Rasca y gana

El amor como excusa para tirarte a todo el mundo está de lo más extendido. ¿Pero por qué afirmamos que pretendemos conocer al amor de nuestra vida entre casquete y casquete si luego un acto tan sencillo como mantener una conversación con los tipos que nos acabamos de zumbar nos produce una urticaria del quince?

Carlos G. García • 30/03/2010

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En el mundo de las relaciones se ha instaurado una especie de filosofía de rascar y ganar: pasarse por la piedra a ciento y la madre esperando que en algún momento con alguno de los sujetos surja una relación desaforada digna de película de Meg Ryan, así, de la nada. Esta filosofía de consumo descontrolado de personas está en todas partes y es casi imposible no toparse con ella cuando uno sale a la calle con la, un poco ingenua ya, pretensión de conocer a otros maricones de la especie. El hombre es un animal social (esto es, tendente a rodearse de sus semejantes para cuando entre en celo).

Seguramente a ti también te habrán dicho mogollón de veces eso de “folla mucho hasta que encuentres al amor de tu vida”, como si hallar el premio gordo consistiera en comprar más boletos: una mera cuestión de suerte que no requiere esfuerzo alguno. Que nadie me malinterprete en este, mi estreno en Universo Gay, que yo no abogo por el celibato ni por asomo, que a mí me parece cojonudo y estupendo que el personal quiera copular como si no hubiera mañana, dándolo todo en abotargadas noches etílicas sin fin. El hombre es también un animal sexual (esto es, se pone palote y entra en celo a la primera de cambios). Lo que ya no me parece tan cojonudo y estupendo es encontrarme luego con tipos que aseguran, con un poso de dramatismo y un brillo en los ojos digno de escena de La fuerza del cariño, que se sienten solos, que hace un millón de años que no conocen a nadie que merezca la pena y que ninguno de sus ligues se preocupa por conocerlos ni por quererlos, ni por decirles “ahí te pudras” siquiera. Te miran con la cara doblada del perrito de “él nunca lo haría” y aparecen en El Diario de Patricia relatando lo desgraciados que son. Y no me parece tan cojonudo y estupendo porque ir de víctima de la sociedad es fácil; lo que es difícil es tomar el toro por los cuernos y tomarse la molestia de conocer a alguien más allá de su nombre de pila; y, por supuesto, prestarse a que este alguien conozca de ti algo más allá de tu talla de calzoncillos.

El sexo es un valor en alza en los tiempos que corren y esto lo sabemos todos por mucho que nos guste ir de profundos y mirar para otro lado. El amor es sólo la excusa que lo hace políticamente correcto. Pero seamos sinceros: para encontrar al amor de tu vida no es necesario que folles como un poseso hasta con las columnas, el factor suerte no es lo único que cuenta, sino que deberías preocuparte por esforzarte un mínimo y conocer a las personas, algo que se puede llevar a cabo independientemente de la cantidad de veces que te hayan o hayas puesto los tobillos detrás de las orejas. Por si alguien todavía pensaba que fornicando violentamente con un desconocido del cual apenas sabe el nombre iba a encontrar al amor de su vida debido a que una chispa irreconciliable y romanticona iba a surgir y sellar un pacto de destino conformado de miradas penetrantes, ya le digo yo que las cosas en el mundo real no funcionan así y que las personas suelen enamorarse y establecer vínculos a medida que se van conociendo. Y para conocerse hay que tener conversaciones, que te lo digo yo, que una vez estudié de esto y también me lo dijo un señor muy leído al que me estaba tirando, así como estar predispuesto a que la otra persona te pueda interesar más allá de su entrepierna. Si no existe esta predisposición, cariño, tú no estás conociendo gente; estás follando, sin más.

Como digo, el problema no es el sexo. El problema es lo que se oculta detrás del sexo. Esa pretensión enfermiza de esconderse, defenderse y disfrazar terrores y miedos y las correspondientes incapacidades para afrontarlos. Porque llegados a cierto punto, todos te sueltan el discursito de que les han hecho mucho daño (como si a ti no, como si tú hubieras vivido en una burbuja hasta el momento presente), justificando sus conductas y sus actitudes dignas de película de Woody Allen (conductas y actitudes sobre las que se hablará en este espacio y mucho). Está claro que es infinitamente más fácil mantener relaciones huecas y superficiales, basadas en un polvo aquí y otro allá si encarta dentro de tres meses. Y es genial, me parece superguay. Pero que nadie venga después a venderme la moto de que es que no conoce a príncipes azules ni a hombres de ensueño cuando lo más profundo que se sumerge en la personalidad de su acompañante de turno es para saber si éste es activo o pasivo (y para ahorrarse sorpresas, no creas que es mera curiosidad); y si por casualidad el acompañante de turno le propone un café o una cerveza, en definitiva, uno de esos encuentros en los que uno utiliza la boca para hablar, corren como si de huir de un asesino en serie se tratara.

O sea, que así no se juega. Para ganar hay que rascar, y no deshacerte de la estampita sin siquiera leer el “sigue buscando”.

Y si no estás buscando, al menos sé sincero contigo mismo y no le toques la moral a los que todavía lo hacen.

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