Chat

Contactos

Fotos

Guía

Que estoy baratito...

Seducir a alguien con una buena oferta para ignorarlo en cuanto cae rendido a nuestros pies. O cómo las personas nos asemejamos a los operadores de telefonía: ofrecemos el oro y el moro y en cuanto dicen sí, hacemos el vacío y pasamos a captar a otros clientes. Queremos gustarle al mayor número de personas posible, pero luego nos quejamos de que no encontramos el amor...

Carlos G. García • 31/08/2011

Que estoy baratito...

amor pareja ligar fidelizar fidelidad mercado consumo relaciones promiscuidad soledad

El otro día estaba yo tan ricamente deshojando una margarita (entendamos por deshojar una margarita despotricar contra el mundo) cuando de repente mi móvil comenzó a sonar. No se asusten, no fue Woody Allen para ofrecerme un papel en su próxima película (Woody hace tiempo que dejó de intentarlo ante mis incesantes negativas), ni Lady Gaga para pedirme un dueto, sino que fueron, como no, los señores de Vomistar. Resulta que cada cierto tiempo los chicos de atención al cliente de algún operador de telefonía me acribillan a llamadas para captarme con alguna oferta del tipo si te vienes te damos un móvil de ultima generación con Internet, cámara de fotos y maquinilla de afeitar por dos duros, te regalamos las llamadas a Albacete y si me apuras va uno de nuestros pobres empleados de sueldo mísero y te hace una mamada. ¿Qué tienes novio? Pues a tu novio le hace otra, no te preocupes. O sea, me hacen ofertas superchachis con la intención de captarme, de que me cambie, de que me “haga de ellos”.

Naturalmente, además del ataque de nervios (era la décimoquinta vez que me llamaban en un cuarto de hora. Que van a ser insistentes, anda ya, mujé) terminé teniendo un debate acerca del hecho de que las compañías de telefonía (y otras empresas) dedican la mayor parte de sus esfuerzos a captar clientes, pero muy pocos a fidelizarlos. Una vez que te tienen, dejas de interesarles y de preocuparse por ti. Pasan. Las mejores tarifas y ofertas son para los clientes nuevos, esos que todavía no forman parte de su empresa.

No es que de repente esta columna semanal se haya vuelto el Financial Times (qué va, también me ofrecieron un puesto, pero les dije que no, que prefería estar en paro y seguir echando currículums en Infotrabajosdemierda para puestos tan estupendos como “monitor de bailes de salón”). Es que esto de no fidelizar, de no preocuparse por quien ya ha caído a tus pies, me recuerda bastante a cómo se relacionan esas hordas de individuos que los estudiosos más optimistas denominan “seres humanos”. De alguna manera, este proceso de intentar captarte a toda costa para luego, en cuanto te tienen, pasar de ti como de hacer encajes de bolillo me recuerda a ciertas actitudes que he tenido la maravillosa fortuna de observar y de sufrir en mis cannes. ¿Cuántos y cuántos hay que se esfuerzan una barbaridad por que les hagas caso y que en cuanto te tienen dejan de mostrar interés de la noche a la mañana y dejándote a ti con una gota de sudor colgando de la sien mientras te preguntas por qué el tipo que ayer te hacía la ola con cara de memo y las pupilas en forma de corazón hoy te hace el vacío? Pues ya te lo digo yo, los hay a montones. Entre otras cosas porque este tipo de actitud se ha convertido en algo de lo más normal.

Hoy en día, los operadores de telefonía, los bancos, los que reparten flyers para discotecas y hasta los quioscos de pipas se tiran prácticamente a tus pies cuando vas andando por la calle para ofrecerte maravillosas ofertas si te vas con ellos. Joder, te lo pintan todo de color de rosa, hasta parece que te van a hacer un busto con tu rostro. Pero resulta que en cuanto dices sí o firmas dejas de ser importante. Entiéndelo, ellos tienen que pasar al siguiente, ir a por otro, continuar haciendo negocio. No hay estrategias de fidelización: no se te cuida, no se te da lo mejor, no se fomenta que sigas queriendo llamar con tal operador (al nuevo le hacen un ofertón mientras a ti te clavan), tener tu cuenta en tal banco (te cobran supercomisiones), ir a tal bar (te ponen garrafón) o comprar las pipas anca la Puri (te da las rancias. Total, como ya eres cliente...).

