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¿Nunca es para siempre?

Mientras algunos piensan que las relaciones de pareja son como los yogures y tienen fecha de caducidad otros sostienen que con empeño y sacrificio el amor puede durar toda la vida. ¿Cuánto crees tú que dura el amor?

Carlos G. García • 10/11/2010

¿Nunca es para siempre?

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Hace unos meses me daba a mí el siroco de escribir sobre uno de los temas más polémicos de esta columna. Servidor, muy humildemente, tocaba el tema de la fidelidad para expresar, en resumidas cuentas, que estaba (y estoy) un poco cansado de esas personas que practican la pareja abierta o no creen en la fidelidad y que miran a los que sí creen con toda la condescendencia del mundo, como si fueran perricos abandonados en cualquier cuneta y como si ellos fueran más sabios y se situaran en un plano superior.

Con el tema de la duración del amor pasa una cosa muy parecida. Todo el mundo parece tener una teoría clara sobre cuánto dura el amor, el enamoramiento y las relaciones de pareja. Sin embargo, cada cual tiene su propia idea individual e instransferible. A pesar de la diferencia de opiniones pueden establecerse dos bandos bien diferenciados: los que creen que el amor puede durar un periodo bastante extenso, mucho tiempo, incluso toda la vida, y los que piensan que el amor tiene una fecha de caducidad más o menos próxima y que puede variar entre los cinco minutos después de haberse corrido por primera vez con la persona amada hasta los cuatro o cinco años, momento en el que el chip del desamor se activa, dejamos de estar enamorados y la presencia del ser amado nos importa tanto como la vida de la garrapata silvestre. Pero no se vayan todavía. Profundicemos en la clasificación, tías, que me apetece:

Sujetos del tipo A: creen que el amor es esa fuerza que lo puede todo y que puede llegar a salvar cualquier obstáculo que se ponga en el camino. La fuerza arrolladora del amor verdadero, ese que se siente desde las entrañas, si es real no se termina, sino que se extiende, se transforma y se hace más fuerte con el paso del tiempo y ante los avatares de la vida. El amor lo puede todo (menos acabar con los programas del corazón de la tele) y como en las superpelis, únicamente hay que conocer a tu media naranja (a la cual todos tenemos acceso) para ser felices y comer perdices (pobres perdices, qué habrán hecho ellas). Estos sujetos son calificados como ingenuos por los individuos del tipo B.

Sujetos del tipo B: las relaciones se acaban. La mayoría de las parejas se van a pique con una facilidad pasmosa. La vida moderna nos condena, ya no a ser monógamos en serie, sino a follar con uno distinto cada noche sin llegar a explorar siquiera la posibilidad de tener algo que se parezca a un novio. El ritmo de la cotidianeidad, el estrés, la precariedad del mercado laboral, el precio de la vivienda, las familias políticas, la era de la información y la comunicación (que el otro día vi un anuncio que decía envía un sms y comprueba si tu novio te pone unos cuernos de alce cada vez que te das la vuelta. Qué miedo, tía, ahora se sabe todo), las bacterias, el actimel caducado, las peleas por ver quién la tiene más grande, más gorda y más espesa... todo ello nos conduce a una inestabilidad impropia para mantener una pareja como es debido. Está claro: todo se va al garete en cuanto te tiras un pedo en mal estado. Lo siento mucho, la vida es así y no la he inventado yo. Para colmo, todos hemos pasado ya por algún que otro desamor y hemos experimentado en nuestras carnes prietas lo que se sufre cuando nos enamoramos, se nos queda cara de pánfilo y nuestro churri nos abandona y se limpia el ojete con nuestros sentimientos de amor puro. Entra aquí, sin lugar a dudas, el desengaño, ese adversario ante el que pocas convicciones logran mantenerse intactas. Por lo tanto, ellos afirman que es imposible que una relación dure veinte, treinta o cuarenta años sin que haya conformismo de por medio o sin tirarse los platos a la cabeza. El amor es pura idealización y todos sabemos que es cuestión de tiempo que se descubra el pastel. Estos tipos son calificados como resentidos por los individuos del tipo A.

A mi juicio, ambas posturas están equivocadas (yo soy así, tocapelotas de profesión). Creer que cualquier relación puede prosperar y durar toda la vida si se pone empeño es una chorrada, porque las personas y nuestras circunstancias somos muy complicadas y algunas veces perseverar en un imposible es una estupidez y, además, una causa de infelicidad. Es muy probable, sobre todo en estos tiempos, en los que nos dedicamos a tener relaciones amorosas hasta con los botes de nata montada, que una pareja se rompa al poco tiempo de ser iniciada. No obstante, ponerle fecha de caducidad a lo que sentimos por nuestro noviete o novieta es una tontería absurda. De hecho, aunque ha habido numerosos estudios sobre el tema desde diversos campos (antropología, sociología, psicología) nadie parece tener pruebas suficientes e irrefutables sobre lo que dura el estado de enamoramiento y las relaciones de pareja. Según en lo que nos basemos para realizar el estudio, los tiempos cambian. Y a pesar de que Aramis Fuster diga lo contrario, nadie puede predecir el futuro, nadie sabe lo que va a pasar mañana: si vas a seguir enamorado o no de esa persona en cuestión

Yo no creo que cualquier amor pueda durar toda la vida, pero sí que creo que relaciones concretas llevadas por personas de características determinadas pueden ser realmente longevas, durar toda la vida si es preciso, y sorprender a cualquiera que se deje llevar sin que una fecha de caducidad le nuble el pensamiento. Esta idea me ha traído serios problemas con los sujetos del tipo B, que no han dudado un segundo en mirarme con condescendencia y asumir que, al igual que a los sujetos del tipo A, lo que a mí me hace falta es un hervor, que es cuestión de tiempo que me desengañe y termine pensando como ellos. Concluyen que la única base para mantener este pensamiento sobre la longevidad del amor es una falta absoluta de conocimiento y experiencia (lo que hay que aguantar, si yo les contara...). Y esto, como comprenderán, a mí me pone el escroto muy sensible, porque al parecer uno no puede tener una opinión sin que venga un listo o el enterado de turno a desacreditarle porque sí.

Desde luego, yo no tengo todas las respuestas. Puede que esté equivocado al pensar que algunas relaciones amorosas pueden ser sinceras y durar para siempre. Y puede que no. Lo que sí tengo claro es que improbable no significa lo mismo que imposible y que, después de todo, para ponerse límites siempre hay tiempo.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Carlos G. García

Carlos G. García es periodista, trabajador social, diseñador gráfico, corrector, escritor, idealista implacable, ex pardillo, un mariquituso con inquietudes y, sobre todo, un superviviente de la vida moderna que un día descubrió que frivolizar y reír era mucho más barato que un psicólogo. “Amar en tiempos de estómagos revueltos” es también su primer libro, un conjunto de artículos sobre el amor, el desamor y sobre cómo enfrentarse a los sinsabores de la vida con humor. Ha publicado con la editorial Stonewall la novela “Entrada + Consumición”, con excelentes críticas. Puedes seguirle en Facebook y Twitter.

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