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LesGaiCineMad 2018: buscando el camino de la resiliencia a través de «My days with Mercy» y «Tinta bruta»

Como si de un programa doble se tratara, la sección oficial de LesGaiCineMad nos regala en su segunda jornada dos interesante obras, «Mercy» («My days with Mercy», Tali Shalom-Ezer, 2017, Reino Unido & EE.UU.)» y «Tinta bruta» (Filipe Matzembacher & Marcio Reolon, 2018, Brasil), cuyos personajes tratan de superar dos experiencias traumáticas de diferente índole, que en ambos casos consiguen superar gracias a la influencia de terceras personas.

Luis M. Álvarez • 28/10/2018

LesGaiCineMad 2018: buscando el camino de la resiliencia a través de «My days with Mercy» y «Tinta bruta» | Foto: Youtube

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Confieso que, espantado por su tráiler, paso de largo de la proyección de Freelancers anonymous (Sonia Sebastián, 2018, EE.UU.), de la sección Panorama, por lo que para un servidor, la segunda jornada de la 23ª edición del Festival Internacional de Cine LGBTIQ+ de Madrid se salda con lo que pareciera un programa doble sobre la resiliencia dado que, tanto Mercy (My days with Mercy, Tali Shalom-Ezer, 2017, Reino Unido & EE.UU.), como Tinta bruta (Filipe Matzembacher & Marcio Reolon, 2018, Brasil), giran en torno a personajes que tratan de superar experiencias traumáticas de distinta índole. Ganadora la primera del premio Maguey en Guadalajara, la segunda llega con el Teddy Award de la Berlinale.

Incluidas ambas en la sección oficial, también tienen en común que los dos relatos restan importancia al momento en que se produce el incidente que genera ese conflicto interno de los personajes, estando sus autores más interesados en el proceso de superación que en la propia experiencia traumática, para lo que en ambos casos es fundamental la contribución de una tercera persona. Mientras tanto, tras la proyección de Sobreviviré (Alfonso Albacete & David Menkes, 1999, España), en Rivas-Vaciamadrid se hace entrega a Alfonso Albacete de uno de los Premios de Honor de este año de LesGaiCineMad.

Entendiendo a papá con Mercy

Desde Tel Aviv quiso volar Shalom-Ezer, para presentarnos su película y participar posteriormente en un breve coloquio en el que tuvo tiempo de explicar que no se trata de un proyecto propio, sino que son Kate Mara y Ellen Page quienes contactan con ella tras ver en Sundance su anterior film, Princess (2014, Israel), y entender que se trata de la directora adecuada para este relato. Agradecida por la implicación de ambas, productoras también del proyecto, y sorprendida por su calidad artística, también resalta la labor de Charlie Shotwell, Benjamin en la película —que a los más entrenados puede sonar por su participación en dos películas tan extraordinarias como Captain Fantastic (Matt Ross, 2016, EE.UU.) o El castillo de cristal (The glass castle, Destin Daniel Cretton, 2017, EE.UU.), así como por haber hecho de John Paul Getty a los 7 años en Todo el dinero del mundo (All the money in the world, Ridley Scott, 2017, Italia, Reino Unido & EE.UU.)—, de quien explica estaba muy interesado en entender los motivos psicológicos que llevan a su padre en la ficción a desear que su hija mayor tenga hijos, pero se niega a verle a él. Lamentar eso sí, la inoportuna e impertinente pregunta del espectador que da pie a esta respuesta al interesarse realmente por la manera en la que el jovencito había afrontado tanto la pena de muerte en torno a la que gira el relato, como a la relación lésbica de su hermana, como si no fuera algo natural. Es posible que confundiera Mercy con Cameron Post pero, afortunadamente, la cineasta hizo caso omiso de esta parte de la pregunta o quizás lo hizo el traductor, a quien quedamos agradecidos (al menos un servidor).

My days with Mercy es un relato francamente interesante que tiene dos virtudes fundamentales. Por un lado no trata de ponerse ni a favor ni en contra de la pena de muerte, tan solo establecer el conflicto de lo que ambas posturas suponen para los personajes y dejando que el espectador valore por sí mismo, siendo el mayor conflicto el de las víctima colaterales de un crimen por el que perfectamente se podrían decantar tanto a favor como en contra de la pena de muerte. Se trata del asesinato de una madre a manos supuestamente de un padre, lo que les llevaría a perder a su padre tras haber perdido a su madre, quedando definitivamente huérfanos por mandato judicial. Es posible que muchos pensarán que nadie querría seguir viviendo con su padre si hubiera matado a su madre, y la película deja perfectamente claro que mientras unos no querrían, otros no tendrían ningún problema, lo que no dejaría de generar otro tipo de conflictos.

