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Ian McKellen: El actor como icono gay

¿Que importancia tiene saber si un actor es gay o no? Siempre hay motivos para permanecer en el armario. Pero el ejemplo de Ian McKellen sugiere que ya no es la única posibilidad. De hecho, salir del armario puede tener toda una serie de contrapartidas positivas.

Alberto Mira • 12/11/2007

Ian McKellen

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El otro día, de pubs por Oxford con el amigo Kerman, estuvimos un rato intercambiando cotilleos sobre actores gays armarizadas, como quien cambia cromos. Tras regalarnos mutuamente con algunos nombres, nos preguntamos si había actores jóvenes de cine que estuvieran fuera del armario. Y no los encontrábamos. La verdad es que últimamente es difícil saber quién está dentro y quién está fuera. En las últimas elecciones a la alcaldía madrileña, por ejemplo, el problema no era si el candidato socialista era gay o no, lo cual no importaba a nadie, sino si estaba fuera del armario o no, que convertía su sexualidad en algo político.

Pero volviendo al tema de los actores, es verdad que el tema sigue siendo tabú. La importancia de esto es relativa. Allá ellos. Supongo que sus razones tendrán, pero también hay que preguntarse si esas razones son realmente “suyas” o simplemente las han heredado sin cuestionarlas de otro tiempo, de otra coyuntura. Y si no es momento para replanteárselas. Es decir, ¿es realmente tan terrible para la carrera de un personaje público estar fuera del armario? Es más, en el caso de los actores, ¿hay más ventajas que inconvenientes? Vale, admito el riesgo de encasillamiento, pero no en términos pragmáticos el encasillamiento puede tener consecuencias positivas (muchos de los actores más populares de la historia del cine, de Clifton Webb a Marilyn Monroe, de Bob Hope a Fernando Tejero, han alcanzado la fama desde el encasillamiento). Pero me da la impresión que no es sólo eso. De alguna manera, estar encasillado “como homosexual” se considera peor que estar encasillado como rubia, como paleto, como casposo o como donjuán (hetero). Y eso, supongo, es un signo de homofobia.

Cuando surgen estas cuestiones, siempre me viene a la cabeza Ian McKellen. Vale, como decían las malísimas, que siempre las ha habido, McKellen sólo salió del armario a principios de los noventa, cuando creyó que su carrera en Hollywood no iba a despegar nunca (aunque también después de haber interpretado Bent). Pero el hecho de que lo hiciera precisamente entonces hace su caso aun más ejemplar. De hecho, esto le sirvió para construir una de las personalidades más intensas del cine actual. Da la impresión de que el armario era como un lastre que al desaparecer potenció esta personalidad. Él mismo ha reconocido que salir del armario significó un nuevo principio en su vida y que se sintió liberado, que descubrió que todas las excusas que se daba para no hacerlo se desvanecían sin dejar rastro.

Cuando McKellen decidió decir que era gay sin andarse por las ramas, yo estaba viviendo en St Catherine’s, uno de los colegios de Oxford. Allí había una cátedra de teatro, y venían personajes como Sondheim, Cameron McKintosh o el propio McKellen. Su conferencia, que en aquel momento daba en varios sitios, en parte como operación publicitaria, en parte por activismo tuvo un gran impacto en mí, recuerdo que estuve varios días hablando de ella y, en términos reales me hizo cambiar de perspectiva sobre lo que significa ser gay en público. Como muchos españolitos, supongo que mi aspiración era la de una sociedad tolerante. Una tolerancia que dependía de “nuestra” discreción. La proposición que se me hacía como gay era un poco como sigue: “vale no pasa nada por ser marica; te vamos a dar el derecho a aducir que eso son cuestiones privadas y que nadie tiene derecho a meterse en tu vida. Eso sí, no seas tú mismo quien saque a la luz lo que te ayudamos a ocultar“. Pero, ¿por qué yo tengo que ser más discreto que el compañero de trabajo hetero que habla de su mujer y sus criaturas o del amigo que se explaya sobre sus frustraciones con las mujeres? Supongo que es lo que tiene que haber decido McKellen a finales de los ochenta. Y su cambio de perspectiva ayudó a materializar el mío. Recuerdo que en su conferencia se refería precisamente a que uno de los motivos que le hizo dedicarse a ser actor es que había oído que en el teatro todo estaba lleno de maricas. Y el caso es que es verdad. Una de las cosas que hacía que muchos jóvenes quisieran dedicarse al show business entonces era la posibilidad de un entorno cómodo. Ya desde Shakespeare todo el mundo sabe que hay algo muy gay en ser actor. Pero empiezas a preguntar y ninguno es.

