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En familia

¿Nunca habéis sentido que todas las familias eran perfectas excepto la vuestra? La Navidad nos vende un modelo de paz y amor prácticamente inalcanzable que termina generándonos una frustración del quince. Y eso que en todos lados se cuecen habas...

Carlos G. García • 22/12/2010

En familia

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Y ya ha llegado la tan temida Navidad: una fiesta que tiene seguidores y detractores a partes iguales. Mientras unos la detestan otros la adoran. Y es que no en vano las navidades pueden ser unas fechas entrañables, pero también un suplicio cada vez más inaguantable y del que uno, a veces, escapa harto, por muy políticamente incorrecto que suene decirlo ( ay, no digas eso, mari, no tengas esta actitud destroyer, que la vida es maravillosa, que pareces un amargado ). Porque otra cosa no, pero cuando llega la Navidad lo políticamente incorrecto suena muchísimo peor. La razón es muy sencilla: estas fechas están llenas de convencionalismos y tradiciones. Y si no te ajustas a ellos lo llevas chungo chungo.

De hecho, una de las estampas más típicamente navideñas tiene que ver con la familia. No podemos negarlo. En estas fechas tan entrañables, que diría cualquier anuncio, se prodigan multitud de valores que tienen que ver sobre todo con eso de estar con los tuyos. Y, por supuesto, “los tuyos” no abarca, por ejemplo, a tus amigos (por mucho que estos hayan estado más presentes en tu vida que tu tío Feldesponcio, al que, precisamente, ves sólo en Navidad y porque tu madre te obliga), sino que la idea se apoya sobre todo en un concepto típicamente familiar. Vuelve, a casa vuelve, por Navidad, el eslogan del anuncio de turrón que se nos ha instalado en el cerebro desde que éramos unos críos y no por casualidad, sino porque el espíritu general insta a ello.

Pero no se crean ustedes, queridas lectores, que la familia de la que se habla en estas fechas es una monoparental, de esas que tanto abundan por cierto, o una con dos papis o dos mamis. O una sin padres, que haberlas, las hay, oiga. No. El concepto que se maneja es el tradicional y trasnochado. La familia que te venden la Navidad, los Christmas y los anuncios de turrón es una de esas perfectas, dignas de teleserie tradicional: mamá y papá, felizmente casados y disfrutando de un amor maravilloso (ninguno de los dos tiene unos cuernos que podrían verse desde Google Earth), los niños la mar de peinadicos (guapísimos, educadísimos y heterosexualísimos, claro), los abuelos adorables que han hecho las bodas de zafiro por lo menos y sin pelearse ni una sola vez y el perro de pelo brillante primo hermano de Lassie a los pies de la mesa. Una cosa maravillosa.

Por descontado, las veladas que supuestamente tienen estas familias el día de Nochebuena están llenas de paz, armonía y amor. En ellas jamás hay discusiones ni peleas apoteósicas por culpa de esos problemas que, se dice, se comenta, que tienen todas las familias. Qué va, mari, en Navidad se cantan villancicos, se toca la zambomba con ahínco y alegría, todo es tremendamente estupendo, el amor invade cada rincón del cálido hogar y se sonríe como si nos hubieran echado droja en el colacao. Eso por no hablar de que en Navidad, si no tienes pareja, estás bien jodido, porque si el resto del año la gente te mira con la cara doblada como si tuvieras una enfermedad terminal y definitivamente se te hubiera pasado el arroz, en los tiempos de Papa Noël tienes que aguantar que tu prima quinta de Galicia de 156 años te pregunte unas 234 veces durante la cena cuándo te vas a echar novia. Y no digas nada, que si le explicas a la mujer que a ti lo que te van son los rabos, y no precisamente de toro, le puede dar un soponcio y quedarse en el sitio.

A mí nunca se me ha dado bien eso de mantener las apariencias y por eso estas fechas siempre me han parecido un poco despóticas e injustas. Se nos ha enseñado a apreciar la Navidad por sus valores familiares porque también se nos ha enseñado que la familia es lo primero y que está por encima de todo lo demás. Se supone que aquellos a quienes estás unido por lazos de parentesco son lo más de lo más y nunca fallan. Pero seamos sinceros, semejante concepto de familia feliz, cohesionada y perfecta no es realista. Como con otras tantas cosas, nos han metido en la cabeza un modelo de familia y de vida, que si antes era complicado de conseguir, ahora está completamente desfasado y para nada se ajusta a la realidad. A menos que lo finjamos, algo que hace mucha gente y que está muy de moda. ¿Nunca, sobre todo de niños, habéis tenido la sensación de que todas las familias eran maravillosamente perfectas excepto la vuestra? Luego te das cuenta de que no, de que todo es fachada, de que la gente se lleva mal, de que en muchas ocasiones no les apetece verse la cara. Y no pasa nada, oigan, no hay tampoco que sufrir una hernia en el ojete pretendiendo que tenemos una vida familiar la mar de rica y que nos llevamos superbien con todos sólo porque hay parentesco de por medio. Nunca me ha parecido bien el rollito ese de perdonarlo todo sólo porque se trate de tus padres o de tus hermanos.

Las relaciones están llena de conflictos y estos no se desvanecen por muchos villancicos que se canten. Si bien se nos ha repetido hasta la saciedad que los lazos familiares son esenciales y prácticamente lo único, puede que haya llegado la hora de admitir que, tal vez, alcanzadas cierta edad y cierta independencia, no lo sean tanto. Nos relacionamos con una enorme cantidad de personas y la mayoría no son de nuestra familia. Por eso yo les deseo una Feliz Navidad en compañía de quienes más les apetezca. Porque algunas veces la familia que uno elige mientras vive es igual de importante o más que la que le viene dada de serie. Algo que no es triste para nada. Todo lo contrario.

Momento Autobombo: con el permiso de los mandamases de Universo Gay, quería informaros de que además del libro de Amar en tiempos de estómagos revueltos ya está a vuestra disposición “Multitud”, mi primera novela. Más información aquí.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Carlos G. García

Carlos G. García es periodista, trabajador social, diseñador gráfico, corrector, escritor, idealista implacable, ex pardillo, un mariquituso con inquietudes y, sobre todo, un superviviente de la vida moderna que un día descubrió que frivolizar y reír era mucho más barato que un psicólogo. “Amar en tiempos de estómagos revueltos” es también su primer libro, un conjunto de artículos sobre el amor, el desamor y sobre cómo enfrentarse a los sinsabores de la vida con humor. Ha publicado con la editorial Stonewall la novela “Entrada + Consumición”, con excelentes críticas. Puedes seguirle en Facebook y Twitter.

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