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LesGaiCineMad 2018: humor histérico y bukake sangriento en «Un couteau dans le coeur»

Desde las secciones oficiales de Sitges y Cannes llega a la competición de LesGaiCineMad «Knife + Heart» (Un couteau dans le coeur, 2018, Francia, México & Suiza), una propuesta repleta de más humor que de erotismo y de más sangre que de sentido común.

Luis M. Álvarez • 06/11/2018

LesGaiCineMad 2018: humor histérico y bukake sangriento en «Un couteau dans le coeur» | Foto: Youtube

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El Instituto Francés de Madrid acoge la segunda proyección de Knife + Heart (Un couteau dans le coeur, 2018, Francia, México & Suiza), segundo largometraje de Yann Gonzalez. Protagonizada por una oxigenada Vanessa Paradis, la película nos remonta al París de finales de los años setenta para sumergirnos en el rodaje de una película porno en la que la sangre es el fluido que más termina por manar de sus entregados actores. Se trata de una propuesta cuanto menos original que evoca los títulos más descabellados del giallo, con acento en Dario Argento y guiño a Brian De Palma, solo que menos manierista que cualquiera de los dos y por citar algunas de sus influencias evidentes. Una obra con la que su director consigue colarse en la sección oficial de Sitges, como era de esperar, así como en la de Cannes, lo que ya es un poco más insólito.

La primera secuencia de Knife + Heart no deja lugar a dudas, a Gonzalez le interesa más el cómo que el por qué. No importa tanto quién se está dedicando a eliminar a todos los miembros del rodaje de una película porno que los motivos que llevan a la persona que se esconde detrás de la máscara a culminar unos crímenes que parecen rituales sexuales. Sucede lo mismo con la relación sentimental entre Anne Parèze y su montadora, Loïs McKenna, que debe haber sido tóxica y tortuosa, pero lo único que nos importa es que ya no es otra cosa que una historia imposible. Como imposible o más bien improbable es la conexión entre esas muertes y otra relación de amor truncada, este caso por trágicas y homofóbicas circunstancias.

En realidad, no importa que el conjunto no tenga mucho sentido, porque, de alguna manera, la cosa funciona, quizás por la dosis de humor histérico y desinhibido que impregna todo el relato, por el tratamiento visual que salpica ciertos momentos del metraje, por lo siniestro y morboso de algunos personajes o quizás porque preferimos dejarnos llevar a un universo de divertida perversión. Y todo funciona mientras no entendemos nada, el problema llega cuando se nos da una explicación. Solo en ese momento los delirios se vuelven ideas desfasadas, las idas de olla acusan un exhibicionismo calculado que se torna carente de sentido y la confusión del asesino se traspasa al espectador, no porque no entienda nada, sino porque se siente defraudado ante una sesión de psicoterapia que ni Pedro Almodóvar en Laberinto de pasiones (1982, España) o John Waters en Cecil B Demented (2000, EE.UU.), por referirme a una par de cineastas que hacen creíble la sesión de psicoanálisis más descabellada, también detrás de la probable inspiración de la película. Al final, no es el asesino quien queda al descubierto, sino las carencias del propio Gonzalez, que había cubierto con descaro, desfachatez y un burdo baño de semen y sangre.

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