El Síndrome Navideño

Cuando llega la Navidad, de cara a la galería todo es fiesta, regalos, alegría, felicidad, papa noeles y belenes, pero en nuestro cerebro tiene lugar un cataclismo emocional de pelotas. Nos sentimos solos, odiamos las reuniones familiares, hacemos un pésimo balance del año vivido… por eso la gente come con esa ansia y bebe más que los peces en el río.

Carlos G. García • 23/12/2012

el Síndrome Navideño

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Queridos lectoras, llevamos meses negándolo, pero ha llegado el momento de reconocerlo. Lo hemos intentado, hemos luchado contra ello, hemos pataleado como si tuviéramos la edad mental de seis años (o sea, como mi ex), hemos lloriqueado más que viendo un capítulo de fin de temporada de Anatomía de Grey, hemos mirado para otro lado siguiendo esa alucinante estrategia de “ojetes que no ven, corazones que no sienten”, hemos aparentado que no nos importaba, hemos rezado a Madonna y a Lady Gaga juntas, hemos suplicado al cielo de los maricones, hemos implorado piedad a San Palomo Cojo, hemos querido retrasar el tiempo, hemos pretendido adelantantarlo. Pero nada de eso ha dado resultado.

La Navidad ha llegado de forma irremediable a nuestras vidas. Y mira tú que se ha anunciado largamente, pero es que cuando el Corte Inglés lo dijo yo pensé que aún quedaba mucho tiempo (y, de hecho, quedaban unos seis meses, que digo yo que si fuera por ellos viviríamos una Navidad permanente, no nos daría tiempo de desmontar el árbol). Cuando escuchaba conversaciones sobre qué hacer en Nochevieja miraba hacia otro lado como si se estuviera hablando de un disco de baladas de King África: algo que no tendría lugar jamás. Cuando salieron los anuncios de la lotería, de la muñeca cagona, del escatérgoris, del gato que habla contigo para que no te sientas solo, de perfumes de ensueño con esos buenorros tocándose los abdominales y haciéndote sentir gorda... me hice el loco. Respiré profundamente, corrí un estúpido velo y confié en que no llegaría. Pero a estas alturas, por mucho que me pese...

— ¡Ez NavidaT!

*Poner la voz de la niña rubia americana que cecea. Sí, esa que al verla te dan ganas de pegarle un zapatazo en la cara.

Estas fechas tan estupendas y maravillosas nos han invadido. Y el síntoma que ha hecho que abra los ojos y me dé cuenta de que las tengo encima no es otro que lo que escucho, lo que veo y lo que leo de mis congéneres. Es verdad, tengo que decíroslo claro: estáis fatalas, tías, como chotas. Y es que, reconozcámoslo: en estas fechas aunque lo que se vende es que todo es fiesta, regalitos, alegría, sonrisas, luces de colores, ilusión y unicornios vomitando duendes, los seres humanos nos ponemos susceptibles por encima de nuestras posibilidades. Y es chungo, porque lo que se prodiga es justo lo contrario, con lo que es muy frecuente que uno se sienta como el bicho raro. Como yo soy taco de buena gente y no me gusta que os odiéis a vosotros mismos (mucho mejor odiar a otros, donde va a parar), aquí os dejo una lista de los síncopes más comunes que se producen en estas fechas tan entrañables:

1. Síndrome de la familia americana. La Navidad es la fiesta familiar por excelencia, cuando uno se reúne con los suyos (entre los cuales siempre hay un tío o un primo lejano que te importa menos que la carrera musical de Bertín Osborne), así que es inevitable que nos detengamos a estudiar detenidamente lo que tenemos en casa. Basta con echar un vistazo al entorno familiar propio para percatarse de que en nada se parece a esas familias americanas perfectas, estupendas y maravillosas que aparecen en la tele y en las que todos sonríen como si fueran de éxtasis hasta las cejas. Comparando, te das cuenta de que en tu casa no se pone un adorno navideño desde que George Michael iba de hetero, que en Nochebuena se bebe más que los peces en el río, que beben y beben y vuelven a beber, pero no para ver a Dios nacer sino para no liarse a guantazos y que lo más cariñoso que llegáis a deciros durante la cena es “anda y cómeme el coño con la cucharilla del postre”. Tú y tu familia desestructurada te parecen lo peor y encima te compadeces de ti mismo porque tus padres nunca te compraron la Mega Drive cuando eras chico: estaban empecinados en regalarte puzles educativos de mil quinientas piezas de cosas aburridísimas en las que por no salir, ni siquiera salían hombres desnudos, ni con barba, ni nada. O sea, que si vuelves, a casa vuelves, por Navidad antes de que acabe el día estarás huyendo, de casa huyendo, para estar más lejos que España de ganar Eurovisión.

2. Síndrome de la prima Milagros. Como su propio nombre indica este síndrome esta compuesto por dos partes:

a. Milagros: la Navidad nos agilipolla la lógica del pensamiento humano y pragmático y tendemos a albergar un sentimiento bastante tonto de que los milagros existen, de que lo imposible puede suceder, de que Walt Disney se ha descongelado, se ha quitado la bolsa de frigopies de lo alto, se ha levantado y está en todas partes y de que, por ser Navidad, nuestra vida de pena va a evolucionar hacia una realidad paralela muy parecida a la de Mariah Carey en sus videoclips, llenos de corazones, purpurina, loverboys, dreamlovers, butterflies y negros sin camiseta rapeando con un paquete desproporcionado.

b. Prima: no cabe duda de que estás haciendo la prima pensando en que de la noche a la mañana un golpe apocalíptico de magia va a terminar con todos tus problemas de marica desgraciada y de que solo por ser Navidad un hada madrina te va a conceder mogollón de deseos porque sí, por tu cara bonita.

