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Yo y yo y yo y yo y yo…

Esas personas que se creen el centro del Universo y que sólo saben hablar de sí mismas, sea con sus amigos o con otros mariquitusos de la especie en citas. ¿Y lo de prestar atención a lo que dice el otro y sin pensar en la lista de la compra pa’ cuándo? Que, tía, comunicarse con alguien no es sólo hablar: también es escuchar.

Carlos G. García • 12/10/2012

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El otro día iba yo hacia la oficina (porque aunque parezca mentira todavía hay personas en este país con trabajo. Lo que no sabemos es por cuanto tiempo) y escuché en la radio que cierto estudio había determinado que objetivamente y a nivel fisiológico hablar de uno mismo resultaba ser una cosa ultraplacentera para los individuos. Al parecer, cuando los seres humanos (entre los cuales nos encontramos los mariquitusos; lo digo por si había dudas, que hay gente por ahí muy obtusa y muy del Opus) hablamos de nosotros mismos en nuestro cuerpo se genera una secreción la mar de grande de dopamina. Una cosa espectacular. Como no os voy a explicar ahora mismo qué es la dopamina (para eso ya está la wikipedia) y a mí me gusta más hablar en garrulo, el quid del asunto es que cuando hablamos de nosotros mismos obtenemos un placer equiparable al placer sexual. Lo flipas, tía: te cuento cosas y me corro del gusto.

Entonces comprendí un montón de cosas. Porque yo siempre me he preguntado a lo "ser o no ser" o a lo "que he hecho yo para merecer esto" por qué la gente es tan extremadamente egocéntrica y se pasa las horas mirándose la pelusilla del ombligo con la misma pasión que si pudieran ver en ella una cara de Belmez. Y, claro, ahora entiendo que es por placer. Lo que no comprendo es cómo muchos de ellos no mueren sepultados por una ola de dopamina, rollo Deep Impact. Porque, yo no es por nada, pero hace mucho tiempo, cuando me relacionaba con maricones y tenía unas cosas estupendas llamadas citas, bebía, pero no porque se me secara la boca, sino para ahogar mis penas ante los monólogos que me soltaba el personal sin dejarme decir ni pío. Que sí, tía que esto pasa mucho. Por ejemplo, ponte por caso que conoces a alguien en una biblioteca (esos sitios donde normalmente se liga) y entonces quedas para tomar algo (un zumo de maracuyá). Esto es un peligro porque en muchos casos supone que durante algo más de hora y media vas a verte obligado a sentarte delante de un tío escuchando el siguiente sonido: y yo y yo y yo y yo y yo y yo y yo y yo y yo y yo… —pausa para coger aire— y yo y yo y yo y yo y yo y yo y yo y yo y yo y yo…. A lo mejor, en un momento dado, si tu cara es un poema, aprietas mucho los dientes o estampas el vaso (de zumo) en la mesa tan fuerte que el tablero se resquebraja, el tipo puede dejar de hablar y decirte:

—Bueno, ¿y tú qué me cuentas?

Y tú, que suspiras aliviado, piensas: “por fin, por fin ha llegado mi momento, ¡Dios!”, al tiempo que las lágrimas resbalan por tus mejillas y tu corazón palpita fuertemente lleno de emoción. ¡Por fin el chico se ha interesado por ti! ¡Tú que pensabas ya que le habían dado cuerda, que le veías cara de conejito de Duracell (y duran y duran y duran...) y estabas deseando que se le agotaran las pilas, que incluso barajabas la idea de ponerle un tapón en la boca y salir llevado a hombros por todos los pobres ingenuos que como tú han tenido que aguantar citas coñazos con ese tío! Y entonces, justo cuando comienzas a hablar con una sonrisa de Miss que desea la paz en el mundo...:

—Pues resulta que yo…

—Hablando de resultar. ¿Te he contado que una vez me encontré un cacahuete con la forma del culo de Brad Pitt? Y yo y yo y yo y yo y yo y yo y yo y yo y yo…

Esta situación es enervante hasta tal punto que te dan ganas de cortarle y decirle: “mira, majo, que para escuchar monólogos, mejor me escucho uno de El Club de la Comedia y por lo menos me río” e incluso te preguntas si las orejas le servirán para algo más allá de para sujetarse las gafas de sol. Aunque podría ser peor: podría no hablar de sí mismo y hablar de su ex. Yo una vez tuve una cita en la que todas las conversaciones llevaban a hablar del ex del tío con el que quedé. De su vida no tengo ni puta idea, pero me dieron unas ganas locas de follarme al ex. Total, si tras dos horas de datos sobre él ya era como si nos conociéramos desde que éramos chicos...

