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El poder de las etiquetas

Según la teoría del labelling, cuando nos cuelgan un sambenito terminamos pensando que es real, que somos así, y actuamos de acuerdo a él. Por ejemplo, cuando nos llaman puta, puta, puta y decidimos que ya que nos critican nos van a criticar con razón y que nos vamos a comer las pollas de tres en tres. ¿Somos como somos o somos como nos dicen que somos? Taco de profundos esta semana, tía.

Carlos G. García • 18/11/2012

el poder de las etiquetas

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Hace mucho, mucho tiempo (mucho antes de que Ricky Martin saliera del armario y confirmara lo que todos los gays, los individuos con sentido común y en general, las personas con ojos ya sabíamos), en una clase (porque yo soy un chico muy estudiado con dos carreras, por eso no soy mariquita sino gay, y ponía cara de atento mientras el profe explicaba aunque estuviera pensando en hombres desnudos y en lo maricón que me parecía Ricky Martin) dimos un concepto la mar de entretenido. Yo me acuerdo todavía porque en aquellos tiempos aún pensaba que estudiar servía para algo más que para obtener un título con el que envolver los bocadillos de mortadela. Resulta que una asignatura la mar de maja me contaron un rollito así como muy chupi en torno a lo que se conoce como proceso de etiquetado. Como yo soy muy guay, muy cool, muy chic y básicamente me sale del coño, voy a utilizar el anglicismo que se usa en Oxford y tierras similares: labelling. Porque label es etiqueta en inglés (no es que yo sea muy bueno en idiomas, es que durante una época bebí mucho wisky White Label).

La cruda verdad, queridos lectoras, es que en nuestra vida diaria nos encanta etiquetarlo todo. Sólo tenéis que echar un vistazo a vuestro Facebook: descubriréis que la peña está muy aburrida y aparte de invitaros cien veces a la semana a que os hagáis una granja (el sueño de todo individuo de este siglo, tener una puta granja), descubriréis que os han etiquetado en mogollón de fotos. En algunas de ellas no tenéis ni ápice de dignidad (esos seres que se suponen que son vuestros amigos decidieron sacar la cámara justo en el momento en el que habíais desarrollado el súperpoder de hacer el gilipollas y la facultad de poner una cara capaz de espantar hasta a las hienas. Qué majos vuestros amigos, tías). Otras veces os percataréis de que os han etiquetado en la foto de un perro famélico que no habéis visto en vuestra puñetera vida (salvemos a los perros), en la imagen de una selva amazónica (salvemos la selva amazónica), en la imagen de un anacardo (salvemos a los anacardos) o en la imagen de un parking donde por lo visto os violan (salvemos los parkings). O sea, que mucha gente emplea el tiempo que cada ser humano debería destinar a follar (o al menos a tocarse) en etiquetar a sus contactos de Facebook en fotos en las que ni aparecen. Lo cual nos lleva a la conclusión de que, aparte de tocar las pelotas a dos manos, a las personas de la era moderna nos encanta etiquetar.

El labelling conlleva una labor cognitiva (que no coñitiva) tan necesaria como el cambiarle las pilas al vibrador de vez en cuando o como el mudar de bragas diariamente: le ponemos etiquetas a las cosas y a las personas porque aunque nos creamos taco de inteligentes, en realidad somos memas de manual y necesitamos simplificar el mundo para no hacernos la picha un lío. Cuando clasificamos, todo nos resulta más fácil. Por eso le ponemos etiquetas hasta al perro y al gato, para no confundirlos. El labelling nos ayuda a estructurar la realidad. No obstante, recientemente, se nos ha machacado (que no nos la han machacado) con la idea de que ponerle etiquetas a la gente es una cosa muy mala, que está feo, caca, malo, quita, Paulina Rubio… y que lo que piensen los demás de nosotros nos la debe traer al pairo. Y es que todo lo que nos digan y las etiquetan que nos pongan contribuyen a configurar nuestra personalidad.

Pues bien, mari, la cosa es que según esta teoría psicológica, cuando una persona es etiquetada de una manera concreta termina identificándose y comportándose de acuerdo a dicha etiqueta. Como una especie de profecía autocumplida. Si te dicen que eres malo, terminarás siendo malo. Si te dicen que eres muy bueno, terminarás siendo bueno. Si te dicen que eres feo, irás por la vida con una bolsa en la cabeza. Si te dicen que eres rico… es que la gente tiene muy mala leche y quiere que la invites, porque por mucho que te lo creas, el dinero no se reproduce por combustión espontánea y mucho menos en los bolsillos de tus pantalones de pobre. Somos etiquetas andantes. De hecho, en todo grupo de amigos está el guaperas, el chungo, el triste, el rácano, el graciosete, el sociable, el borracho… En grupos gays, como somos todos unos guarros y sólo pensamos en meterla en caliente, sería lo mismo pero con la palabra “salido” después: el guaperas salido, el chungo salido, el rácano salido, el graciosete salido, el sociable salido, el borracho salido (lo cual es como poco redundante)… etcétera. Las personas se definen por los sambenitos que les colocan.

