El bufón del pueblo

Hubo un tiempo —no muy, muy lejano— en que España era eminentemente rural. Yo no digo que no hubiera grandes ciudades, capitales de provincia mayormente, y un montón de pequeñas urbes diseminadas por toda la geografía, pero el español medio era de pueblo, dicho sea a boca llena. Y el sentir pueblerino coexistía también en la metrópoli con una minoría cosmopolita estadísticamente inapreciable. Podríamos hablar de otra acepción de “aldea global”, diferente a la que ahora hace referencia a la unificación de toda la sociedad, debido a un progreso tecnológico que, se me antoja a mí, no camina parejo al avance de la mentalidad general. Pero esto último es otra historia.

Didí Escobart • 02/02/2013

Un pueblo

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Todo pueblo que se preciara y los que no también tenía su “maricón oficial”, sin detrimento de la existencia de una cantera que fuera proporcionando relevo generacional aparentemente a cuentagotas, aunque al niño que pintaba maneras aún no se le ofrecía el debido diploma hasta abandonar la escolaridad (cosa que, por otro lado, se hacía a muy temprana edad). Todo ello por mucho que desde que el infante de marras tuviese uso de razón ya se viera en la situación de tener que soportar el oprobio de sus mayores, las crueles burlas de menores coetáneos y el dedo acusador en general.

“El Maricón del pueblo” no era respetado ni aceptado, simplemente asumido, y apreciado sólo en según que ocasiones y por según quienes (su madre y poco más, y a veces ni eso). La figura de “El Maricón del pueblo” cumplía su función social, que básicamente se limitaba a “modernizar” la presencia del bufón de la corte medieval: “El Maricón”, educado en la culpa, pedía perdón comunal a base de sumisión conductual y, en no pocas ocasiones, gracejo desaforado, traducido muchas veces en seudodisciplinas artísticas u otro tipo de habilidades con las que agradar (cantar, bailar, coser, cocinar, pintar...). El caso es que siempre era motivo de risa, tanto por delante, como... por detrás.

En realidad, tras esta obvia apariencia, la verdadera misión pública de este personaje era simplemente dejar claro en el lugar que si él era “El maricón”... los demás ya no lo eran. Claro, porque esa cruz le había tocado a él, todo ello con independencia de la cantidad real de homosexuales o bisexuales que habitaran el pueblo, muchos de los cuales por no decir la mayoría, o todos eran reconocidos por “El Maricón”. Este seguía asumiendo su papel, callando el dato, en una especie de “Síndrome de Estocolmo” de, quizá, fácil entendimiento, si se analiza el contexto. Ni qué decirse tiene que todo homosexual encubierto sabía claramente a quién dirigirse para satisfacer sus instintos: a “El Maricón del pueblo” (aunque con mucho cuidado de que no te vieran relacionarte con él). Este era en definitiva el acuerdo tácito al que llegaba “El Maricón”: sexo a cambio de silencio. También podría plantearse desde el otro lado: silencio a cambio de no violencia.

“El Maricón del pueblo” siempre era afeminado, condición sine qua non, y justamente por comportarse “como una mujer, siendo hombre” le venía en sí todo o gran parte del prejuicio y la discriminación, pues la sociedad a la que hacemos referencia era y sigue siendo fundamentalmente machista y patriarcal, y no concibe que un macho reniegue del cliché impuesto y sus consiguientes prerrogativas. Por otro lado, esta femineidad impostada era la que le abría el espectro de contactos sexuales con, incluso, heterosexuales en situaciones difíciles (esposa embarazada, soltería, reciente viudedad, estados etílicos, simple morbo/curiosidad...).La existencia de este ser solía achacarse a enrevesados designios divinos, cuando no a una especie de fallo o despiste del Creador. Pero la opinión subyacente era menos mística, y hacía referencia al propio vicio de la persona humana, quizá, en todo caso, influenciada por el demonio, que siempre sabe potenciar nuestras bajezas y debilidades.Esa época oscurantista e irracional está a la vuelta de nuestra propia esquina, como a la vuelta de la esquina están multitud de lugares en el mundo donde las cosas siguen siendo así a día de hoy. O donde son aún peor. Donde puede costarte la vida, puesto que por ley todo homosexual es un pecador, un depravado sin cabida en la sociedad. Tengamos esto siempre presente, tengamos presente a esas personas que viven tal grado de discriminación. Eso sí que es una aberración.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Didí Escobart

Didí Escobart comenzó su carrera profesional como artista multimedia en 1991, de la mano de Alaska. Colabora en diversos medios de comunicación y ha publicado varios libros. Forma parte del dúo escénico Diossa & Malyzzia, posee una sólida trayectoria como actriz y publica sus divagaciones en la Bitácora de la Perfecta Petarda.

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