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Lo que sea por ti

Frustración: lo que pasa cuando crees que tienes que ser estupendo, maravilloso y genial, completamente perfecto, sacrificarte y ser de lo más servicial y complaciente para conseguir que el mindundi en el que te has fijado te haga caso y éste no sólo no te lo hace sino que además se aprovecha de ti. El drama a un clic.

Carlos G. García • 24/11/2010

Lo que sea por ti

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Uno de los pensamientos más comunes y más chungos es aquel que surge cuando alguien nos rechaza. Ya saben ustedes que el rechazo está muy de moda. Y cuando nos pasa (a algunos tres veces al día) surge una idea triste y dramática: Pacopepe pasa de mí porque no soy lo bastante bueno. Si fuera mejor, estaría a mis pies.

Evidentemente, no hay que ser primo hermano de Freud para darse cuenta de que esto es un problema de autoestima. Resulta que las personas (las que todavía puedan llamarse así) desarrollamos una idea y una valoración sobre nosotras mismas que proviene, sobre todo, de nuestra infancia y adolescencia, cuando somos unos pobres críos que juegan con los pequeños ponys (juguetes maricas por excelencia) y que no saben la que se les viene encima (angelicos). Esto es la autoestima. Es de cajón que nuestros papis y la gente más próxima a nosotros ejerce un papel fundamental a la hora de hacernos una idea de quiénes somos y de lo que valemos (esto se supone que cuando nos hacemos mayores cambia, ya que se supone que tenemos un autoconcepto sólido y nos hacemos independientes de la opinión ajena. Tiempo para risas).

Pues bien, hay una teoría así como muy psicológica que dice que las personas que crecen en un entorno del que no extraen afecto fácilmente terminan desarrollando ciertas pautas y conductas para conseguirlo. No os asustéis, que os lo explico: los niños que no consiguen que mamá, papá, los hermanitos y cualquier fuente de afecto cercana les muestre atención, cariño y afecto con facilidad se frustran y para conseguirlo se convierten en una versión adulterada y perfecta de sí mismos: sacan buenas notas, se portan bien, asumen responsabilidades... algo que les viene muy bien a los padres, que de hecho refuerzan este tipo de conductas con los sempiternos “no te quiero porque eres muy malo”. Así que los niños obtienen cariño siendo lo que los demás esperan de ellos, por lo que dejan de ser ellos mismos y anulan su voluntad y sus propios deseos, criterios y personalidad. Se acostumbran a hacer cosas para que se les quiera, a esforzarse, y establecen una relación proporcional entre el esfuerzo y el amor: para que me quieran tengo que esforzarme todo lo que pueda, complacer y ser perfecto. ¡A la mesa, nenes, que la neurosis está servida!

Pero volvamos a la vida adulta (ya sé que esto para algunos integrantes del género masculino es imposible. Ánimo). El adulto que ha pasado una infancia como la descrita, al cual llamaremos para no perder la costumbre Sujeto A, traslada esos modos de obtener afecto a sus relaciones de mayor, lo que se traduce en personas entregadísimas, que no saben decir que no porque tienen miedo a que se las deje de querer por ello, que no dicen ni mu cuando se les pide opinión por no molestar o contradecir, que se dejan pisar y, por descontado, con menos autoestima que un excremento canino. Todos hemos sido de vez en cuando un poco Sujetos A, ya fuera para encajar, conseguir aprobación o lograr que Pacopepe nos haga caso diciendo que sí a todo y manifestando amar profundamente la discografía de Los Chunguitos sólo porque Pacopepe fue a un concierto. Anulación de la personalidad y los propios criterios se llama la cosa: para gustarle y obtener su afecto y atención he de ser todo lo que él quiera que sea.

Cualquier persona con una autoestima sana se comportaría tal y como es y si Pacopepe la rechazara o despreciara lo mandaría a barrer desiertos con su santa madre y luego se iría de borrachera con sus colegas para gritar a la altura de la cuarta copa un alto y claro “el memo ese se lo pierde”. Es lo normal (y lo más terapeútico, oiga). Sin embargo, una persona como el Sujeto A no sabe apreciar la gravedad del asunto: para ella el rechazo o el desprecio es lo común, lo que ha mamado desde siempre. Por esta razón hará lo que esté en su mano para conseguir que Pacopepe le dé la más mínima muestra de afecto. Ni que decir tiene que esto a Pacopepe le viene de perlas: alguien que se desviva por ti, que esté dispuesto a cualquier sacrificio, que renuncie a todo lo que tiene, a su dignidad incluso, por hacer que te sientas bien, que te haga sentir como un semidios... si pones un calvo en medio, casi se podría concluir que le ha tocado la lotería, sobre todo si Pacopepe es uno de esos muchos vampiros emocionales ególatras que habitan esta vasta tierra que es el mundo. Mientras Pacopepe desprecia al Sujeto A, él cada vez se entrega y arrastra más porque con cada desprecio su autoestima disminuye y piensa que se tiene que esforzar más todavía para conseguir el afecto y atención que anhelan del hijo de perr... esto... de Pacopepe.

Normalmente, el Sujeto A termina haciéndose adicto a este tipo de relaciones pedregosas, insanas, en las que se aprovechan de su temor a que no la quieran. No sólo con sus novietes, sino en general. Si por algún casual encuentra a alguien que le quiere y valora por quien es, que le pone las cosas fáciles, que no le exige que sea perfecto o que haga determinados favores y sacrificios, tiende a minusvalorarlo y piensa que no es real, porque este afecto no proviene de ningún esfuerzo por su parte.

Muchos pensarán que el Sujeto A tiene un grave problema. Y no les falta razón. Sin embargo, eso no le da derecho a nadie, ni siquiera a Pacopepe (que, por cierto, también tiene otro grave problema), a aprovecharse de él. Sin embargo, lo justificamos. Fomentamos la baja autoestima, el vampirismo emocional y las relaciones instrumentales. Algunas veces a gran escala, como es el caso de la violencia de género. Pero también a menor escala, en relaciones de amistad, laborales, familiares.

Todas ellas se rigen por el mismo mandato enfermizo: si no me sirves, no te quiero.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Carlos G. García

Carlos G. García es periodista, trabajador social, diseñador gráfico, corrector, escritor, idealista implacable, ex pardillo, un mariquituso con inquietudes y, sobre todo, un superviviente de la vida moderna que un día descubrió que frivolizar y reír era mucho más barato que un psicólogo. “Amar en tiempos de estómagos revueltos” es también su primer libro, un conjunto de artículos sobre el amor, el desamor y sobre cómo enfrentarse a los sinsabores de la vida con humor. Ha publicado con la editorial Stonewall la novela “Entrada + Consumición”, con excelentes críticas. Puedes seguirle en Facebook y Twitter.

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