machacándolos y amenazándolos para que sean como a mí me da la gana y hagan lo que yo quiero.

Condicionar el amor a que los demás satisfagan nuestros deseos no solo es enfermizo y tirano, sino que además es falso: el amor que se da y que se recibe condicionado no es amor, sino la galleta que se le da al perro cuando se ha sentado al oír la palabra sit.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Carlos G. García

Carlos G. García es periodista, trabajador social, diseñador gráfico, corrector, escritor, idealista implacable, ex pardillo, un mariquituso con inquietudes y, sobre todo, un superviviente de la vida moderna que un día descubrió que frivolizar y reír era mucho más barato que un psicólogo. “Amar en tiempos de estómagos revueltos” es también su primer libro, un conjunto de artículos sobre el amor, el desamor y sobre cómo enfrentarse a los sinsabores de la vida con humor. Ha publicado con la editorial Stonewall la novela “Entrada + Consumición”, con excelentes críticas. Puedes seguirle en Facebook y Twitter.

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