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El amigo boomerang

Dícese del típico amigo que cuando se echa novio deja de dedicarte tiempo y desaparece del mapa y que en cuanto se queda soltero o le va mal en su relación vuelve a aparecer para retomar vuestra maravillosa amistad y que le eches un cable. ¿Ley de vida o poca vergüenza?

Carlos G. García • 15/09/2010

El amigo boomerang

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Resulta que de vez en cuando la gente se echa novio. Sí, sí, esto ocurre, de verdad (que no nos ocurra a ti o a mí ni pagando no quiere decir que el resto de la gente sufra la misma mala suerte en sus relaciones). Los seres humanos confluimos (o sea, nos rozamos) los unos con los otros y en ocasiones, aunque parezca mentira, lo que comienza siendo un polvete de una noche termina convirtiéndose en una relación. De pareja. De novios y eso. Esto que suena bonito y maravilloso y que hace que se nos salten los empastes de la emoción, porque el amor es maravilloso y especial, tiene una cara B: el ser humano, cuando se echa un noviete, deja directamente de existir para esas personas que le entretenían cuando estaba solo (ergo sus amigos), para luego volver en cuanto se queda de nuevo sin pareja o en cuanto le va mal con ésta. Es lo que se conoce popularmente como el amigo boomerang, el cual posee la firme convicción de que tener pareja y tener amigos propios son dos cosas totalmente incompatibles.

Yo, aunque no lo parezca, he tenido mogollón de amigos a lo largo de mi vida. Pero amigos de verdad, ¿eh?, no imaginarios (de estos también. Mi psiquiatra dice que es porque soy un chico muy especial). Pues bien, a lo largo de todos estos años yo me he dado cuenta (porque soy taco de espabilado) de que muchos de estos amigos cuando se han echado algo parecido a un noviete han desaparecido por completo misteriosamente. Una cosa bárbara. Es que es tener novio y, ¡pluf!, uno deja de verles el pelo. Un expediente X total. Mulder y Scully llevan años investigándolo sin conseguir resultados y en Misterio para tres dedicaron una temporada completa a este asunto de suma trascendencia.

Pero pongámonos en situación. Esta evaporación de las partículas corporales de tu amigo sigue un proceso. Todo este turbio asunto comienza cuando tu amigo se enamora de Eustaquio. Cuando sus pupilas comienzan a adquirir forma de corazón y se le pone cara de mema absoluta gracias al entregadísimo amor que únicamente proporciona una pareja, empiezan a manifestarse los primeros síntomas de su inminente desaparición:

a. Monotematismo e insustancialidad existencial: tu amigo, una persona medianamente interesante con la que solías charlar animadamente de todo, se transforma en un ser monotemático con el que ya no puedes hablar de nada que no sea su novio. Todas las conversaciones terminarán derivando en lo mismo. Incluso si inicias una charla sobre trompas de elefante indio, seguro que tu amigo termina alegando: “Pues la trompa de mi novio...”. Se podría pensar que esto ocurre sólo los primeros meses, pero no es verdad; conforme pasa el tiempo se incluyen temas adyacentes a Eustaquio y a la vida con él, como “las cortinas que Eustaquio y yo vamos a poner en el salón” o “el toallero que le gusta a Eustaquio y que está muy barato en Ikea”. La monda, los pelos como escarpias de la emoción se te van a poner, mari. Interesantérrimo todo.

b. El síndrome de los gemelos siameses: tu amigo, una persona con la que antes solías hacer cosas como ir al cine, ir de compras, salir de marcha y un extenso etecé, cada vez queda menos contigo. Pero es que, encima, cuando queda contigo aparece siempre con un apéndice de carne pegado a él; un apéndice de carne que, cariñosamente, él apoda “novio”. Da igual que quieras hablar a solas con él, tu amigo desde que tiene pareja ya no va solo a ninguna parte (no vaya a ser que le violen o algo), ni a comprar el pan siquiera. En esta circunstancia se termina dando lo que se denomina “el plural mayestático imbecilístico”: tu amigo deja de ser una persona independiente por completo. Cuando le propongas quedar el martes, él te responderá: “No, es que Eustaquio no puede quedar el martes”. Y te darán ganas de responderle: “Mira, es que yo no he preguntado si Eustaquio puede quedar, he preguntado si puedes quedar tú. De hecho, que venga Eustaquio me importa tanto como la vida sexual de la Duquesa de Alba”. Pero es inútil, porque él jamás comprenderá cómo pretendes que él haga planes sin contar con su amorcito, de cuya manita, por lo visto, no puede deshacerse ni para ir al baño.

