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No calientes lo que no te vayas a comer

Individuos que flirtean contigo a saco y que prácticamente te arriman la cebolleta al culo pero que en cuanto te haces ilusiones te comunican que ellos tienen pareja cerrada y muy celosa, que en ningún momento estaban insinuándose, que sólo pretendían ser simpáticos y hacer amigos y que los has malinterpretado. Se masca la tragedia.

Carlos G. García • 04/07/2012

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Que a la gente le gusta tontear más que a Lady Gaga plagiar a Madonna o más que a Kylie Minogue un muchachote musculoso de la mitad de edad que ella es algo que a estas alturas es más que evidente. No nos vamos a hacer las nuevas ahora, como si no nos hubiéramos dado cuenta. ¿Tontear? Uy, qué va. Sólo hasta con las macetas de helechos que ponen en los portales...

Como ya expliqué maravillosamente bien (porque yo soy lo más) en su momento, el flirteo está a la orden del día y se ha erigido como una suerte de hábito cotidiano, una pseudodroga chunga que la gente termina necesitando de manera diaria. Hay quienes se levantan de la cama cada día con la única intención de pegarse un chute de flirteo con sus semejantes. Así es la cosa: bienestar basado en la adoración y aprobación de los otros. Taco de duro.

Normalmente, uno supone que el flirteo, tontear con los demás y practicar las artes de la seducción, se da entre aquellas personas que quieren encontrar un noviete o, en su defecto, echar un polvo desproporcionado de esos que dejan los ojos vueltos y cara de buena gente. Es decir, como somos seres inocentes, cándidos en el fondo, tendemos a pensar que eso de tontear con todo quisqui es una cosa que la gente hace única y exclusivamente cuando está soltera. Y aunque es verdad que hay gente que en el preciso instante en que se echa novio se coloca un saco de patatas en la cabeza y deja de hablar con el resto de las personas del planeta (ni con los teleoperadores de Vomistar, ni si le preguntan la hora por la calle, ni para pedir pechuga de pollo en la carnicería... nada, no abren la boca, no vayan a pensar que por decir tres palabras a tipos que no son sus novios son unos guarras), esto no siempre ocurre así. Hay algunos que buscan tíos con los que flirtear a pesar de tener noviete.

Como muchos de vosotras ya sospecháis o sabéis porque sois muy inteligentas, el flirteo no solo sirve para ligar, sino que también adquiere la mágica utilidad de subirnos la autoestima. En otras palabras menos abstractas y más de mi barrio (que es muy chungo): el tonteo y la seducción sirven para ponernos la polla gorda, para hacernos sentir chachis con nuestro cuerpo, para demostrar la efectividad de las armas de seducción masiva de las que disponemos en nuestro haber y hacernos sentir sexis, sexis, sexis. Aunque ese flirteo no culmine con la consumación sexual (esto es, el cacho de polvo a lo película porno que se supone que echamos todos porque somos tela de guays). Eso es lo de menos. Lo importante es la conquista, que nos hace vibrar y sentir que somos atractivos. Por desgracia, mantenemos la idea de que nuestra autoestima no depende de nosotros mismos, sino de los demás.

Hay gente que se echa novio y continúa tonteando con otros como si no hubiera mañana, como si lo de tener novio (sin ser pareja abierta ni nada, novio de pareja cerrada que implica fidelidad) fuera un detalle sin importancia. El otro día, sin ir más lejos, un amigo mío me comentaba que un chico al que había conocido por casualidad había comenzado a enviarle señales muy diversas de flirteo: un mensaje en tono de putita, un guiño inesperado, un comentario poco apropiado, una foto de cuerpo entero semidesnudo y, lo peor, una sugerencia de contacto en Facebook. ¡Si incluso le insinuó la posibilidad de tener una cita! Como es lógico y normal, mi amigo tuvo la firme certeza de que iba a mojar el churrasco. No hacía más que frotarse las manos fantaseando con la escena de cama (incluso se había provisto de cantidades industriales de lubricante del caro) cuando el susodicho, de manera también casual y con gran sutileza, dejó caer que tenía novio y que éste era muy celoso, por lo que iban a tener que guardar las distancias. “Y eso que solo somos amigos, que no estábamos haciendo nada malo. Qué tontería, ¿verdad?, qué celoso y que paranoico es”, le dijo, mientras a mi amigo se le quedaba cara de haber visto a la virgen de las Angustias tomando copas en un bar de ambiente con Laura Pausini. Very hard.

Lo mejor de todo es que en estos casos uno no puede hablar y expresar libremente su congoja; esto es, “me cago en tu puñetera madre, so gilipichis, que me has hecho creer que estabas por mí”. Porque enseguida el sujeto fielmente ennoviado, además de complacerse gratamente con la confirmación de tus intenciones, esgrimiría un discurso de lo más común en este tipo de situaciones: “¿De verdad pensabas que me iba a acostar contigo? Lo siento, pero me has malinterpretado. Yo sólo estaba intentando ser simpático”. Porque, tía, hay que entender al muchacho, él pensaba que ser simpático era mandar una foto suya en calzoncillos dos tallas más pequeños, empalmado hasta límites insospechados, con los tobillos detrás de las orejas y poniendo morritos (o sea, cara de perra en celo). Je. ¿Has visto que simpático? Y tú ahí creyendo que lo que quería era que lo empotraras contra la pared. Mira que eres cerda.

Sin embargo, a pesar del ejemplo descrito, no hace falta ser tan evidente. De hecho, en la inmensa mayoría de las ocasiones el tonteo que llevan a cabo este tipo de individuos es más sutil, tanto que el que se ve inserto en la posición en la que estaba mi amigo termina cuestionándose si no será verdad que la culpa es suya, que se ha hecho ilusiones, que ha visto cosas que no existían, que se ha creído que todo el monte era orgasmo. Luz de gas, vaya. Esa es la baza con la que juegan muchos de estos individuos fielmente emparejados: no traspasan ciertos límites que pueden comprometerles ante sus novios (“cari, no he hecho nada malo, solo estaba siendo agradable”) o ante terceros a los que calientan innecesariamente (“sé que te encantaría ponerme mirando pa’ Cuenca, pero yo solo quería hacer amiguitos nuevos para jugar al elástico”).

En fin, yo lo que digo que eso de ir por ahí poniéndole a la gente la miel en los labios para subirnos la autoestima está muy feo. Vaya, que para mejorar la autoestima se pueden hacer muchas cosas sin joder a los demás: ir a un psicólogo, hacer ejercicios de trabajo mental, poner posturitas delante del espejo, leer un libro de Jorge Bucay o compararte secretamente con tu vecina del quinto. Y como siempre ha dicho mi madre cuando me metía en la cocina a prepararme la cena: “Hijo mío, antes de nada, piénsatelo bien: no calientes lo que no te vayas a comer”. Simple y efectivo.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Carlos G. García

Carlos G. García es periodista, trabajador social, diseñador gráfico, corrector, escritor, idealista implacable, ex pardillo, un mariquituso con inquietudes y, sobre todo, un superviviente de la vida moderna que un día descubrió que frivolizar y reír era mucho más barato que un psicólogo. “Amar en tiempos de estómagos revueltos” es también su primer libro, un conjunto de artículos sobre el amor, el desamor y sobre cómo enfrentarse a los sinsabores de la vida con humor. Ha publicado con la editorial Stonewall la novela “Entrada + Consumición”, con excelentes críticas. Puedes seguirle en Facebook y Twitter.

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