Henchidos e hinchados

Cualquier Fiesta del Orgullo Gay resulta un auténtico escaparate para vislumbrar los modos y modas de homosexuales y lesbianas (y transexuales y bisexuales, no me olvido), sea cual sea la ciudad en cuestión. Aunque la internacionalidad no refleja más que la propia uniformidad de una comunidad ya planetaria, en donde resulta casi imposible diferenciar la procedencia de un miembro, salvo que abra el pico o sea “excesivamente nórdico” o algo así.

Didí Escobart • 05/07/2013

Ricardo Fort

orgullo vigorexia

Hasta ese extremo han llegado los códigos de conducta y, en especial, los “dress code” al uso. No existe concepto de lo autóctono, en especial en el segmento occidental. Y el uniforme oficial actual de la marica-media es un pantalón corto, una camiseta de tirantes y unas chanclas. Y unas gafas negras. Y, quizá, un bolso en bandolera. Y, por supuesto, piercings, collares y pulseras, amén de esos tatuajes a medio camino entre el arte impreso en la piel y el complemento puro y duro. Todo ello supone un “fondo de armario” para los que justamente han salido del mismo.

Todo esto me ha permitido comprobar que, no sé si “henchidos de orgullo”, pero lo que sí están siempre buena parte de los asistentes a este fin de semana de la Manifestación Estatal es “hinchados de anabolizantes”. Quiero pensar que ambas cosas son compatibles, que de hecho mostrar ese a veces monstruoso aspecto viril es una forma más de reivindicación del hecho gay, un “salir del armario para convertirse uno mismo en el propio armario”, como una antropomorfa caricatura de ese Walt Disney que forma parte de nuestra cultura audiovisual. O mejor como un superhéroe mutante de los que también han conformado el grueso de las fantasías sexuales de más de uno, a Marvel gracias. En cualquier caso parece una forma de venganza perfecta contra el hetero homófobo, aunque crear un nuevo estereotipo suponga generar sus consabidos prejuicios colaterales. Quizá es caer en tu propia trampa.

Resulta excitantemente aterrador atravesar la Gran Vía teniéndose que hacer hueco entre los bíceps, tríceps y deltoides de la concurrencia, como quien se abre paso entre la maleza de la selva a golpe de machete. Machetes para apartar tanto macho, podría resultar irónico, a la par que práctico. Más que un Gay Pride parece estar celebrándose un Mr. Olimpia de puertas abiertas. ¿Por qué la FIBO no monta su propia carroza? Ha quedado sobradamente patente que la Manifestación del Orgullo Gay es un gran ejercicio de libertad... pero también es un ejercicio abdominal estupendo, porque te pasas tres horas metiendo barriga, lo que equivale a más de quinientas abdominales. El culto al cuerpo. ¿Para cuando el culto a la mente? ¿Para cuando el culto a la cultura? Vamos, no sé, digo yo.

Por supuesto que, además de supermachos, también hay mucho travesti ocasional y mucha marica estéticamente afeminada (estos, más que “armarios” son... ”¡coquetas!”), pero el predominio de culturistas hipermusculados es aplastante, así como el de rapados, calvos, barbudos, bigotudos y velludos en general, y tatuados y anillados. ¡No veía tanto pelo junto desde que estuve en el zoo! (ante lo cual me posiciono a favor, todo hay que decirlo...).

Al igual que ocurriera con los anteriores, este Orgullo Gay de 2013, a modo de simbólico “varonmetro” (tremendo juego de palabras) patentiza que todo lo más representativo de la estética clásica masculina está en alza, lo que unido a que el look lésbico es tanto o más andrógino, y las lesbianas –afortunadamente- cada vez más visibles, podría darnos como resultado un peligroso giro machista en nuestra sociedad, que comienza siendo puramente visual y estético, y termina por impregnar obligadamente la ideología y el comportamiento individual y de grupo. Son las modas y los modos de los que hablaba al principio, y que generalmente van de la mano, para constituir la idiosincrasia del colectivo. No resulta sorprendente que en una sociedad milenariamente machista y patriarcal el culto en este caso al falo –no me refiero en un sentido literal, aunque también- termine imponiéndose incluso entre quienes más han padecido la barbarie discriminatoria de la testosterona heterosexual.

Por eso cada año me congratulo más, y de modo especial, ante esa Ley de Identidad de Género que, beneficiando a transexuales de ambos sexos, está permitiendo una presencia cada vez más acusada de transexuales femeninas, el auténtico bastión de la figura de la mujer en nuestra comunidad. Una ley que normaliza una realidad y dota de un nuevo significado a la lucha feminista, ampliando su contexto y sus posibilidades. Y reivindica indirectamente curvas y glamour ante tanto “aparente” macho cabrío… muchos de los cuales, abría que añadir, llevan dentro a la más femenina de las mujeres, no nos engañemos.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Didí Escobart

Didí Escobart comenzó su carrera profesional como artista multimedia en 1991, de la mano de Alaska. Colabora en diversos medios de comunicación y ha publicado varios libros. Forma parte del dúo escénico Diossa & Malyzzia, posee una sólida trayectoria como actriz y publica sus divagaciones en la Bitácora de la Perfecta Petarda.

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