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Diamonds are forever

O cómo compramos el perdón de las personas cuando se enfadan con nosotros mediante regalos o favores que se erigen como chantajes y que nos eximen de admitir nuestros errores, pedir disculpas y solucionar los conflictos de verdad. "Mi novio no me entiende y nos va fatal, pero mira qué bien me quedan las joyas".

Carlos G. García • 21/09/2012

diamonds are forever

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— Hola, tía. ¿Qué tal, tía? ¿Cómo estás, tía?

— Muy bien, tía. He vuelto con mi novio, TÍA, TÍA, TÍA. ¡Menuda reconciliación! Bueno, bueno, no te imaginas.

— ¿No me digas? Pero si estabas enfadadísimo con él la última vez que hablamos, tía. ¿Te ha pedido perdón?

— …

(Pasa una planta rodadora del desierto.)

— ¿Pero hablaste con él de cómo te había hecho sentir y de por qué estabas enfadado?

— …

(Cri, cri, cri — sonido de grillos —. )

— ¿Entonces cómo es que has vuelto con él?

— Me ha regalado un coche.

La situación descrita es mucho más común de lo que cualquiera al otro lado de la pantalla puede llegar a imaginar. Maricones míos, comprar a la gente está a la orden del día, es algo supercomún que ocurre en todos los ámbitos y que mueve más relaciones que el tan llevado y traído amor con el que se nos llena la boca y acerca del cual se hacen muchas películas la mar de monas. Ya lo decía Madonna, que es como la mayor filósofa de todos los tiempos para los gayers: we are living in a material world and I am a material girl. Y si esto ocurre, si la gente compra perdones y relaciones por doquier a precios de saldo es, simple y llanamente, porque hay perdones en venta: unos compran y otros se venden a la mínima de cambios: ¡prostitución emocional para todos! O dicho de otro modo, "al final todo el mundo tiene un precio".

Y es que, verás, cuando le haces una putada a alguien por estas cosas que tiene la vida tienes dos opciones básicas para reconciliarte con esa persona (esto lo sabe todo el mundo y viene en todos los libros de… de… de… en todos los libros):

1. Tan cierto como que Melendi debería hacerle un favor a la Humanidad y retirarse del mundo de la música es que los conflictos con los novios/follamigos/rolletes/muñecos hinchables y otros seres considerados humanos (cuyo concepto se extiende hasta Lady Gaga si se quiere) surgen debido a malentendidos, discusiones y emociones y sentimientos encontrados. O sea, tía, si yo me enfado contigo es por algo, no porque esta mañana me haya levantado con el huevo izquierdo más levantado de la cuenta o porque haya decidido volverme un sociópata de repente. Luego lo óptimo, lo que hacen las personas que se deciden intrépidamente a llevar a cabo ese proceso no exclusivo de las frutas y verduras (madurar) es llegar al fondo del asunto escuchando a la otra persona, comprendiendo lo que ha pasado y llegados al caso pidiendo perdón (esto es, “perdóname, tía”). Repitamos todos juntos cogiéndonos de las manos: “perdóname, tía”.

Oh, my dog, qué precioso, maravilloso y fantástico sería el mundo si la gente se comunicara… Pero comunicarse de verdad, escuchando cuando el otro habla (sin pensar en la lista de la compra o imaginándose a Brad Pitt en tanga de leopardo con medio mandao fuera) y teniendo la predisposición de hacer un poquito de autocrítica de la buena, examen de conciencia: me he pasado, no he tenido en cuenta tus sentimientos, se me ha ido la pinza, me he equivocado, he cometido un error, he sido malo cual madrastra de Blancanieves... Si la gente hiciera esto (comunicarse y estar predispuesta a aceptar sus errores) esta vasta tierra llena de gente mema que es el mundo ¡sería un lugar chupiguay! Y todos montaríamos en unicornios y viajaríamos a través de caminos de plastilina y purpurina.

2. Lamentablemente, como lo de reconocer que somos seres imperfectos, que los demás también tienen razón a veces y que nosotros también cometemos errores no se lleva nada esta temporada (no se ve ningún modelito en la Pasarela Cibeles de este tipo), lo que hacen muchísimos individuos cuando alguien se enfada con ellos es lavarse la conciencia. Pero bien lavada, ¿eh? —Uy, ¿esta conciencia es nueva? No, lavada con Perlán. ¿A que me ha quedado mona? Niquelada, maricón.

Mucha gente piensa: Anda ya, voy a pedir yo disculpas y hablar, que tengo muchas cosas importantes que hacer cómo ver crecer los geranios que tengo en el balcón, lamer galletas oreo mientras me masturbo con los ojos vueltos y hacerme una foto en el baño sacando morritos para actualizar mi Tuenti. Yo le compro un detallito, seguro que así se le pasa el enfado y después de eso hago como si no hubiera pasado nada y ya está. Un ramo de flores, una cena con velas, unos zapatos que cuesten el PIB de un país tercermundista, un reloj, un viaje o una polla de oro con diamantes engarzados (según el gusto de cada cual). Ya sabéis, queridos lectoras, esto que, por cierto, se hace mucho y se fomenta indiscriminadamente desde tiempos inmemoriales en las películas románticas, cuando el tío le hace una putada a la tía y le regala cualquier cosita de estas y ella se siente superfeliz y lo perdona sin darle más importancia al enfado monumental que tenía cinco minutos antes.

Mediante el regalito (o actos concretos en forma de pequeños favores: te hago la colada, te recojo la ropa del tinte, una mamada) la persona en cuestión se ahorra pedir perdón de verdad (es decir, entendiendo realmente lo que ha pasado, empatizando, poniéndose en el lugar de la otra persona, admitiendo sus errores, y todas esas cosas chachis que son las que ayudan a construir relaciones sanas según todos los expertos). ¡Para qué vamos a hablar sobre nuestros sentimientos y emociones pudiendo intercambiar objetos materiales! ¡Es que es absurdo! ¡A qué clase de idiota se le ocurriría hablar cuando puedes dar una vuelta en tu coche nuevo descapotable! ¡Que la brisa seque tus lágrimas!

Pues bien, este chantaje material (aceptado por las dos partes, tanto por el que regala o hace favores como por el que los acepta y perdona sin más) es el responsable de que se instalen cantidad de dinámicas disfuncionales en las relaciones interpersonales, en las cuales prima la ley del mínimo esfuerzo neuronal. Que los regalos están muy bien, que a nadie le amarga un dulce (ni un yate, ni un coche, ni un piso en Torrevieja), pero que mejor me los haces cuando no me esté acordando de tu santa y bendita madre, sino cuando estemos bien y hayamos solucionado nuestros más y nuestros menos.

Que los diamantes serán para siempre, pero lo que calienta el corazón es otra cosa muy distinta que se consigue sin chantajes ni sobornos emocionales y sin que los sentimientos sean un mercado de compraventa.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Carlos G. García

Carlos G. García es periodista, trabajador social, diseñador gráfico, corrector, escritor, idealista implacable, ex pardillo, un mariquituso con inquietudes y, sobre todo, un superviviente de la vida moderna que un día descubrió que frivolizar y reír era mucho más barato que un psicólogo. “Amar en tiempos de estómagos revueltos” es también su primer libro, un conjunto de artículos sobre el amor, el desamor y sobre cómo enfrentarse a los sinsabores de la vida con humor. Ha publicado con la editorial Stonewall la novela “Entrada + Consumición”, con excelentes críticas. Puedes seguirle en Facebook y Twitter.

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