c. Los “ponerse al día”: tu amigo, para paliar su sentimiento de culpa, te llama de vez en cuando con la intención de que os toméis un café y os pongáis al día: esto es, que le cuentes todo lo que te ha ocurrido últimamente. Como es evidente, en cada café descubrirás que cada vez tienes menos cosas en común y menos ganas de quedar con tu amigo que, por descontado, ya no es tan amigo tuyo, puesto que no sabe un carajo sobre tu vida o sobre cómo te sientes y se cree que en un café de una hora (el tiempo que transcurre hasta que anuncia: “nos tenemos que ir, que es que tenemos que comprar una cafetera con forma de alcaparra que hemos visto de oferta en Media Markt.”) va a conseguir condensar lo que se supone que debería haber sido su presencia amistosa durante tres meses.

d. Descentralización: los amigos de Eustaquio, sorprendentemente, verán más a tu amigo que tú. Con ellos sí queda, ¿sabes? Para ti no tiene tiempo.

e. Desaparición total: la cajera del supermercado de la esquina sabe más de tu vida que tu querido amigo. Te preguntas qué debe estar haciendo. ¿Se lo habrá tragado un agujero negro? ¿Vive en una realidad paralela de Mátrix? ¿Lo habrán raptado unos señores del gobierno para trasladarlo a una isla junto a ET, Jesús Gil y Elvis Presley? Habría que preguntarle a Paco Lobatón, a ver si él sabe algo.

Pero lo más duro es que tu amigo no desaparece por completo para siempre (algo que, en determinados casos es una bendición, no nos engañemos), sino que vuelve a aparecer más adelante de forma totalmente inesperada; tanto que cuando ves su nombre parpadeando en la pantalla de tu móvil no sabes si es realidad o si se trata de una aparición mariana y hasta te santiguas. Y entonces te dice eso de “vamos a quedar”, y te cuenta que Eustaquio y él lo han dejado, que está muy mal, que su psicoanalista le ha dicho que necesita salir a la calle, que te ha echado mucho de menos, que le apetece retomar vuestra amistad, que tú siempre has sido su amigo más chachi piruli, que te necesita, que te ama con locura... Incluso parecerá que ha aprendido la lección al haberse quedado solo, aunque en realidad lo único que quiere es que lo saques de marcha por los bares de ambiente como antaño y le hagas las veces de consolador industrial.

No te engañes: en cuanto encuentre otro novio, volverá a desaparecer del mapa siguiendo las mismas fases y con esa pasmosa facilidad (y poca vergüenza) que tienen los amigos boomerang para incluirte y sacarte de sus vidas sin despeinarse. Eso sí, el día que te hartes y lo mandes a barrer desiertos, te dirá que eres un mal amigo y que no entiende cómo puedes pasar de él con lo que te quiere y con todo lo que habéis pasado juntos.

Vivir para ver. Maravillas del género humano.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Carlos G. García

Carlos G. García es periodista, trabajador social, diseñador gráfico, corrector, escritor, idealista implacable, ex pardillo, un mariquituso con inquietudes y, sobre todo, un superviviente de la vida moderna que un día descubrió que frivolizar y reír era mucho más barato que un psicólogo. “Amar en tiempos de estómagos revueltos” es también su primer libro, un conjunto de artículos sobre el amor, el desamor y sobre cómo enfrentarse a los sinsabores de la vida con humor. Ha publicado con la editorial Stonewall la novela “Entrada + Consumición”, con excelentes críticas. Puedes seguirle en Facebook y Twitter.

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