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De todo lo malo se aprende

Es inevitable que nos pasen cosas chungas, así que lo único que podemos hacer ante ello es aprender, ser mejores personas, tener mejor salud mental; en definitiva, madurar. El problema es que algunos consideran que “madurar” sólo es ese proceso que hace que los plátanos estén más ricos...

Carlos G. García • 25/08/2011

De todo lo malo se aprende

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Las tragedias nos hacen crecer y aprender. Está claro que a nadie le gusta pasarlo mal y que todos nos imaginamos un futuro de color rosa (y no sólo porque seamos maricones, qué va, sino porque el rosa se asocia a la ausencia total de sufrimiento o de preocupaciones). Cuando pensamos en lo que está por venir, solemos desear que nuestros sueños se cumplan al más puro rollo Walt Disney y tendemos a saltarnos los llamados “puntos negros”, cosas que sabemos que pueden ocurrirnos y que no son del todo agradables.

Pero la vida es riesgo. Si ustedes, queridas lectoras, lo piensan durante breves instantes, se darán cuenca de que nos pasamos la mayor parte del tiempo arriesgándonos en mayor o menor medida. Por ejemplo, el mero hecho de salir a la calle a dar un paseo puede suponer un riesgo: les pueden atracar, les puede atropellar un coche, les pueden timar, se pueden encontrar con mi ex... Cantidad de cosas desagradables. No sé, si lo pensamos bien, todo conlleva cierto peligro. Con esto no quiero exacerbar la paranoya de nadie (bastante tenemos ya cada uno con lo que llevamos a cuestas), ni que mis lectores desarrollen una agorafobia y decidan quedarse en casa viendo películas de Sandra Bullock, sino simplemente constatar que estamos expuestos a que nos ocurra de todo a todas horas. La desgracia forma parte de la vida.

Así pues, como ha quedado claro, las tragedias son algo inevitable. De nada sirve que ante una mala experiencia uno se ponga a pensar aquello de jo, por qué me ha tocado a mí, si yo no me merecía esto, si yo soy superbuena gente y todos los días le doy cinco céntimos al mendigo de la puerta del súper. Pues mira, cariño, te ha tocado porque sí, porque la vida es así. No hay ninguna conspiración judeomasónica ni se trata de una brometa de tus amigos en un programa de cámara oculta. Sencillamente, las cosas suceden. Y como no podemos evitar que sucedan, lo único que nos queda y lo mejor es aprender de ellas.

Aprender es una cosa superchuli. De verdad. Suena a colegio, pero es mucho más efectivo que lo de hacer raíces cuadradas o lo de fabricar un cenicero de plastilina pa' el Día de los Padres. Por descontado, para aprender es necesario contar con esa capacidad: hay seres que jamás aprenden, que tienen una disfunción cerebral que les impide enfocar de manera constructiva aquello que les ocurre. Pero como nosotros vamos a ser maricones y bolleras de provecho, no vamos a ser así, sino que, para variar un poco y eso, vamos a cultivar lo que se llama crecimiento personal. Aun a riesgo de que mis queridas lectores piensen que me he comido a Jorge Bucay y se me ha indigestado, les diré que el crecimiento personal se basa, precisamente, en aprender de lo que nos ocurre y, a raíz de ello, aumentar nuestra calidad humana. Y en tener salud mental, tía. La salud mental es lo que nos convierte en seres equilibrados que buscan su propio bien y el de los demás; ya sabes, eso que es tan frecuente, sobre todo en los bares de ambiente. Y es que si nos dedicáramos más a cultivar el rollo este de la salud mental y a pensar y recapacitar el mundo sería un lugar mucho mejor y más bonito. Vamos, que es muy sencillo, con que le quitemos media hora a hacer pesas y se las dediquemos a exprimir ese órgano desconocido que es el cerebro, lo mismo ya hasta es suficiente.