3. Síndrome Créditos de la película o del final de año. Haces un balance sobre el año vivido. A ver, mi vida, ¿tú te acuerdas cuando el pasado 1 de enero fabricaste una lista en la que recogías la enorme cantidad de cambios que te disponías a llevar a cabo convencidísimo y ciertos propósitos de enmienda tales como dejar de fumar, ir al gimnasio, comer más plátanos grandes y gordos de Canarias, beber menos alcohol blanco y encontrar al amor de tu vida? Pues está científicamente demostrado que si a finales de año te da por recuperar esa lista, caerás en una depresión enorme como Falete: te darás cuenta de que no sólo no has cumplido lo que te prometiste, sino que además te lo has montado incluso peor: estás tan enganchado al tabaco que casi te fumarías a tu padre liado en una alfombra, eres gorda profesional, sólo has consumido plátanos esmirriados y en tu sangre hay una cantidad de alcohol equivalente al caudal del Ebro. Eso sí, al amor de tu vida sí que lo has encontrado este año: quince veces nada más y nada menos, y siempre te ha dejado con la misma original excusa: no eres tú, soy yo.

4. Síndrome quiero un novio y para ello vuelvo con mi ex. Estas fiestas son muy tendentes a la borrachera más absoluta, de manera que cuando uno bebe siente palpitaciones en el ano que se conectan directamente con echar de menos a alguien que nos caliente la cama. Nada mejor para llevar a cabo este calentamiento global de nuestro lecho de princesa triste que alguien que ya lo haya frecuentado con anterioridad. Todos conocemos el famoso dicho popular: más vale polla conocida que pollón por conocer. Por esta razón, durante las navidades se envían mensajes etílicos dirigidos a los ex novios tan comunes e insistentes que deberían ser clasificados como spam, tales como “cuánto se me alegra el choripan cada vez que pienso en ti”, “te echo de menos, deberíamos intentarlo de nuevo, pero esta vez sin hablar, solo poniendo la boca en forma de O”, “estoy más caliente que el palo de un churrero”, “es Navidad y necesito que me rellenes como una napolitana de crema”, “le he pedido a los Reyes Majos que aparezcas en mi cama y que me tires del pelo y me llames guarra” y el no menos original “tengo ganas de echarte un polvorón tan apocalíptico que se te saltarán los empastes y te dejará el culo como un bostezo”.

5. Síndrome Ni Dios. La religión está muy presente en nosotros durante estas fechas tan señaladas. Sin ir más lejos, este síndrome induce a la formulación de oraciones del tipo "no me quiere ni Dios", "no me llama ni Dios", "no me hace caso ni Dios", “ni Dios está tan solo en Navidad” y "ni Dios se plantea ya la posibilidad de que yo me eche novio porque sabe que soy lo peor". A este tipo de pensamiento le sigue el planteamiento claro de exigir a Papa Noel un muñeco hinchable de dos metros y no me estoy refiriendo a la altura. Se está tan al límite que los primos, tíos, abuelos que se atrevan a preguntar “¿cuándo vas a echarte novia?” durante las reuniones familiares corren el riesgo inminente de tener que vivir el resto de sus días con un portal de Belén incrustado en el ojete.

6. Síndrome del hombre araña. Arañas, insultas, escupes y despotricas contra todo y todos. Dejas claro que odias la Navidad en todo momento, ante cualquiera que te lo pregunte, y si no te lo preguntan también. Estás que te subes por las paredes. Si te montas en el bus y el chófer te da los buenos días, le gritarás que los buenos días se los dé a su puta madre y cabe la posibilidad de practicar ahorcamientos a personas reales utilizando guirnaldas de colores (es que las carga el diablo), así como matanzas consistentes en subirse al campanario del pueblo dispuesto a descalabrar a los transeúntes utilizando peladillas caducadas.

Como veis, la Navidad no sólo es esa festividad entrañable que nos han vendido y a la que nos han enseñado a amoldarnos. Queridas lectores, os animo a todos a dejar de sonreír de manera forzada como si os fueran a explotar los pómulos y a expresar de verdad lo que sentís. Seguro que os quedáis más a gusto. Hasta donde yo sé la Navidad no tiene por qué ser feliz por cojones. Así que procurad que las risas que os echéis sean de verdad.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Carlos G. García

Carlos G. García es periodista, trabajador social, diseñador gráfico, corrector, escritor, idealista implacable, ex pardillo, un mariquituso con inquietudes y, sobre todo, un superviviente de la vida moderna que un día descubrió que frivolizar y reír era mucho más barato que un psicólogo. “Amar en tiempos de estómagos revueltos” es también su primer libro, un conjunto de artículos sobre el amor, el desamor y sobre cómo enfrentarse a los sinsabores de la vida con humor. Ha publicado con la editorial Stonewall la novela “Entrada + Consumición”, con excelentes críticas. Puedes seguirle en Facebook y Twitter.

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