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LesGaiCineMad 2018: (re)descubrir a Emily Dickinson, regresar al dolor de «1985» y reaccionar a «Las hijas del fuego»

Dos obras destacan en la segunda jornada de LEsGaiCineMad, la revisión de la biografía de Emiliy Dickinson en «Wild nights with Emily» (Madeleine Olnek, 2018, EE.UU.), y el regreso a un año en el que el sida era una enfermedad mortal y tabú en «1985» (Yen Tan, 2018, EE.UU.), terminando con «Las hijas del fuego» (Albertina Carri, 2018, Argentina), una obra tan controvertida como inocua.

Luis M. Álvarez • 29/10/2018

Wild nights with Emiliy | Foto: Uso permitido

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Aunque fuera todo en el mismo sitio, la Sala Berlanga, da para mucho en esta tercera jornada de LesGaiCineMad, desde (re)descubrir a un fascinante personaje como Emily Diskinson en Wild nights with Emily (Madeleine Olnek, 2018, EE.UU.), hasta regresar al dolor del sida en 1985 (Yen Tan, 2018, EE.UU.), pasando por la incapacidad para reaccionar ante Las hijas del fuego (Albertina Carri, 2018, Argentina). Todo esto sazonado con dos encantadores cortometrajes como Pop Rox (Nate Trinrud, 2017, EE.UU.) y Turn it around (Niels Bourgonje, 2017, Holanda), que en clave femenina el primero y masculina el segundo abordan en el fondo el mismo tema, el miedo al rechazo a la hora de dar el paso para declararse a la persona que amas o te atrae sexualmente cuando eres adolescente.

(Re)descubrir a Emily Dickinson con «Wild nights with Emily»

Fabulosa, deliciosa, refrescante y sobre todo, inteligente manera de revisar la biografía de un personaje tan carismático como el de la poeta Emily Dickinson. Inteligente porque parte de la mismísima mentira, del punto de vista de la desagradable oportunista que cultivó una falacia que ha perdurado hasta nuestros días sobre la vida de una mujer que tuvo una vida amorosa plena, pero poco convencional para su época (y para esta), que se ilustra con las imágenes de la verdad, la que surge de las cartas reales (tal y como se acredita en la película) que la autora enviaba a su amante inseparable, Susan Dickinson, su propia cuñada. Lejos de especulaciones, se trata de una versión amparada por la propia hija de la que fuera su compañera de vida, por mucho que vivieran puerta con puerta en lugar de compartir cama, quien llegó a defender esta relación en 1914.

Queda así perfectamente acreditado que Emily Dickinson no permanece recluida en vida en su casa… sino que allí lo tenía todo y no le faltaba de nada, incluyendo una vida amorosa plena y satisfactoria. Si a esto añadimos la presencia de la inefable Molly Shannon —actriz de culto para quienes hayan disfrutado con Superstar (Bruce McCulloch, 1999, EE.UU.) —, entenderemos que nos encontramos ante una obra tan tierna como divertida, tan llena de energía como de poesía, además de estar repleta de amor y respeto por el personaje y por su legado artístico, en la que salvaje no equivale ni a abrupto, animal, silvestre, incontrolado o poco desarrollado, sino a libre y natural con todas sus consecuencias, así como noches no equivale a una parte de las 24 horas que forman el día, sino a una vida entera. Desde ya una de mis favoritas de esta edición junto con Las herederas.

Volver al dolor del sida en «1985»

Ser seropositivo hoy en día es equivalente a ser diabético. Es posible que esta afirmación simplifique demasiado lo que supone tener VIH, pero lo cierto es que puedes hacer vida perfectamente, sin siquiera revelar que tienes el sida, de la misma manera que tampoco vas diciendo por ahí que eres diabético. No es necesario. Puedes hacerlo porque puede ayudar a quienes todavía tienen problemas para asumirlo y asimilarlo, como no sucede con quienes son diabéticos, pero ya es una opción personal. Pero las cosas no eran así en 1985, cuando ser seropositivo equivalía a tener una sentencia de muerte, lo que se multiplica por el hecho de que en aquel tiempo todavía era difícil salir del armario.

Yen Tan nos transporta hasta el año en que se estrena Regreso al futuro (Back to the future, Robert Zemeckis, 1985, EE.UU.), cuando Madonna ya había publicado dos álbumes y se encontraba en pleno Virgin Tour, mientras que Ronald Reagan se enfrentaba a su segundo mandato como presidente tras ser revalidado en las urnas, y un año antes de que fuera denominada la enfermedad como VIH, tras la disputa en Robert Gallo contra Barré-Sinoussi y Montagnier sobre quien había aislado y descubierto en primer lugar el virus del sida. Referencias que llevan a preguntarte dónde estabas tú en 1985.

Nos encontramos ante un relato sobrio y contenido, pero emotivo y rebosante de sentimientos en el que juegan un papel crucial las espléndidas interpretaciones de sus protagonistas. La fotografía en blanco y negro contribuye a que nos centremos en el relato y nos olvidemos de cuestiones mundanas como la reconstrucción de la época, que no tiene la más mínima importancia. Y la sólida estructura del relato, que parte del regreso del hijo pródigo para celebrar las que intuye serán sus últimas Navidades, de las que retorna sin arrepentimiento, sin compartir aquello que le atormenta, pero con perdón, porque tanto su padre como su madre saben e intuyen algo, aunque no sepan en realidad la magnitud de todo lo que se esconde detrás del silencio y la mirada de auxilio de su hijo. Una obra íntima e intimista que se agarra al corazón y perdura en la memoria.

La reivindicación descontrolada de «Las hijas del fuego»

Se puede estar a favor de una reivindicación, pero no necesariamente de cómo se reivindica o viceversa. A un servidor, por ejemplo, no necesariamente está de acuerdo con todo lo que reivindican Pussy Riot, pero siempre está a favor de la manera en la que lo hacen. Considero su activismo legítimo y justificado, incluso cuando no siempre comparto del todo sus reclamaciones, refiriéndome más a algunos de los grupos que utilizan el nombre del colectivo que a las manifestaciones de la banda original. Justo lo contrario me sucede con Las hijas del fuego, que sí comparto la mayoría de sus reivindicaciones, pero me quedo frío ante su manera de hacerlo (es posible que sea por la falta del traje de neopreno).

Albertina Carri nos embarca en una intensa roadmovie en la que va sumando adeptas a un poliamor que rebosa reivindicación de un feminismo a veces radical, pero que termina derivando en panfleto que se corre en sus manos antes de tiempo. Algunas de sus imágenes pretenden ser escandalosas, pero no consiguen llegar a motivar ni de cara a la reflexión, de la misma manera que aunque el relato esté repleto de relaciones íntimas, no se puede hablar de erotismo sino de mero sexo explícito. Así como el clero y los «milicos» no constituyen por sí mismos el heteropatriarcado, erradicar del discurso cualquier elemento masculino (más allá del Torino) no convierte el mensaje en feminista. Al final todo queda reducido a un mero performance, que puede tener grandes momentos, pero también termina por deformar su propósito hasta convertirse en una reivindicación inocua y consumar el más puro y duro aburrimiento.

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