Scarlett Johansson responde a quienes le critican por aceptar el papel de un personaje transgénero en «Rub & Tug»

Tras ser criticada por interpretar un personaje que anteriormente tenía rasgos asiáticos en «Ghost in the shell», Scarlett Johansson desata de nuevo las críticas por aceptar el personaje de un personaje transgénero en «Rub & Tug», reabriendo el debate sobre si es lícito que personas cisgénero interpreten a personas transgénero en el cine.

Luis M. Álvarez • 04/07/2018

Scarlett Johansson responde a quienes le critican por aceptar el papel de una transgénero en «Rub & Tub» | Foto: Youtube

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Con un presupuesto de 30 millones de dólares, New Regency tiene previsto comenzar el rodaje de Rub & Tub en febrero del año que viene a partir de un guion de Gary Spinelli, en una película que estará dirigida por Rupert Sanders y protagonizada por Scarlett Johnasson, siendo además una de las productoras de la película. La actriz no solo repite con el mismo director, sino en lo que a polémicas se refiere porque si ya fuera muy criticada por aceptar el papel de un personaje que un su versión animé tenía rasgos asiáticos, ahora le llueven las críticas par aceptar interpretar a un personaje transgénero.

«Scarlett Johansson recibió una gran reacción negativa por Ghost in the sehll cuando interpretó a un personaje asiático americanizado. La película fracasó. Sin inmutarse, se ha asociado con EL MISMO DIRECTOR para interpretar un personaje trans masculino en Rub & Tug», tuiteaba, April Reign, conocida por impulsar la campaña #OscarSoWhite en contra del racismo en las nominaciones a los premios Oscar. La activista hace referencia al hecho de que con un presupuesto de estimado de 110 millones de dólares, la adaptación en imagen real del famoso manga de Masamune Shirow solo consigue recaudar 170 millones de dólares, lo que para el baremo económico de Hollywood se considera un fracaso. Sin embargo, la actriz ha querido responder a quienes cuestionan que una persona cisgénero interprete a una persona transgénero, indicándoles que pueden dirigirse a «los representantes de Jeffrey Tambor, Jared Leto y Felicity Huffman para hacer comentarios».

¿Quién es Jean Marie Gill?

Rub & Tag es la historia real de Jean Marie Gill, un hombre transgénero que florece en Pittsburg a través de un negocio dominado por hombres, el de los salones de masajes y la prostitución, que se enfrenta a la mafia y termina convirtiéndose en un capo del crimen en los años setenta. Aunque en realidad, la película se centra en la historia de amor de Gill con su novia, Cynthia, y en cómo se apoyó en la comunidad LGBT para hacer crecer su imperio económico. Cuando en 1978 la policía irrumpe en uno de sus locales más conocidos, Spartacus, un Templo de meditación japonesa, la prensa no duda en otorgarle títulos tan controvertidos como el de «Hombre dudoso del año» y «Mujer dudosa del año», explicando que «encarna la inteligencia empresarial, la confusión sexual y un ojo para la moda como nadie desde Michael Jackson».

Para la opinión pública no estaba claro si el final de su imperio llegaría por parte de empresas rivales criminales o de las fuerzas del orden público. Uno de sus locales es arrasado al abrir uno de sus empleados una cara bomba, mientras que otro salón fue quemado en extrañas circunstancias, falleciendo varios de sus empleados, pero es finalmente la aplicación de la ley lo que detiene sus actividades en 1984 por fraude en los impuestos de la renta. Es sentenciada a 13 años de prisión, que se rebajan a diez cuando acepta cerrar tres salones de masajes, siendo liberada en 1987 y falleciendo a los 72 años de edad.

¿Personas cisgénero haciendo de transgénero y viceversa?

«Se exacerbará la creencia cultural de que las mujeres trans son en realidad hombres, que es la raíz de la violencia contra nosotras», afirmaba en un tuit hace 2 años Jen Richards, actriz y escritora transgénero conocida principalmente por la serie Her Story (2015, EE.UU.), poniendo de manifiesto que la práctica de elegir personas cisgénero para interpretar a personas transgénero perpetúa la idea que, de alguna manera, las personas trans pretenden ser algo que no son, como si estuvieran interpretando un papel en su día a día. «Soy cineasta. Considero que la libertad del arte es sagrada, pero también reconozco su poder como una responsabilidad (…). Formamos la percepción, somos culpables», aseguraba Richards en aquel momento, cuando ya surgiera la polémica porque Michelle Rodriguez interpretara a un hombre transgénero en Dulce venganza (The assignment, Walter Hill, 2016, Francia, Canadá & EE.UU.) y Matt Bomer a una mujer transgénero en Anything (Timothy McNeill, 2017, EE.UU.).

Cuando Scarlett Johansson acepta un papel como transgénero y los medios de comunicación despliegan el lenguaje sobre la película como la historia de una mujer que «usó una identidad masculina», en lugar de identificar al sujeto como un hombre transgénero, tiene repercusiones reales más allá la gran pantalla, se quejan los activistas. Mientras que, a menudo, el argumento en contra de contratar a personas transgénero reales es que prevalece la idea de que el personaje debe ir al «actor que mejor se adapte a él», claro que, desde el punto de vista de un productor no debe tratarse tanto de una cuestión artística, sino económica, ya que se consigue mayor repercusión con un actor o actriz conocido por el público, que por alguien que está por conocer, lo que implica que los actores y actrices trans quedan relegados al no haber tenido la más mínima posibilidad.

De hecho, en su repuesta por la polémica, Johansson hace referencia a Jeffrey Tambor, ganador de un Globo de Oro y 2 premios Emmy por interpretar a una mujer transgénero en Transparent (Jill Soloway, 2014, EE.UU.), Jared Leto, ganador del Oscar al mejor actor de reparto por su interpretación de una mujer transgénero en Dallas Buyers Club (Jean-Marc Vallée, 2013, EE.UU.), y Felicity Huffman, que ganaba un Globo de Oro por su interpretación de una mujer transgénero en Transamérica (Transamerica, Duncan Tucker, 2005, EE.UU.), obras que han tenido gran trascendencia en el público más allá de que quienes interpretan a sus protagonistas sean cisgénero, pero también gracias a que ya eran interpretados por actores y actrices más o menos populares o con los que el público ya estaba familiarizado.

Si bien es cierto que Hillary Swank era una total desconocida cuando consigue el Oscar por Boy’s don’t cry (Kimberly Pierce, 1999, EE.UU.), también es cierto que nadie conocía a Jaye Davidson cuando sorprende al mundo entero en Juego de lágrimas (The crying game, Neil Jordan, 1992, Reino Unido, Japón & EE.UU.). «La realidad de la experiencia trans vivida es mucho más interesante, mucho más poderosa, que el simulacro que Hollywood ha promocionado durante décadas», escribía Nick Adams de GLAAD en 2016 reivindicando la necesidad de que actores trans interpretaran a personajes trans. Lo que parece estar claro es que este debate está condenado a repetirse, porque si cuestionamos que una persona cisgénero interprete a una persona transgénero, también estamos condenando al encasillamiento a los actores y actrices transgénero, que solo podrían hacer personajes que se identifiquen con su identidad de género, como si no tuvieran al sensibilidad suficiente para comprender las experiencias y matices de la humanidad de una persona cisgénero, que es lo que se cuestiona de los actores y actrices cisgénero cuando interpretan a una persona transgénero.

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