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Meritocracia

“La suerte no existe”, “cada cual tiene lo que se merece” o “si no te echas novio es porque no sabes elegir a los tíos” son algunas de las frases que habitualmente se usan para culpar a los que no encuentran pareja de su soledad. ¡Joder, tía, con lo fácil que es hallar al amor de tu vida! ¡Mira a Meg Ryan, que lo encuentra cada dos frames!

Carlos G. García • 06/10/2012

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Damos y caballeros, el mundo se va a la mierda (y lo digo por enésima ocasión. Cuando estéis de caca hasta las cejas no me digáis que no os lo advertí en mi infinita misericordia). No es que yo esté en plan Malú (como esa mujer siga haciendo canciones tristes va a arrebatarle el puesto a Conchita. Que alguien le regale un libro de Jorge Bucay o algo, a ver si soluciona sus truños mentales). Es que es leer las noticias y a uno se le pone cara de querer emigrar a Australia para dedicarse a cazar canguros con tirachinas. Esta mañana me lo decía una compañera arrancándose mechones de pelo: con este plan a uno se le quitan las ganas de ser positivos. O te practicas una lobotomía o se te va poniendo cara de estreñido conforme va pasando el día y te vas enterando de lo mal que está el mundo.

Pero lo peor no es lo mal que está el mundo. Qué va. Lo peor es que analizando los discursos que se nos lanzan a la cara cuales tiros de mierda a uno le queda la impresión de que la culpa de que el mundo esté así es suya. Qué machaque, qué acoso y derribo, qué pesadez. Ganas de arrodillarse y recitar el “yo confieso” ante la portada de los diarios digitales: por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Mari, yo no es por nada, pero estoy hasta el coño de oír a los politicuchos estos de mierda (por inútiles y por mangantes) decir eso de que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades y todo ese blablabla que a mí personalmente me hace sentir como si fuera responsable de las dos guerras mundiales o como si todas las mañanas matara gatitos y me los comiera para desayunar. Coño, qué malo soy, la que estoy liando. Que llegas a preguntarte y todo: “¿Tendrá algo que ver lo mucho que me masturbé en 1999? Jo, es que fue un año muy malo y me aburría mucho estudiando para selectividad. Espero que aquello no haya tenido nada que ver en la génesis de este sindiós”.

Desde que somos unos simples maricones de patio de colegio se nos va taladrando con una cantinela basada en un principio claro: cada uno tiene lo que se merece. En todos los sentidos, claro, pero también en lo que concierne al amor. Si consigues pareja es porque eres estupendo y te lo has currado mogollón y si no la consigues es porque estás haciendo algo mal. Que mala suerte ni mala suerte, tía, eso no existe: en este mundo de descerebrados resulta que la suerte se la hace uno con un par de agujas de hacer punto y si no te la sabes hacer te jodes. De modo que los que triunfan en el amor se lo han currado tela y se lo merecen cantidad y si no has encontrado al amor de tu vida es porque no eres lo bastante bueno ni te has esforzado lo suficiente. No te lo mereces. No eres lo bastante macanudo y especial. Así de simple.

Ni que decir tiene que esto genera una frustración del copón porque, queridas lectores, aunque os resulte difícil creerlo, el mundo está lleno de gente que aun siendo fantástica, estupenda, guapísima, musculadísima, inteligentísima, simpatiquísima y amiguísima de sus amigos no consigue una relación que le dure más de dos polvos y medio (antes de que llegue a limpiarse el semen resultante del tercer polvo ya descubren que le han hecho, le están haciendo y/o le harán la puñeta). Y se preguntan ¿por qué, por qué si hago todo lo posible, por qué si me expongo a conocer a todos los mamarrachos del mundo, por qué si soy una persona perfectamente válida no encuentro a nadie que me quiera mucho como la trucha al trucho? Según esta fantástica manera de culpabilizar a los demás y hacerlos únicos y exclusivos responsables de lo que les pasa, la razón es que ellos no son lo bastante buenos. ¿Pero es esto real? ¿No tiene nada que ver que la gente esté como una cabra y vaya por el mundo pensando que “empatía” es una nueva marca de champú y se lo pasen teta engañando a los demás? ¿No está relacionado el que haya mucho personal con una polla de plástico en lugar de cerebro en los cuales las emociones y los sentimientos brillan por su ausencia? Y esto por citar sólo un par de ejemplos de influencias.

