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LesGaiCineMad 2018: «Love, Scott», el pobre chico blanco que cantaba pero que ya no podía caminar

Los crímenes de odio y la discapacidad funcional se convierten en el tema principal en torno a la proyección de «Love, Scott», Laura Marie Wayne, 2018, Canadá), una película más emocional que emocionante que aunque tierna, no llega a convencer.

Luis M. Álvarez • 04/11/2018

Love, Scott | Foto: Uso permitido

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Tras una ausencia de tres días, retomo fugazmente la cobertura de la 23ª edición de LesGaiCineMad para asistir a la proyección de Love, Scott (2018, Canadá), una carta de amor incondicional, más que un documental de su directora, Laura Marie Wayne, al que es su mejor amigo, en silla de ruedas tras sufrir una agresión de carácter homofóbico. De ahí que la sesión estuviera seguida de un breve coloquio a cargo de una representante de LGTBIpol, un abogado especializado en crimen de odio y Arturo Góngora Fort, activista con movilidad reducida.

La propia autora presenta su obra a través de un clip con el que consigue avivar la expectación, pero basta volver a escuchar su voz, ya dentro de la película, para que se desinfle como un globo mal atado. Por un lado, no hay engaño, se trata exactamente de un tributo incondicional a su amigo, tal como sugiere el título, pero por otro lado, también es un ejercicio que rebosa condescendencia, aunque al menos nunca llega al sentimentalismo y resulta moderadamente entrañable.

Las primeras palabras de la voice over delatan que a Wayne no le interesan las personas con discapacidad funcional, tan solo su amigo. Da la impresión de que la vida ha terminado para Scott por haberse quedado en silla de ruedas, que no va a poder hacer nada más. Sin embargo, sigue adelante con su coro, se convierte activista, lidera la campaña Don’t be afraid contra la homofobia, e incluso consigue volver a visitar aquellos rincones en los que nunca pensó volver a estar debido a su nueva realidad.

Una realidad a la que, contra todo pronóstico, parece haberse adaptado muy rápidamente, coche adaptado incluido. Claramente, la procesión va por dentro. Es cierto que Scott no ha superado el incidente, el trauma de la agresión, sobre la que, extrañamente, no se aportan muchos datos, más allá de que tiene su origen en la homofobia. Sin embargo, su agresor, que se declara culpable, no es condenado con el agravante de crimen de odio, pero tampoco se aclaran los motivos por los que no se acredita esta circunstancia.

Una omisión cuanto menos sospechosa cuando, al buscar información por internet, el propio Scott explica en una entrevista una versión ligeramente diferente a la que se ofrece en la película, en la que, si he entendido bien, va caminando por la calle, sin más, y le atacan por la espalda, cuando en realidad iba con un amigo al que llevaba cogido por la cintura, lo que deja clara la intención del atacante, más allá de esa mirada amenazante que le había dedicado cuando soltó un poco de pluma. Trampas que empañan una carta escrita desde el cariño, pero que poco hace por la reivindicación de la necesidad de denunciar los crímenes de odio, por la realidad de las personas que viven con alguna discapacidad funcional, congénita o adquirida, o por la lucha contra la homofobia.

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