Mariquitas y machorras

Los heteros han condenado abiertamente la pluma durante siglos. Y ahora la propia comunidad gay parece haber adquirido el mismo criterio jerárquico: no es tan grave ser homosexual como parecerlo. Los que tienen pluma terminan siendo así mariquitusos y bolleras de segunda categoría incluso para los propios gays y lesbianas.

Carlos G. García • 13/10/2010

Mariquitas y machorras

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Como ya dije hace tiempo en aquel artículo sobre activos y pasivos, al ser humano le encanta establecer jerarquías. Pensemos que la Humanidad se sube a una enorme escalera. Tomando como base multitud de características: clase social, belleza, fama..., unos se sitúan en escalones superiores mientras otros se ven relegados a los inferiores. Entre los gays y las lesbianas también hay distinciones y clasificaciones la mar de chulis: no todos los homosexuales somos iguales. Entre ellas, una de las más traídas y llevadas es la que toma como referencia la pluma: esto es, lo mucho o lo poco que se te note que eres de la acera de enfrente.

Admitámoslo. Desde que apenas éramos unos críos que se divertían en el patio del colegio, nos enseñaron que tener pluma estaba mal. Los niños teníamos que ser niños y jugar al fútbol y las niñas tenían que ser niñas y no despegarse de sus muñecas, de su cocinita y de su elástico. Si en algún momento se producía alguna variación, en seguida era rechazada. Y es que mientras los niños que se atrevían a mezclarse con recortables, elásticos y muñecas eran calificados de “mariquitas” o “moñas” con sus correspondientes burlas, las niñas que osaban jugar al fútbol y mezclarse en actividades masculinas eran tachadas de “marimachos”. O sea, que en realidad no importaba tanto el hecho de que nos sintiéramos atraídos por personas de nuestro mismo sexo como la disforia con respecto al género. Dicho en otras palabras: no importa tanto ser maricón como parecerlo; parecerlo es, definitivamente, muchísimo peor.

Esta idea se ha instalado con mucha fuerza en nuestras cabezas pensantes (lo de pensantes es un decir). Es evidente que a muchas personas (casualmente heteros recalcitrantes con la misma empatía que un gintonic) les molesta en exceso eso de ver a dos maricones o a dos tortilleras dándose el lote o yendo cogidas de la mano por la calle. Ellos, ni cortos ni perezosos y creyendo además que tienen razón (animalicos) aducen que uno puede ser todo lo sarasa que quiera en la intimidad mientras en la esfera pública guarde la compostura y no moleste. Naturalmente, esta invitación a la represión más burda ( mari, córtate, no me roces siquiera el culete, que nos majan a palos ) no sólo influye sobre la expresión de afectos, sino también sobre la expresión misma de la identidad sexual: lo que viene siendo la pluma.

Los propios homosexuales establecemos categorías y diferenciaciones tomando como base el hecho de tener pluma o carecer de ella. Seamos sinceros. Todos sabemos que existe una jerarquía comúnmente aceptada según la cual los maricones con pluma se encuentran en un escalón inferior a los maricones sin pluma, los más masculinos, los que van de machotes y se atrincan el paquete mientras escupen a lo Clint Eastwood. Entre lesbianas es prácticamente lo mismo, e incluso peor (no olvidemos que a las tías se las crucifica aún más por cosas como esta y la sociedad misma las juzga con más dureza como residuo de ideologías tradicionales): las bollimachos no tienen nada que hacer al lado de las exuberantes y femeninas lesbianas de pro. Un drama. Y digo que es un drama porque, desgraciadamente y debido a esta distinción fabricada por la sociedad heterosexual para erradicar el mariconismo temprano y los casos de amaneramiento social, un gay o una lesbiana con pluma lo tiene muchísimo más complicado; por la cara. Y es que a muchos heteros les molesta en demasía que a los gays se nos note que lo somos, incluso a esos que dicen ir de liberales y apoyarnos.

La crítica hacia los heteros recalcitrantes es inevitable. Pero, yendo un paso más allá y derrocando de nuevo esa autocomplacencia en la que con frecuencia nos instalamos (yo soy así, qué le vamos a hacer, tocapelotas vocacional), hay que hacer una crítica también a nosotros mismos. Es cierto que a muchos heteros les molesta que a los gays se nos note que los somos. Pero es que a muchos homosexuales también les molesta que se nos note. Los perfiles están llenos de gente que condena abiertamente a los gays que salen por el ambiente y que tienen pluma (confundiendo el tocino con la velocidad, como si ambas cosas fueran unidas) y que exige un prototipo de hombre totalmente alejado de plumas y ambientes. En bares, discotecas, gimnasios, supermercados y bibliotecas (nótese la ironía) ocurre lo mismo: se impone el prototipo de gay discreto, masculino y sin pluma. Esto es, si eres lo suficientemente discreto como para que no se te note, en definitiva, para pasar por heterochachi, estás por encima de las locazas que van perdiendo aceite y de las marimachos de pelo corto y camisa de cuadros.

Así que los gays y lesbianas que no tienen pluma se sienten superiores a los que la tienen y los miran así, por encima del hombro, como si ellos fueran mejores en la especie o tuvieran más posibilidades de sobrevivir en una isla desierta o a un ataque nuclear. No sé, lo mismo por tener pluma uno tiene peor salud... aunque es cierto que si tienes pluma serás automáticamente considerado como más débil y despreciable, algo así como un maricón de segunda categoría. No se crean, queridas lectores, que los que van de maricas masculinos y bollos femeninas se cortan: se preocupan por expresar su desprecio abiertamente e indicarles a los amanerados que son la vergüenza de la especie mariquitusa, que les dan muy mala imagen y que deberían cambiar. Así se da el colmo de los colmos, que es que los que tienen pluma se esfuerzan en multitud de ocasiones por ocultarla y parecer más “normales”, más heteros. Tratan de convencerse a toda costa de que no la tienen e incluso se preocupan en exceso por desde qué distancia se percibe que les va más una polla o un totete que a un tonto un lápiz. Vamos, una ansiedad totalmente gratuita e innecesaria, no me digan que no, con lo a gusto que está uno sin tener que pensar en estas tonterías.

Es cierto que la sociedad en general te aceptará con mucha más facilidad si pareces hetero, si no se nota que te van las personas de tu mismo sexo. Pero no es menos cierto que la verdadera felicidad no está en que los demás te acepten, sino en quererte y respetarte a ti mismo lo suficiente como para no renunciar ni a un ápice de ti, de tu personalidad, por culpa de lo que piensen, digan y juzguen los demás.

Plumíferos del mundo, expresaos.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Carlos G. García

Carlos G. García es periodista, trabajador social, diseñador gráfico, corrector, escritor, idealista implacable, ex pardillo, un mariquituso con inquietudes y, sobre todo, un superviviente de la vida moderna que un día descubrió que frivolizar y reír era mucho más barato que un psicólogo. “Amar en tiempos de estómagos revueltos” es también su primer libro, un conjunto de artículos sobre el amor, el desamor y sobre cómo enfrentarse a los sinsabores de la vida con humor. Ha publicado con la editorial Stonewall la novela “Entrada + Consumición”, con excelentes críticas. Puedes seguirle en Facebook y Twitter.

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