El discursito basado en una pretendida meritocracia es ese que a veces utilizan ciertos sujetos que se hacen llamar amigos. Tú estás ahí, hecho una colilla, bebiendo como un cosaco porque Feldesponcio, tu último noviete, te ha utilizado, engañado, despreciado, vilipendiado y dejado (por ese orden), hecho un mar de lágrimas, preguntándote por qué te salen mal las relaciones y qué clase de Dios permite que personas como Mariah Carey tengan pareja mientras a ti se te seca el jardín buscando a alguien que merezca la pena y tu amigo, que no ha abierto la boca para decirte ni una sola palabra de aliento, sentencia y lo arregla todo con un:

— Esto te pasa porque no sabes elegir a las personas adecuadas.

Mira tú, qué listo. Qué lince, qué barbaridad. ¿Cuántas carreras y cuántos másters habrá estudiado para llegar a semejante conclusión? Como si de eso no te hubieras dado cuenta tú ya, que estás hasta el ojete de cruzarte con gilipollas elevados a la quinta potencia. Y lo dice como si hicieras un casting y te quedaras sólo con los que están más perturbados, como si lo de relacionarte con desgraciados fuera algo que hicieras adrede. ¿Y cómo cojona se seleccionan a las personas adecuadas? ¿Tienen una inscripción en el ojete que hay que mirar como la fecha de caducidad de los yogures? ¿O cómo va? ¿Es que acaso se piensa que es tan sencillo? Que te dan ganas de responderle:

— Ni a mis amigos, está claro que a mis amigos tampoco sé elegirlos, porque vaya telita… Anda, mona, vete a escuchar un disco de Malú, a ver si te dan ganas de tirarte por un puente…

A ver, que hay que entender que las cosas no son tan fáciles, que si la relación entre esforzarse y lograr la meta fuera tan directamente proporcional no habría tantos problemas. Que parecemos memos culpando a la gente de las cosas que les pasan en lugar de intentar comprender que cada persona individualmente considerada es un mundo y se enfrenta a una serie de historias internas y externas que condicionan sus logros y sus fracasos.

Lo que quiero decir es que la suerte sí existe. Y no sólo la suerte, sino también las circunstancias de cada uno, las casualidades, el ambiente (entendido como el entorno, no como los bares de mariquitusos, nena) y un compendio de factores que definitivamente influyen en lo que nos va sucediendo a lo largo de la vida. Encontrar el amor no es únicamente una cuestión de buscarlo y poner de nuestra parte, sino que también concurren un compendio de circunstancias que no están en nuestra mano. Por mucho que se nos intente convencer de lo contrario, en la vida no todos tenemos la mismas posibilidades ni somos completamente responsables de todo aquello que nos sucede. Ni está en nuestra mano lograr todas las metas ni evitar todas las desgracias. Simplificar el asunto y afirmar que lo que uno tiene o deja de tener depende de lo que se esfuerce es una estupidez y, además, una forma estupenda de manipular y culpabilizarnos para que creamos que el problema está en nosotros y para que no seamos críticos con nada de lo que nos rodea ni con nadie salvo con nosotros mismos.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Carlos G. García

Carlos G. García es periodista, trabajador social, diseñador gráfico, corrector, escritor, idealista implacable, ex pardillo, un mariquituso con inquietudes y, sobre todo, un superviviente de la vida moderna que un día descubrió que frivolizar y reír era mucho más barato que un psicólogo. “Amar en tiempos de estómagos revueltos” es también su primer libro, un conjunto de artículos sobre el amor, el desamor y sobre cómo enfrentarse a los sinsabores de la vida con humor. Ha publicado con la editorial Stonewall la novela “Entrada + Consumición”, con excelentes críticas. Puedes seguirle en Facebook y Twitter.

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