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El amor nos asusta: no queremos que nos hagan daño, ni hacer daño, ni fracasar en nuestras relaciones. El terreno afectivo se configura como una especie de pasaje del terror en el que sólo logran salir airosos aquellos intrépidos que deciden no dejarse atemorizar y arriesgarse.

Carlos G. García • 11/05/2011

Miedicas

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El amor asusta. Y más en estos tiempos. Eso lo sabemos muy bien todos. Es frecuente oír esa confesión entre amantes, sobre todo cuando uno es aficionado a series como Anatomia de Grey en la que todos se lían con todos, como si en lugar de una serie de médicos se tratara de aquel legendario Melrose Place. Hay mucho de verdad en el tan traído y llevado miedo al amor o a estar enamorado que se erige como centro de numerosas tramas y que ocasiona mil y un problemas de pareja y dos millones y medio de neurosis al minuto y por persona.

Esto, lo de tener miedo al amor, es hasta cierto punto una característica de lo más común en los habitantes de la vida moderna. Está a la orden del día. Digamos que uno de los rasgos fundamentales de estas sociedades es la inseguridad: inseguridad laboral, inseguridad política, inseguridad ciudadana, inseguridad en cuanto hacia uno mismo (ergo autoestima deficiente) y, como no, inseguridad hacia las relaciones con los demás. Verdaderamente, no es que nos asuste el amor en sí mismo, sino que lo que realmente nos pone la carne de gallina es cualquier vínculo afectivo que implique a otra persona. La razón es de Perogruyo: el afecto implica sufrimiento.

El amor hace pupa. Por eso asusta. Duele, hiere, escuece cuando menos. Ya de por sí el hecho de amar es exponerse por voluntad propia a la posibilidad de sufrir. Del mismo modo que asumimos la parte buena y de color rosa que nos hace desayunar margaritas, almorzar corazones, merendar nubes, cenar mariposas y cagar arco iris (y que tan bien definí la semana pasada), hay que asumir igualmente el contrapunto, la otra cara de la moneda: el amor puede salir mal y jodernos la vida. Es más: es harto probable que esa experiencia que definimos como amor en nuestro fuero interno salga mal y nos fastidie la rutina y el pensamiento durante un buen rato. Las posibilidades de que salga bien son mínimas, muy limitadas. Por eso, veces la idea de emprender una relación afectiva con alguien se asemeja mucho a la de una experiencia épica, de corte cuasi heroico.

Sin embargo, lo bueno que tiene el asunto es que cuanto más sufrimos más expertos somos en identificar las fuentes de dolor. Nuestro programa de detección, que no es otra cosa que nuestra capacidad de sentir miedo, se afina, se sofistifica a medida que vivimos. El miedo existe en los seres humanos porque cumple una función de autoprotección, de conservación: ha sido y es necesario para la supervivencia. El problema es que mucha gente no consigue afrontar adecuadamente ese sufrimiento y el dolor y terminan desarrollando un miedo patológico, irracional e injustificado a las relaciones. La pupa es así, queda una cicatriz muy fea para siempre. Este miedo suele concentrarse en torno a las siguientes vertientes:

a. El miedo a que nos hagan daño: también conocido como el miedo a los demás. Ay, qué susto, que ese hombre de ahí dice que quiere tener algo conmigo. Porque follarme me puede follar todo lo que quiera, pero que no piense que voy a dedicarme a conocerlo y que me voy a encariñar con él, no vaya a ser que sea el hombre del saco y me esté engañando y en cuanto me descuide me haga pupa y me deje con la boca más abierta que una muñeca hinchable. La posibilidad de que rompan nuestras ilusiones y nos dejen con el culo al aire nos pone los pelos de punta. No nos ofrecen mucha confianza las personas, no. ¿Tú sabes la de tarados y desequilibrados con la misma empatía que un tarro de mermelada que hay pululando a nuestro alrededor? Date una vuelta y luego me cuentas...

b. El miedo a hacer daño: también conocido como el miedo a uno mismo. Ay, qué susto, que yo soy malo, malísimo, y ese hombre de ahí es más bueno que el pan, se merece algo mejor que yo y dice que quiere tener algo conmigo. Porque follarme me puede follar todo lo que quiera, pero que no me mire con ojitos tiernos y deposite sus esperanzas románticas en mí, que me siento responsable de hacerle feliz y me hago caca encima. Resulta que la sola idea de tener que sentirnos responsables de dañar los sentimientos y las ilusiones de una persona nos pone en la tesitura de tener que admitir nuestra culpa un día de estos al mirarnos al espejo. Así que es mejor no provocar sentimientos en otros, ir de chungos en plan “no soy digno de tu amor o de que me quieras” y que ni se planteen implicarse lo más mínimo más allá de un par de chupipajas. Chachiguay.

c. El miedo al fracaso: también conocido como el miedo al amor. La idea de emprender algo y que no vaya bien se traduce en un sentimiento que se extiende a numerosas áreas de la vida, no sólo al amor. Ay, qué susto, que voy a empezar algo serio y seguro que va mal porque no vamos a congeniar, somos muy diferentes, se nos va a ir de las manos, vivimos lejos, vivimos demasiado cerca, mis padres se divorciaron y ya no creo en el amor, me pica el codo por las mañanas y él no lo va a soportar... Cualquier excusa es buena para dar por sentado que lo que puedes tener con alguien va a salir como el culo y, por tanto, no merece la pena siquiera intentarlo. No en vano vivimos en una sociedad que promueve el éxito y la perfección y que nos vende modelos ideales. Modelos ideales que pocas parejas pueden cumplir, razón por las que hay sujetos y familias enteras que se sienten fracasadas continuamente cuando, en realidad, en todas las relaciones surgen problemas. Como dice mi madre, en todos lados se cuecen habas. Y como digo yo, no todo el monte es orgasmo.

Desde luego, como ya he dicho, tener miedo al amor es algo de lo más normal en estos tiempos. Es bueno que tengamos cierto respeto a ese sentimiento, que nos lo tomemos en serio, que no obviemos la importancia que tienen las relaciones en nuestras vidas, que no vayamos de picha alegres y convirtamos algo tan serio como el amor en un juego frívolo. No obstante, el miedo no puede dominarnos hasta el punto de impedirnos vivir: por mucho que nos atemorice algo o alguien, debemos afrontarlo, encararlo, no huir. Es posible que nos hagan daño. Puede que seamos nosotros los que destrocemos un corazón. Y es probable que salga mal. El historial afectivo de cualquier ser humano está lleno de estrepitosos fracasos y de algunas lágrimas. ¿Y qué? ¿Vamos a permitir que el miedo nos paralice?

Es verdad: amar es arriesgado. Pero, ¿qué cosa que merezca la pena no conlleva cierto riesgo en esta vida?

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Carlos G. García

Carlos G. García es periodista, trabajador social, diseñador gráfico, corrector, escritor, idealista implacable, ex pardillo, un mariquituso con inquietudes y, sobre todo, un superviviente de la vida moderna que un día descubrió que frivolizar y reír era mucho más barato que un psicólogo. “Amar en tiempos de estómagos revueltos” es también su primer libro, un conjunto de artículos sobre el amor, el desamor y sobre cómo enfrentarse a los sinsabores de la vida con humor. Ha publicado con la editorial Stonewall la novela “Entrada + Consumición”, con excelentes críticas. Puedes seguirle en Facebook y Twitter.

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