Año nuevo, "diva" nueva

Didí Escobart se lía la manta a la cabeza y, bajo el lema "Año nuevo, diva nueva" estrena esta columna de opinión en Universo Gay.

Didí Escobart • 02/01/2013

Diossa, la petarda perfecta

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Los Reyes Magos no existen. Así de claro. No existen para nada. Los Reyes, en el mejor de los casos, son los padres, y tal y como están los tiempos resultan ser unos reyes muy cutres, unos auténticos muertos de hambre. También podemos ver en alguna carroza a determinados futbolistas famosos, mal disfrazados y peor maquillados, haciéndose pasar por un Rey Mago (cuando van de Baltasar ya si que no hay quien se los crea). Reyes Magos de tres al cuarto, todos. Aparte de que los "auténticos" Reyes Magos no eran ni reyes ni magos. Se supone que eran una especie de "sabios", intelectuales de la época. Gente aburguesada —y privilegiada—, con ganas de viajar y de perder el tiempo. La Jet Set de entonces, solo que iban en camello, no en aviones privados. Bueno, entre la Jet Set de ahora también hay mucho "camello". En fin.

Santa Claus, o Papa Noél (o San Nicolás, ¡menudo lío de viejunos!), nunca vistieron de rojo, como una buscona también de tres al cuarto. Parece ser que, en todo caso, iban vestidos de verde. Nuestro "clásico" Papá Noel se pasó al rojo hará solo un siglo, cuando Coca-cola lo "cocacolizó" para una publicidad navideña, y que subliminalmente nos incitara a consumir su famoso refresco, al evocarnos su logotipo.

¿Las tradicionales Uvas de la Suerte?... Fueron un invento de unos empresarios —en este caso españoles— que, también a principios del siglo pasado, tuvieron un excedente de uva y no sabían dónde metérsela. Y la gente, que es muy crédula —y muy supersticiosa— (y muy analfabeta), picó el anzuelo. Y a partir de ahí parece que si no te comes las uvas... ¡Uys, que mala suerrrrrteeeee!

La propia Navidad es un engaño total. Jesuscristo, en el hipotético caso de que finalmente se tratara de un personaje real, nació en primavera. Pero a final de diciembre había unas fiestas paganas, muy populares, que resultaban una competencia tremenda, así que de nuevo el marketing hizo de las suyas, y en un momento dado la curia decidió mover las fechas y promocionar mucho el evento, para hundir al adversario, haciendo coincidir ambas festividades. Había mucho mogollón en juego, y no era como para andarse con chiquitas.

Por todo esto, y porque me pone enferma toda esa gente mamarracha que se pone monstruosidades en la cabeza para salir a pasear con la familia como si tal cosa, odio las navidades. Pero no, no os confundáis: a mí las navidades no me entristecen ni me deprimen; no me potencian ni un miligramo la nostalgia. Tengo demasiado carácter y formación cultural para eso. Simplemente me irritan. Me irritan hasta lo indecible. Y hasta en eso me voy reeducando, y ya no me afectan tanto. Año a año logro superar la exasperación y la tendencia al vómito. Cada vez me siento con más "fuerza interior" como para que todo este circo no me afecte, o me afecte lo mínimo posible. Incluso decoro mi casa, en un alarde de cinismo voluntario de tamaño industrial. Una especie de ejercicio de autoafirmación.

Detesto la hipócrita Navidad, me repugnan las fiestas de Fin de Año, paso total de los Reyes Magos, y no me imagino a nadie arriesgándose a hacerme una broma el Día de los Inocentes. ¿¡Acaso tengo yo cara de inocente!?

Pero sí es cierto que, justamente por lo calculadora, reflexiva y objetiva que soy, con el fin del año siento siempre en mi interior cómo se cierra una etapa. Y aprovecho para "echar de mi vida" a mucha gente. Gentuza. Y para cerrar todo tipo de puertas. Malos recuerdos, fallidas experiencias, metas abandonadas... Aprovecho para limpiarme al máximo por dentro. Yo lo llamo "desmaquillaje interior". Me renuevo, me deshago de enganches, me propongo nuevas metas, reorganizo todo mi espacio vital, tanto el físico como el psicológico. Le doy un guantazo a mi ego, que se empeña en distorsionar mi visión. Selecciono todo lo que me funcionó y a todos aquellos a quienes deseo seguir teniendo conmigo. Estudio el por qué de cuanto salió mal o no llegó nunca a concretarse, centrándome en la idea de que no fue culpa de los demás, sino sin duda alguna mía exclusivamente. Prefiero usar el término responsabilidad mejor que culpa, ¿vale? Y por último le doy las gracias al Universo por todo cuanto fue, por todo lo que aprendí, por todo lo que sufrí y disfruté... y por todas las posibilidades abiertas de ahí en adelante, que son muchas. ¡Son todas!

Por eso toda esta marabunta navideña tiene su razón de ser. Es necesario el exceso para, por fin, poder llegar a explotar, eclosionar, y poder sacar "lo mejor" de nosotros mismos, dejando atrás toda la mierda. Iniciemos pues el nuevo ciclo, redactemos nuestra lista de buenos propósitos, tengamos la fuerza necesaria para cumplirlos, y beneficiémonos de los resultados. Borrón y cuenta nueva. Año nuevo, "diva" nueva.

Y, de todos modos, en Reyes regala mi libro El retorno de la petarda perfecta a quien sea, da igual. Cada cual que lo interprete como quiera: como un maravilloso obsequio... o como un simbólico trozo de carbón.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Didí Escobart

Didí Escobart comenzó su carrera profesional como artista multimedia en 1991, de la mano de Alaska. Colabora en diversos medios de comunicación y ha publicado varios libros. Forma parte del dúo escénico Diossa & Malyzzia, posee una sólida trayectoria como actriz y publica sus divagaciones en la Bitácora de la Perfecta Petarda.

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