¿Y no es eso precisamente lo que hacen muchos individuos? Como saben ustedes, las personas podemos considerarnos productos de consumo, cachos de carne que se venden lo mejor que saben y pueden y que se exhiben en escaparates a todas horas. No digan ustedes que no nos ponemos de oferta, que el otro día me enteré de que hay una aplicación para el móvil que te descubre los maricones que hay cerca del lugar en el que te encuentras tú. Por ejemplo, vas a casa de tu amiga Eustaquia y te aburres y con un clic accedes a la oferta de maricones que hay en varias decenas de metros a la redonda. El símil es muy sencillo: los individuos de la vida moderna tratamos por todos los medios captar al mayor número de clientes posible. Queremos gustarle a todo el mundo. Pero no gustar de enamorar (ja, ja, ja, qué ingenuo, tía), sino gustar de que la gente se ponga cachonda. Molar. Básicamente. El beneficio está claro: no es económico, pero sí es personal. Cuando uno logra gustarle a la gente, cuando seduce, obtiene grandes dosis de autoestima. Y, según nuestro fantástico esquema mental de gente inteligente (nótese la ironía): a cuántos más les gustemos más atractivos nos sentiremos. ¿Trabajo interior? ¿Eso qué es?

Ya lo dijo Zygmunt Bauman, que la gente de estos tiempos es más puta que las gallinas (bueno, no lo dijo así, pero resumiendo). Lo que importa en esta era del amor líquido es ir a por uno y luego a por otro, y luego a por otro. Fidelizar a alguien es comprometerse. Y si ni siquiera las compañías de teléfono son lo bastante serias como para comprometerse a ofrecerte un buen servicio y a precio justo, ¿cómo vamos a ser nosotros capaces de garantizar un mínimo de atención y de trato humano? Como le dijo un tipo a una amiga mía después de follársela, “no puedo prometerte que nos veamos de nuevo porque yo tengo mucho amor que repartir por el mundo”. Ese es precisamente el quid de la cuestión: hay demasiada gente en el mundo a la que tengo que gustarle y a la que necesito venderme mediante ofertas como para perder el tiempo aquí, hablando contigo. Tengo que seducir a más gente para demostrarme a mí mismo y a cualquiera que soy la repera. Todo el mundo sabe que cuantos más amigos de Facebook tengas más guay eres...

Y no es por nada, que a mí esto como actitud me parece genial. El problema es que al final todo el mundo quiere encontrar al amor de su vida, a su alma gemela y todas esas mierdas que nos venden las películas románticas americanas. Pero, cómo narices, por los gallos de Paulina Rubio, vamos a enamorarnos de alguien a quien ni siquiera estamos viendo ni oyendo puesto que en cuanto lo tenemos delante estamos pensando en engatusar al siguiente? ¿Y cómo va nadie a enamorarse de nosotros si no le estamos prestando ni un ápice de atención y si lo tratamos como un cliente más al que le hemos hecho una oferta increíble pero cuya permanencia, fidelidad y satisfacción nos la repanpinfla?

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Carlos G. García

Carlos G. García es periodista, trabajador social, diseñador gráfico, corrector, escritor, idealista implacable, ex pardillo, un mariquituso con inquietudes y, sobre todo, un superviviente de la vida moderna que un día descubrió que frivolizar y reír era mucho más barato que un psicólogo. “Amar en tiempos de estómagos revueltos” es también su primer libro, un conjunto de artículos sobre el amor, el desamor y sobre cómo enfrentarse a los sinsabores de la vida con humor. Ha publicado con la editorial Stonewall la novela “Entrada + Consumición”, con excelentes críticas. Puedes seguirle en Facebook y Twitter.

Comentarios

También te puede interesar...

Más en Amar en Tiempos de Estómagos Revueltos

© Looping Media, S.L., 2007-2019
Condiciones de uso, privacidad y cookies
Quiénes somos | Publicidad | Ayuda y contacto