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La máquina y el carrete

Nina Hagen me gusta casi desde siempre, desde luego desde que apareció en el mercado discográfico español. Recuerdo que fue un pinchadiscos, el de la discoteca de mi pueblo (porque aquí donde me leen, y por difícil que sea de creer, ¡soy de pueblo!, hoy reconvertida en urbanita perdida), quien me llamó (con la mano, a través del cristal) para que me acercara a la cabina una noche, quizá un viernes, y me dijo que me fijara bien en lo que iba a poner, en tanto me enseñaba la portada de un disco, donde aparecía una mujer pintarrajeada y despeluzada. Y empezaron a sonar las notas de African Reggae, aquel single de C.B.S Records.

Didí Escobart • 25/09/2013

Nina Hagen

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Corría el año 1979. Y desde aquel mismo momento caí rendida ante aquella loca que gesticulaba y se vestía, peinaba y maquillaba como eso, como una loca. ¡Y cómo cantabaaa!… Era tan diferente. Era especial. Yo, que ya estaba también un poco loca, anhelaba llegar a esas cotas, de tal manera que aquella lírica punk se convirtió en mi referente. Y con el tiempo, casi, casi, en mi obsesión. Sí, ella fue el germen de Diossa, aunque a esta contribuyeran otras muchas divas, tales como Nacha Guevara, Alaska, Marilyn Monroe… Pero Nina Hagen era un punto y aparte, fue un núcleo primigenio.

Me fui comprando todos sus álbumes, y los sencillos, a medida que fueron saliendo, y escuchándolos una y mil veces, hasta conseguir encajar casi a la perfección aquellos imposibles playbacks (que ni ella misma hace bien) frente al espejo. Y, por supuesto, empecé a hacer uso de lápices de ojos, o ceras de colores, o rotuladores, cualquier cosa, para maquillarme de aquella disparatada manera. Y resultaba muy difícil desmaquillarse cuando te habías pintado con bolígrafo o un rotulador. Por supuesto en casa no podían sospechar que me estuviese maquillando de mujer, porque con aquel look punk parecía más bien una suerte de payaso, ni tonto ni listo; simplemente loco. Pero, claro está, fui perfeccionando la técnica… ¡je, je, je! ¡Y tanto! Gracias a Margaret Astor.

Pasaron años hasta que pude ver a Nina Hagen por primera vez en directo, en vivo. Qué gozada. Fue en 1986, en la conocida sala Morasol, si mal no recuerdo. Fui con un amigo mío mayor, que tenía, fantástico, y que me acompañó, pues venir sola a Madrid me daba cosa, aunque si mal no recuerdo (es que tengo una memoria horrible) vine conduciendo mi propio coche. Hace pocos años se suicidó, colgándose de una soga (mi amigo, digo). Era un tipo también muy especial… muy a pesar de que era heterosexual puro, y lo especial que tenía no era lo que hubierais imaginado en un principio. Qué recuerdo tan bonito guardo de él. Cómo sonreía, cómo empatizábamos. Qué humor compartíamos. Cómo le perdí la pista… y cómo tuvo que sufrir en su vida para decidir tomar esa decisión. Yo hacía tiempo que no sabía de él. Agustín, desde aquí te reivindico.

Aquel concierto fue glorioso, mágico. No solo pude ver a Nina Hagen… ¡actuó junto a Lene Lovich! Para mí fue como si hubiera podido ver en 1986 a Boy George a dúo con Divine, o algo así. O más. Fue… ya digo, mágico, como diría una pedorra. Soy un poco pedorra de vez en cuando. Pero es que nunca he vuelto a ver algo igual para mí… y eso que… he visto cosas, creedme. Culturalmente soy un poco “replicanta”.

Seguí comprando sus discos. Siempre lo he seguido haciendo, aunque ya hace tiempo que no publica en España, pero tengo toda su discografía, y sus libros biográficos. Y la ¿película? Cha-cha. Nunca le estaré suficientemente agradecida a Internet; a google, a eBay, a amazon, a youtube… Ahora somos amigas en FB, incluso, Nina y yo. Y a aquel DJ de provincias también le guardo gratitud eterna. Yo soy muy agradecida, no solo muy agraciada.

