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Estamos en crisis

La vida está llena de momentos de crisis y no sólo económicas (dicen que hemos comido pollas por encima de nuestras posibilidades o algo así). Las hay de todos los gustos, colores y sabores: de autoestima, laboral, de identidad, de identidad sexual, existenciales, de valores... A pesar del miedo que dan, son muy necesarias para crecer como personas, tía.

Carlos G. García • 02/12/2012

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Queridos lectoras, hoy vengo a daros una espectacular noticia que os va a volver a todas locas del coño y que os va a revolucionar tanto que vais a abandonar los cuartos oscuros y todos esos quehaceres que supuestamente tenemos los gays y que tienen que ver siempre, siempre, siempre con follar como posesos. Aviso a las mentes sensibles y fácilmente impresionables: esto os va a dejar patidifusos, va a revolucionaros la vida, os vais a convertir en una versión trastornada de Bjork.

Agarraos los machos, que ahí va la noticia: estamos en crisis.

¿A que no os habíais enterado? Pues sí. Estamos en una crisis económica malísima porque, por lo visto, hemos comido pollas por encima de nuestras posibilidades (que sí, que yo sé que hay alguno que se las ha comido de tres en tres, y no se puede abusar tanto). O algo parecido, yo es que no me entero, pero estoy absolutamente convencido de que todo es culpa nuestra y no de los banqueros, los políticos y esa gente que robaba para hacernos la vida mejor. Porque ellos no querían, tuvieron que hacerlo por nosotros.

Las crisis son más habituales de lo que pensamos. Al margen de la económica, que la tenemos hasta en la sopa, las personas pasamos por numerosas crisis a lo largo de nuestra vida. Incluso hay gente, como alguno de mis exnovios, que vive en una crisis perpetua (animalico), o como Álex Ubago (que como siga haciendo canciones de pena, el mundo implosionará y moriremos todos asolados por una ola de angustia), o como Leticia Sabater (de qué otra manera se explica que una mujer hecha y derecha saliera en la tele hablando con un loro de plástico). El ser humano es susceptible por naturaleza (y muy memo). Así, a todas las cabezas pensantes y no pensantes les llega ese estupendo instante en el que un cable se cruza con otro movido por el movimiento de traslación del planeta Saturno elevado a la quinta potencia y, entonces, una buena mañana te despiertas y notas que no eres el mismo. No, no te has teletransportado al cuerpo de un modelo de Clavin Klein, así que deja de tocarte. Una voz en off (porque oyes voces, sí) te lo comunica con voz de máquina de tabaco: Enhorabuena, acaba usted de entrar en la fase popularmente conocida como crisis.

Crisis hay de todos los colores, sabores y texturas, más que maricones en el mundo. Estas son algunas de las más populares, tía:

1.Crisis de autoestima. Un día te aproximas al espejo para peinarte y descubres que lo que se refleja es un ser asqueroso que se parece mucho a ti pero al que no tocarías ni con un palo atado a otro palo. También ocurre cuando vas andando por la calle y dices “coño, que feo ése de ahí” y descubres que no es más que tu reflejo en la luna de un escaparate. Entonces se da la crisis de autoestima en todo su esplendor. Te sorprendes estudiando tus defectos, los granos, las ojeras, el pelo, tu cara, los pliegues (porque te das cuenta de que tienes pliegues), por no hablar de tu cuerpo (mirando con remordimientos la suscripción al gimnasio que efectuaste hace año y medio sin haberlo pisado todavía. Es que no basta con apuntarse al gimnasio: también hay que ir). Compras ropa compulsivamente en un intento desesperado de parecer fashion, te pones a dieta para perder peso hasta en el ojete, compras potingues que garantizan la eterna juventud (y te lo crees, que es lo peor) y que hay que extenderse hasta en el escroto y sigues todos los consejos de Saber Vivir. Empiezas a hacer cosas como comerte seis plátanos al día o andar a la pata coja durante treinta y cinco minutos para mejorar la circulación, regular el intestino y que la piel del prepucio esté más tersa (que alguien me explique la relación, por favor). Incluso barajas ponerte bótox y blanquearte el ano.

Si la crisis de autoestima es psicológica, del tipo “soy una mierda, nadie me quiere, no valgo nada, soy un cactus que morirá solo en medio del desierto”, se recomienda pasar un par de tardes observando al resto de la Humanidad, poner la tele, ver los programas del corazón y establecer comparación. Obtendrás que ganas por mucha ventaja con respecto a esos seres que, además, tienen la jeta de salir en la tele. Con el asco que dan determinadas personas, que tienen la misma calidad humana que un charco de vómito, y tú sintiéndote mal contigo mismo.

2. Crisis laboral. Esto pasa sobre todo si eres periodista o algo similar o cuando llevas tropecientos años en el paro o trabajando gratis (que es muy moda y se lleva mucho) y te preguntas una y otra vez por qué no te daría por meterte a dentista o por qué no emplearías los cuatro años que usaste para la carrera y todas las pelas que te clavaron por una educación bastante mediocre en hacerte una ruta por los burdeles de España y el extranjero. Más que nada para conocer a las que serán tus compañeras de profesión con toda seguridad a partir de 2013, cuando será más probable encontrarte por la calle a un pelirrojo que a alguien con trabajo. También uno se plantea irse al extranjero, pero no porque en España no haya trabajo, sino por espíritu aventurero, ¿sabes, tía?