En términos profesionales, la salida del armario alteró radicalmente las apariciones de Ian McKellen. Igual es que cambió también de agente, pero de repente su carrera despegó. Yo creo que le cambió la mirada, cambió su actitud corporal, sus gestos, su voz. O igual eran los mismos pero tenían un sentido distinto cuando sabemos que es gay. Alguien va a tener que escribir alguna vez sobre las vibraciones que distinguen a los actores gays. No es que haya sólo un tipo. Hay vibraciones gays en Cary Grant o en Montgomery Clift, en James Dean y por supuesto en Clifton Webb, pero se expresan de manera diferente porque ser gay significa cosas diferentes para cada uno de ellos. En Dean era su lado de niño malo algo arribista, la Webb era una loca esnob, Grant controló su lado gay y lo convirtió en elegancia, en cuanto a Clift todo el mundo habla de su tortura interna. En McKellen encontramos la comodidad con el hecho de ser gay y la falta de reservas al respecto. De repente las vibraciones se expresan en términos de complicidad con su papel. Incluso añadiendo capas que de alguna manera funcionan. El actor ha hablado, un poco sin venir a cuento, de que su Gandalf de El señor de los anillos es gay: ¿por qué no iba a serlo? El Magneto de X-Men, de Bryan Singer, simplemente aporta un encanto gay a un villano que no lo es del todo. Y tengo una preferencia especial por otra de sus colaboraciones con Singer (que también está fuera del armario): el nazi Denker de Verano de corrupción (horrible traducción del título Apt Pupil). Entre director y actor conseguían dar la vuelta a la homofobia del texto de Stephen King y convertirla en homoerotismo.

Sus interpretaciones de personajes claramente homosexuales también tienen un acabado y transmiten una complicidad que uno ve imposible. En Dioses y monstruos, el modo en que McKellen prácticamente se relame ante la perspectiva de quitarle la camisa a Brendan Fraser refleja una actitud similar en el espectador. Y esto es importante. A diferencia de tantos actores que han interpretado a personajes gays “desde fuera” (Rex Harrison, William Hurt, Franco Nero), McKellen utiliza sus propias emociones y su propia experiencia para entrar en situación, dejando atrás cualquier preocupación por si “le confundirán”. Declararse gay fue algo más que un acto público para McKellen. Liberó su trabajo, sus emociones, sus ojos. Pensé entonces en uno de los actores de que me hablaba Kerman en la conversación a que me refería. Excelente actor, pero hay algo en su mirada que transmite reserva, como si quisiera ocultar algo, como si no acabase de entregrarse. Es un actor que ha hecho de homosexual y creo que sólo cuando supe que realmente lo era entendí el problema de su interpretación. A esto me refería cuando hablaba de los lastres del armario. No sé si perdería algún papel si se relajase. Pero sin duda, como sucedió a Rupert Everett y al propio McKellen, ganaría otros.

Vale, no todo el mundo es McKellen. Y sin duda los actores que optan por callarse tienen en la cabeza otros ejemplos. Pero sigo pensando que un actor trabaja con materiales emocionales muy íntimos, con experiencias muy personales, y que el efecto se empaña si obstruyen los conductos emocionales. En otros tiempos, se le podía sacar partido al armario cuando se expresaba en términos de tortura. Pero hoy la homosexualidad no tortura a casi nadie y ocultarla se convierte en una tarea en la que uno ni siquiera cree demasiado, es una concesión, algo que se hace para conseguir otra cosa. En ese caso, sospecho que el armario sólo sirve para cerrar canales de comunicación, y de comunicar, al fin y al cabo, es de lo que se trata. Que se lo digan a Ian McKellen.

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