Pero si en algún momento tu cita te deja esbozar un par de frases seguidas, no pienses que te está escuchando. Qué va. Lo más probable es que esté pensando en la lista de la compra y haya puesto un salvapantallas, o sea, su cara de “ahá, ahá”, mientras tiene las neuronas ocupadísimas evocando los abdominales del prota de la última porno que ha visto o recordando el bocadillo de panceta que se comió ayer. Luego encima le comentarán a sus amigos (si es que tiene a alguno que lo aguante lo suficiente) que el tipo con el quedó era muy soso. Él no, él ha sido estupendo.

Que digo yo que la cosa de querer quedar con alguien es por ganas de relacionarte con otras personas, que si quieres que te escuchen mientras hablas sin parar y te responden lo preciso, mejor te buscas un psicólogo, llamas al Teléfono de la Esperanza o te sientas al lado de una máquina de tabaco, que encima hasta te da las gracias. Se supone que en las citas uno tiene la perspectiva de conocer a alguien interesante, no de sentarse para hablar de sí mismo como si estuviera en plena entrevista de la tele. Tras conocer el estudio ese, me quedó claro que lo que motiva a algunos mariquitusos a quedar con otros no es lo de buscar novio, ni siquiera meterla en caliente. Lo que quieren es buscar nuevos orgasmos sin el esfuerzo físico de follar: están hartos de masturbarse y se dicen “voy a quedar con cualquiera para hablar de mí mismo y que una ola de dopamina me la ponga dura”. Y a ti, que te quedas en silencio todo ese tiempo, sólo te queda irte a casa con las pelotas llenas de amor.

Pero esto no es una cosa que solo pase en las citas entre maricones. Qué va. También ocurre entre los maricones que son sólo amigos y ni van a follar ni nada (que haberlos haylos). ¿Qué hay del típico amigo coñazo que cree firmemente que su vida es apasionante y que cuando te llama o queda contigo es capaz de pasarse tres horas de reloj hablando sobre todo lo que le sucede como si fuera lo más importante del mundo mientras no tiene ni una mínima muestra de interés hacia ti? ¿Qué hay de ese amigo que se pone a relatarte lo mal que lo está pasando porque se le ha enconado un pelo del culo y no sabe nada en absoluto de tu vida porque no se preocupa ni por inquirir? Coño, que no es que yo pretenda que mis colegas estén informados hasta de cuando me toca cortarme las uñas, pero qué menos que un Alejandro Sanz (esto es, parafraseando aquella famosa canción, “cómo estás, qué tal te va, allí es de día o es de noche, es bonita esa ciudad para ir de vacaciones”). Lo básico de la comunicación, vamos.

Si hay una cosa que cada vez me queda más clara es que a la gente no le va lo de relacionarse, que eso de que interaccionar es necesario para el ser humano es mentira. Lo que la gente quiere es alguien que les escuche sin rechistar, sentirse la mar de importante mientras los demás les dan la razón. Y eso, cariños míos, no es comunicación. La comunicación es otra cosa. Por mucho placer que objetivamente obtengas placer cuando hablas de ti mismo, de tu ombligo y de los pormenores de tu existencia, existe otro tipo de placer que animo a todo el mundo a cultivar: el de escuchar, pero escuchar de verdad, lo que tienen que decir los demás y descubrirlos.

Porque en infinidad de ocasiones, cuando uno deja de hablar y se para a escuchar puede llevarse auténticas sorpresas. Y porque si disponemos de dos orejas y una sola boca, digo yo que será por algo.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Carlos G. García

Carlos G. García es periodista, trabajador social, diseñador gráfico, corrector, escritor, idealista implacable, ex pardillo, un mariquituso con inquietudes y, sobre todo, un superviviente de la vida moderna que un día descubrió que frivolizar y reír era mucho más barato que un psicólogo. “Amar en tiempos de estómagos revueltos” es también su primer libro, un conjunto de artículos sobre el amor, el desamor y sobre cómo enfrentarse a los sinsabores de la vida con humor. Ha publicado con la editorial Stonewall la novela “Entrada + Consumición”, con excelentes críticas. Puedes seguirle en Facebook y Twitter.

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