3. Crisis de identidad. Te surgen preguntas trascendentales del tipo ¿Quiénes somos?, ¿a dónde vamos?, ¿de dónde venimos?, ¿cuál es mi objetivo en la vida?, ¿qué coño quiero?, ¿a qué huelen las nubes?, ¿a qué huelen las cosas que no huelen?, ¿a qué huelen las compresas con alas usadas?, ¿a qué huele el coño' tu prima?, ¿por qué aquel de allí tiene un piso, un coche, un cuerpazo, un marido rico y ha visto medio mundo mientras yo sigo pensando en cómo carajo voy a subvencionarme la borrachera de esta semana? Hay un replanteamiento claro de todas las áreas que componen la vida del individuo, pero sobre todo de su actitud y de su manera de entender el mundo. Por eso, la mejor forma de solucionarlo es emprender una sucesión de borracheras, salidas nocturnas y ligoteo hasta con el charcutero con la intención de no recapacitar y, paradójicamente, de encontrarnos a nosotros mismos. Todo el mundo sabe que ponerte hasta las cejas de ginebra de garrafón, bailar una y otra vez el Sobreviviré y hacerle ojitos a un octogenario con cara de sátiro que te ofrece un piso en Torrevieja a cambio de una mamada es, sin lugar a dudas, la mejor manera de encontrar tu camino en la vida. Al igual que la opción de emigrar a algún país de la antigua Yugoslavia y dedicarte a hacer películas porno (ésta, aunque parezca que no, es muy usual y muy moda en ciudades de tendencia y a la última como Barcelona).

En este punto también se da la consabida crisis de identidad sexual. No tienes más que largarte una noche a un bar de ambiente y encontrarás a un par de tíos y una decena de tías alegando que quieren probar experiencias nuevas porque no están seguros de ser heteros y que te querrán utilizar como psicólogo y experiencia piloto para adentrarse en los oscuros pasajes del mundo gay. Los reconocerás del todo porque te dirán eso de “no, a mí no me gustan los hombres, me gustas tú”. Claroquesí, claroquesí.

4. Crisis de fe o existencial. Antes la gente tenía crisis de fe con respecto a Dios, pero en nuestros días, como este señor hace mucho que dijo que no se ocupaba de nuestras miserias (y con razón) este tipo de crisis se centra, sobre todo, en el ser humano. Tienes tanta fe en la bondad de las personas como en que algún día aparezca Jesús Vázquez completamente desnudo y sujetando una rosa roja con los dientes tumbado en tu cama, ofreciéndote una vida llena de sexo, una lujosa casa y una sustanciosa cuenta corriente. El “voy a terminar solo porque nadie me quiere” se transforma en “voy a terminar solo y viejo en una casa rodeado de gatos que devorarán mi cadáver cuando me muera y nadie los alimente”, porque esa opción es preferible a la de unirte a otra persona (y más si es hombre). Se generan frases como “cuanto más conozco a las personas más me gustan los animales”, tus amigos empiezan a sentir miedo cuando están contigo, tus ligues temen por su vida y la opción de comprarte una recortá y liarte a tiros desde el campanario del pueblo se hace inminente.

5. Crisis creativa. Se da en momentos de poca inspiración, cuando las musas deciden darse un garbeo por los bares de ambiente vestidas con lentejuelas antes que estar con un aburrido como tú. Crees que Ana Rosa puede escribir mejor que tú. En estas situaciones se crean los mayores zoroños del mundo y se toman por buenas ideas tan mediocres como inventar un recoge escupitajos eléctrico. Pero mira, como servidor es vulgar y mediocre (lo reconozco), pues no pasa nada, la vida es una fiesta, un botellón permanente, una nochevieja continua.

Evidentemente, esta tipología podría ser estirada hasta la saciedad (como la cara de Sara Montiel), pero como no pretendo que terminéis vomitando sobre el teclado (que luego no veas el trabajo que cuesta limpiar entre las teclas), lo dejo aquí, afirmando que nadie en absoluto está a salvo de una crisis y que lo único que queda cuando te percatas de que están contigo, haciéndote una visita, es apechugar con la cabeza bien alta y afrontarlas, ofreciéndoles un buen cafecito. Aunque no te lo creas, tía, las crisis son necesarias (una vida sin crisis es un coñazo y la mar de aburrida), porque a veces hay que replantearse lo que somos para estar más cerca de lo que queremos ser.

En cuanto a la crisis económica, vosotros seguid comiendo pollas por encima de vuestras posibilidades, que ya veréis a dónde llegamos, ¡irresponsables!

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Carlos G. García

Carlos G. García es periodista, trabajador social, diseñador gráfico, corrector, escritor, idealista implacable, ex pardillo, un mariquituso con inquietudes y, sobre todo, un superviviente de la vida moderna que un día descubrió que frivolizar y reír era mucho más barato que un psicólogo. “Amar en tiempos de estómagos revueltos” es también su primer libro, un conjunto de artículos sobre el amor, el desamor y sobre cómo enfrentarse a los sinsabores de la vida con humor. Ha publicado con la editorial Stonewall la novela “Entrada + Consumición”, con excelentes críticas. Puedes seguirle en Facebook y Twitter.

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