Pongamos un ejemplo sencillísimo con el que lo vais a comprender todo rápidamente y con el cual os sentiréis muy identificados. Pongamos que la gente empieza a decir de ti que eres más fácil que la tabla del uno, que eres un poco casquivana, que tienes una pestaña de abrefácil en la entrepierna. Cuando te llaman puta, puta, puta, sin ser tú nada de eso, de manera continuada y sistemática, llega un momento en el que aceptas la etiqueta y te dices: “pues ahora me van a llamar puta con razón”, y te lías con ciento y la madre sin pudor alguno y decides comerte las pollas a manojos, como los boquerones, hasta el punto de verte obligado a practicarte una ampliación de ojete para hacer fiestas multitudinarias. Como es lógico, con esto lo que uno hace es reforzar la etiqueta (es decir, te van a llamar puta todavía más, con más ímpetu, abriendo mucho más la boca y alargando mucho más la palabra: algo así como PUUUUUUUUUTAAAAAAAA), de manera que tú al final te lo crees, te presentas a la gente como una puta y hasta lo pones en el currículum (y con dos carreras no, pero seguro que poniendo que la chupas superbién sí que encuentras trabajo). Pues esto es el labelling, ni más ni menos.

A mí me hace mucha gracia cuando hablo con la gente y la escucho sin poner el salvapantallas y me cuentan cosas como “es que yo no estoy hecho para tener una relación”, “yo no sirvo para estar con nadie”, “no puedo enamorarme de nadie porque no tengo esa capacidad del ser humano”, “tengo un gen que me impide querer a alguien que no sea mi hámster”, “soy un inútil”, “soy demasiado malo”, “no tengo corazón”, “soy lo peor”, “soy un cactus que morirá solo en medio del desierto”, “soy una veleta”, “soy una tetera”, “soy una maraca”, "nadie va a quererme nunca" y etiquetas que han asumido por váyase usted a saber qué o quién y que les sitúan límites imaginarios a hacer cosas: como soy así, no puedo hacer esto o lo otro. O al revés: gente que es nula para ciertas cosas pero se creen la repera. Mira tú la cantidad de lerdos que va a cantar a los concursos de la tele creyéndose Whitney Houston y todo porque nadie les ha dicho a las claras que es preferible arrancarse las uñas de los pies a mordiscos a oírlos desafinar como condenados. A algunos les hace falta un Risto Mejide como el comer.

Esto nos hace pensar (en el caso de que tengamos cerebro) y hasta ponernos profundos: ¿somos realmente como somos o asumimos que tenemos características concretas en función de las etiquetas que nos ponen? ¿Qué parte de tu personalidad es consecuencia de un proceso de labelling? ¿Somos como somos o somos como nos etiquetan? ¿Y no podemos cambiar lo malo que pensamos sobre nosotros mismos reetiquetándonos de un modo positivo? ? Jo, tía, qué fuerte es todo, ¡me acabo de sentir como si esto fuera un soliloquio de Sexo en Nueva York!

¿Y por qué os cuento este rollo? Pues no es para haceros la vida mejor, ni porque me haya comido un libro de Jorge Bucay recientemente. No es para que meditéis y empecéis a reetiquetaros y a cambiar todas esas cosas negativas que pensáis sobre vosotros mismas y que os impiden llevar una vida superchuli, ni para que rompáis de una vez con las etiquetas que os definen y descubráis quiénes sois realmente. Es para que os lo aprendáis bien y se lo contéis a algún buenorro en una cita: lo dejaréis tan pensativo, sorprendido, patidifuso y desconcertado que vais a poder meterle mano hasta en el carné de identidad sin que se cosque. Para cuando vuelva en sí, ya estaréis con el paquete de clínex en la mano. Es el secreto de todos los que vamos de profundos. A ver qué os pensabais.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Carlos G. García

Carlos G. García es periodista, trabajador social, diseñador gráfico, corrector, escritor, idealista implacable, ex pardillo, un mariquituso con inquietudes y, sobre todo, un superviviente de la vida moderna que un día descubrió que frivolizar y reír era mucho más barato que un psicólogo. “Amar en tiempos de estómagos revueltos” es también su primer libro, un conjunto de artículos sobre el amor, el desamor y sobre cómo enfrentarse a los sinsabores de la vida con humor. Ha publicado con la editorial Stonewall la novela “Entrada + Consumición”, con excelentes críticas. Puedes seguirle en Facebook y Twitter.

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