Por otro lado, es realmente afortunada la manera en la que se integra la trama homosexual en el relato, de una manera natural y sin darle más importancia que si hubiera sido una relación heterosexual. Una solidez que está afortunadamente apoyada en un contundente reparto que consigue transmitir a la perfección las dudas y contradicciones de unos personajes que sobreviven aferrados a una verdad que duela menos que la realidad, cuya verificación solo es posible gracias a la acción de la trama secundaria, la historia de amor de Lucy y Mercy, y su influencia sobre el conflicto familiar que arrastran Lucy, Martha y Benjamin sobre la auténtica implicación su padre en el asesinato de su madre. Se agradece que Shalom-Ezer rechace en todo momento huir del oportunismo emocional hacia el que podría haber derivado el relato a través de otra mirada, construyendo un relato tan sólido como emotivo, por mucho que transcurra de una manera más bien convencional, pero que teniendo un final abierto, concluye de una manera francamente reconfortante.

Entendiéndome a mi mismo con Tinta bruta

Nunca dejará de resultarme fascinante ese rechazo que muchas veces se produce hacia un lugar para quienes han nacido o vivido toda su vida en el mismo sitio, cuando para los de fuera siempre será un fascinante destino. Una dicotomía que se deben haber planteado igualmente Reolon y Matzembacher, ambos naturales de Porto Alegre, como sus propios personajes; convencido estoy de que cualquier berlinés estaría encantado de irse a vivir a Porto Alegre, por ejemplo.

Pero lo mismo sucede con el bullying, mientras unos tienen la capacidad de restarle importancia y sobreponerse a ciertas situaciones de acoso, otros no consiguen más que guardarse el dolor para ellos mismos, que transforman en un rencor que termina estallando de la manera más violenta en el momento más inoportuno, acarreando consecuencias perjudiciales para la propia víctima cuando se convierte en verdugo inesperado. Muy elocuente es ese momento en el que Pedro le dice a su abogada que el que fuera su agresor no estaría sentado en el banquillo si en lugar de hacer él lo que hizo, vengarse, se hubiera suicidado, como probablemente habrá pensado en alguna ocasión —sugiriéndose en algún momento puede ser solución a su actual agonía—, quedando el que había sido su agresor perfectamente libre de cargo y culpa. Pero al igual que sucede en My days with Mercy, lo que interesa a los autores de Tinta bruta no es el conflicto ni aquello que lo origina, sino la manera en la que su protagonista consigue superarlo, para lo que también necesita la influencia de un agente externo, en este caso Leo.

Mucho menos convencional que Mercy en su forma, Tinta bruta evoluciona en tres partes, las que sirven de apoyo a su protagonista, primero su hermana y después Leo, para terminar recayendo el peso en el propio Pedro, o más bien en ese alter ego que le permite evadirse de sus conflictos, a la vez que se gana el sustento. Esa proyección de Pedro en «garotodeneon» —mucho más bonito en portugués que en español— no deja de ser una proyección imperfecta, puesto que ni siquiera sabe bailar, utilizando la tinta para «distraer» a sus seguidores, como él mismo confiesa, ni sabe tampoco distinguir a un ligue de un oportunista e implacable chapero cuando se le acerca. Sufre como Pedro y sufre como «garotodenon», pero si en el primer caso la violencia le mete en problemas, en el segundo termina por salvarle de algo mucho peor.

Si en la primera parte el apoyo incondicional de la hermana no permite que Pedro se enfrente con su problema al quedarse solo, en la segunda comienza a enfrentarse con sus propios miedos, para terminar en la tercera parte dándose cabezazos con ellos. Si el nivel actoral de Mercy es espléndido, en este caso es excepcional porque se trata de dos principiantes que consiguen transmitir todo lo que sienten sus personajes, sus dudas, sus alegrías, sus decepciones, sus contradicciones. Abierto es igualmente el final de Tinta bruta, no importando tampoco que sepamos cómo va a terminar realmente el periplo de Pedro, porque sí sabemos que lo va a poder superar.

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