Pues bien, aprender de las cosas malas y cultivar el crecimiento personal y la salud mental conlleva... tanta ta chán tachán... ¡la madurez, tía! ¡Qué fuerte! Porque se supone que los seres humanos maduramos con el tiempo, ¿sabes? Como la fruta pero en personas. Cuando a uno le pasan cosas malas, ya sea porque el mundo es así o porque ha cometido algún error, lo adecuado es analizar las causas y consecuencias de las situaciones y reflexionar. Todos esos procesos aparentemente tan aburridos conducen a que nos conozcamos mucho mejor y terminemos definiendo con mayor claridad lo que necesitamos para ser felices. Las malas experiencias enseñan porque te ponen en la tesitura de sufrir, de pasarlo mal, de vivir infiernos. Y es necesario pasarlo mal para aprender determinadas lecciones.

Como añadido, se supone que cuando uno sufre, es capaz de sensibilizarse ante el sufrimiento ajeno, se incrementa el grado de empatía. Por ejemplo, pongamos por caso que te echas un novio (ya, sabemos que es difícil, pero estamos en una situación hipotética). Resulta que ese novio coge un día y te pone los cuernos, se va con otro, a pesar de que dos horas antes de correrse con esa otra persona te dijo que te amaba con la fuerza de los mares y con el ímpetu del viento. Como resulta que lo has pasado supermal por culpa de esta malísima experiencia en la que tu ex te puso un par de cuernos que parecían la Torre de Pisa y la Estatua de la Libertad, una al lado de la otra, lo natural y lo lógico es que cuando tengas otro novio no le pongas los cuernos, puesto que sabes lo mal que se pasa. Como lo quieres, o en cualquier caso sientes cierto respeto por él como ser humano, le evitas ese mal trago. Esto es lo que hace una persona medianamente madura y equilibrada que ha enfocado su cornutragedia de un modo constructivo.

Sin embargo, también existe la otra cara de la moneda, la de aquellas personas también llamadas sociópatas que, como les han puesto los cuernos, deciden ponérselos también a su pareja actual, como si ella tuviera que pagar por los errores que otro gilipollas cometió en una especie de karma relativo, rollo “el mundo me lo debe”. Ya, yo tampoco entiendo el razonamiento, pero no me negarán que hay muchísimos integrantes del género humano que presentan este funcionamiento. No sólo no aprenden de sus tragedias, sino que las convierten en justificaciones y en excusas para su bajeza moral. No transijo con esas personas que basándose en lo mal que lo han pasado se comportan como animales de bellota. Hay que ser maduros, por nuestro bien y por el de los demás. En definitiva, lo suyo es que las malas experiencias nos hagan mejores personas.

Con todo esto no quiero decir que vayan ustedes por ahí tentando a la suerte a propósito y buscando tragedias para crecer. No se trata de eso. Se trata de que, puesto que no podemos evitar que nos pasen cosas malas, aceptemos las desgracias con cierta deportividad y las encajemos adecuadamente. Aunque nos parezca mentira, no sólo la alegría, los buenos sentimientos, los grandes momentos y nuestras mejores virtudes nos hacen ser quienes somos: también el lado negativo forma parte de nosotros. Somos nuestros más y nuestros menos, nuestras alegrías y nuestras desgracias.

Nuestra personalidad se compone de luces y oscuridades. Aunque es responsabilidad nuestra instalar lámparas, cambiar bombillas y encender velas en los lugares adecuados.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Carlos G. García

Carlos G. García es periodista, trabajador social, diseñador gráfico, corrector, escritor, idealista implacable, ex pardillo, un mariquituso con inquietudes y, sobre todo, un superviviente de la vida moderna que un día descubrió que frivolizar y reír era mucho más barato que un psicólogo. “Amar en tiempos de estómagos revueltos” es también su primer libro, un conjunto de artículos sobre el amor, el desamor y sobre cómo enfrentarse a los sinsabores de la vida con humor. Ha publicado con la editorial Stonewall la novela “Entrada + Consumición”, con excelentes críticas. Puedes seguirle en Facebook y Twitter.

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