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Negar el afecto atrae

La ecuación está muy clara: cuanto más pasas de alguien más caso te hace. Nada como ignorar a Fulanito para que caiga rendido a nuestros pies. Y nada como que Fulanito nos haga caso para que no nos interese lo más mínimo ¿De verdad somos tan memos?

Carlos G. García • 01/09/2010

Negar el afecto atrae

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Empieza septiembre y con él se produce la vuelta al cole, al trabajo, al gimnasio, a la rutina y algunos vuelven hasta con sus novios (a los que dejaron a principios de verano para hacer locuras sin remordimientos de conciencia durante los meses estivales). Como no hay nada más rutinario que hacer una revisión de conceptos, me atrevo con la consabida teoría de negar el afecto.

Hace un par de semanas escribía yo por aquí sobre las estrategias y sobre que la gente parece tener muy claro que para conseguir conquistar a alguien es necesario llevar a cabo determinadas conductas en plan juego de ajedrez. Una cosa bárbara, si se acuerdan ustedes (si no vuélvanlo a leer, que no me quedó nada mal aquel artículo, modestia aparte, claro está). Total, que en la misma línea me dispongo a exponer un tema la mar de preocupante, una cosa que a mí me genera unos dolores de cabeza terribles: resulta que cuanto menos caso nos hace alguien más atención le prestamos. Ecuación: ignorancia = atracción fatal.

Esto no es algo que yo haya descubierto ahora mismo. No, qué va, yo siempre he sido un adelantado a mi tiempo. Pero llevo años y digo muchos años, intentando negar lo evidente. Allá por el pleistoceno me dijeron por primera vez aquello de para que Fulanito te haga caso tienes que hacerte el duro, fingir que no te gusta un pelo. Y yo, que soy de natural memo, no lo voy a negar, pensé: Tsk, hombre, eso ocurrirá con determinadas personas, pero no con la mayoría. Las personas no podemos ser tan rematadamente gilipollas. (Pueden decirlo: “animalico, pobre iluso. Es mu' bonico, pero mu' tontico también).

Porque, seamos francos: lo ideal, lo suyo, debería ser que hiciéramos caso a las personas en la medida que éstas nos hagan caso a nosotros; pero esto en el mundo real no funciona así. Es decir, si yo llamo por teléfono a Fulanito veinte veces y no contesta ni una sola vez, ¿qué sentido tiene que lo llame otras veinte? Ninguno. Y, sin embargo, es muy probable que me empecine de tal modo y me obsesione de tal forma con la idea de que me haga caso que lo único que me importe en la vida sea que Fulanito, el cabrón de Fulanito, me coja el teléfono de una puñetera vez. Así que insistiré y Fulanito habrá conseguido, precisamente, lo que quería: que yo me muera por sus huesos y caiga rendido a sus pies sin haberse pringado lo más mínimo, yendo de malote, no moviendo un dedo e ignorando mi existencia.

Lo peor es que la función inversa también es muy real: cuanto más caso nos hace alguien, menos atención le prestamos a esa persona. Si Fulanito, por un casual, nos llega un día y nos dice que le gustamos un taco y que nos quiere poner un piso en Torrevieja, como los que daban en el Un, dos, tres, es muy probable que la única emoción que se despierte en nosotros sea la de bostezar y lleguemos a pensar que sí, que efectivamente Fulanito nos quiere mucho, pero por eso mismo no nos interesa. O sea, cuánta más atención me prestas menos me interesas; no quiero estar contigo porque te gusto mucho. ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? ¿Dónde están las neuronas de estos cerebros? Ecooo, ecooooo...

No me negarán ustedes que hay una vena masoca en este escabroso asunto. Si fueramos personas sanas y equilibradas que toman Actimel todos los días nos daríamos cuenta de que lo más normal, lo mejor para nosotros y eso, por instinto de preservación y de elegir lo que nos ayuda a sobrevivir, no lo que nos destruye, es que le hagamos caso a quien nos hace caso y en la medida que nos hace caso. Lo que viene siendo un estado de reciprocidad entre dos seres humanos. Y quien no nos hace caso pase a mejor vida (mentalmente, claro, nada de promover asesinatos en una columna de opinión, que ya me lo advirtió mi agente de la libertad condicional) y ese ser que nos ignora deje de preocuparnos para los restos.

Pero al parecer ponerlo difícil atrae a maridos potenciales, que encuentran en eso de que parezcas un témpano de hielo un reto estupendo para probarse a sí mismos que te la pueden poner gorda mediante insistentes llamadas y actos de amor desaforado. Tía, para que me hagas caso voy a alquilar una avioneta y voy a escribir tu nombre con humo en el cielo, así te llames María Eugenia de los Remedios y de las Mercedes y tenga que pintar todo el puñetero skyline de Nueva York. Lo haré pa' demostrarte que me molas mazo y que por fin me hagas caso y dejes de hacerte la dura, querida. Eso sí, cuando me lo hagas pasaré de ti.

A mí no me gusta establecer conclusiones precipitadas, pero dicen por ahí que las personas que han crecido en un entorno en el que necesitaban esforzarse para extraer el afecto, de mayores no valoran el afecto que se les da sin más. Es decir, si cuando eras un niño papi, mami, los hermanitos, los abuelitos y en general todos los - itos de tu entorno eran unos bordes y unos señores muy fríos que no te hacían ni puto caso por mucho que te esforzaras y que te dosificaban el afecto y la atención según tus méritos, de mayor, cuando creces y te haces un mariquituso de provecho y eso, el único afecto y la única atención que valoras son aquellos que consigues esforzándote mucho. Esta podría ser la razón por la cual si Fulanito te hace caso sin más, de la nada, porque le atraiga o le guste tu forma de ser (algo que no concibes que pueda ser verdad dada tu escasa autoestima) te la trae al pairo y si no te lo hace albergarás la necesidad de esforzarte una barbaridad y sentirás una satisfacción enorme al conseguirlo. Ojo, que esto no lo digo yo, que lo dicen unos señores que son muy psicólogos y muy leídos.

A pesar de esta teoría lanzada ahí, al aire, con la esperanza de que alguien entienda lo que estoy diciendo, siempre habrá quien no quiera ver más allá y continúe promoviendo que la mejor manera de conquistar es no haciendo caso al objeto de nuestros deseos, fingir un desinterés, con el objetivo de conseguir atraer su atención. Y lo dirán creyendo que es un juego inofensivo, así como muy guay, como si no escondiera en su dinámica algo más profundo.

No obstante, yo lo tengo muy claro: en el momento en el que para atraer la atención de una persona tienes que hacerte el duro e ignorarla, obtener la atención de esa persona debería dejar de interesarte. Porque no es sano. Y porque creo que todos nos merecemos que nos valoren por lo que damos, no por lo que no somos capaces de dar.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Carlos G. García

Carlos G. García es periodista, trabajador social, diseñador gráfico, corrector, escritor, idealista implacable, ex pardillo, un mariquituso con inquietudes y, sobre todo, un superviviente de la vida moderna que un día descubrió que frivolizar y reír era mucho más barato que un psicólogo. “Amar en tiempos de estómagos revueltos” es también su primer libro, un conjunto de artículos sobre el amor, el desamor y sobre cómo enfrentarse a los sinsabores de la vida con humor. Ha publicado con la editorial Stonewall la novela “Entrada + Consumición”, con excelentes críticas. Puedes seguirle en Facebook y Twitter.

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