Hace, no sé, un par de años o tres, disfruté de su último concierto en Madrid, organizado por los Veranos de la Villa. Al día siguiente, en un periódico nacional, le dedicaban una página al evento. El periodista hacía una crítica de la diva alemana que, sin llegar a ser destructiva, no resultaba un artículo de loa, precisamente. Hay que reconocer que Nina Hagen ha perdido sus agudos por completo, y actualmente escuchar un concierto suyo es como escuchar una charca con ranas… No obstante yo la sigo adorando igual, aunque ya casi solo croe.

Lo más curioso es que, debido a la imagen estética que lució durante el concierto, la comparaban con… ¡conmigo! Aquel señor, periodista, comentaba literalmente que Nina Hagen se parecía a la conocida drag-queen Diossa (en realidad escribió Malyzzia, porque se confundió de nombre, ¡grrrr!, pero se refería a mí, no a mi oronda compañera de look más bien a lo Divine), con aquellas coletas y la faldita tan infantil con tutú. Una look niñata-manga. Recuerdo que fue Paco Clavel quien me telefoneó para decirme que comprara el periódico porque me mencionaban en la crítica sobre Nina Hagen. Me pareció muy fuerte, puesto que he sido yo quien la he imitado hasta la saciedad siempre… aunque no con este look en concreto, pues yo lo comencé a usar a mediados de los 90s (que era cuando yo iba así y me hice un poco mediática) y como guiño a la escuela club kids de Nueva York. Lo tomé más que como un cumplido, como una especie de justicia poética. Realmente me impactó. Al retrotraerme a mi adolescencia, me pareció una pasada.

Recuerdo un comentario que hizo en una ocasión (a mediados de los 80s) el/la anteriormente mencionado/da Divine. Dijo: «Siempre quise parecerme a Liz Taylor. Y al final ha sido ella la que ha terminado pareciéndose a mí». Tengo que decir que, aún consciente de la distancia y la diferencia, yo llegué a pensar un poquito lo mismo, aunque todo fuera fruto de la casualidad, pues Nina Hagen es la mujer de las mil caras, y ha tenido millones de imágenes distintas, que ríete tú de Lady Gaga.

En 1992, poco antes de venirme a vivir definitivamente aquí (llevaba dos años a caballo entre mi pueblo y la capital), fui a otro concierto que dio en Madrid, creo que en la sala Consulado. En aquel momento, sin Internet que valiera, a golpe limpio de teléfono, moví Roma con Santiago para localizar al manager, al road manager, al agente de prensa y a todo aquel que se me ocurrió, para poder conseguir un pase VIP y entrar a su camerino, saludarle y ¡hacerme una foto con ella! Yo le había pintado… pintado no, dibujado un cuadro, un retrato a carboncillo, y se lo quería entregar en persona. Mentí diciendo mil cosas, como que era porque estaba haciendo una tesis universitaria sobre ella, que yo era la presidenta de su club de fans, etcétera, pero lo conseguí.

Al final lo conseguí, sí. Era la única fan, lo demás eran periodistas y fotógrafos. Tras el concierto, hubo una reducidísima rueda de prensa en el camerino, solo para contados profesionales. Y ahí estaba yo. Le entregué el regalo, le encantó, estuvo muy amable, charlamos un poquitín, y un fotógrafo utilizó mi Voigtlander casi profesional austriaca, que no alemana, para inmortalizarnos dándonos un abrazo y un beso. Yo había puesto un carrete nuevo, eché varias fotos durante el concierto, y dejé tres o cuatro para el privé. Para mí esas fotos con Nina Hagen suponían la culminación de un sueño. Yo era muy mitómana entonces. No era una fan histérica, porque yo ya era muy mía, pero sí me sentía fan. Ahora soy la antítesis de una fan. La edad. Y las decepciones. Pero sí soy una admiradora de lo bueno, y de los buenos. Eso siempre. Pero ahora soy más como de tener fans yo, que es más cómodo, y más o menos igual de gratificante.

Cuando volví a mi pueblo, tuve que llevar el carrete a que lo revelaran, y entonces tardaban varios días, casi una semana. Todo muy tercermundista. Pasé el tiempo imaginando esas fotos, pensando en la ampliación que iba a hacer, y cómo la iba a enmarcar y dónde la iba a colgar. Llegado el día tuve que ir a última hora, porque estuve trabajando toda la jornada, y el día se me hizo eterno. Al llegar a la tienda mi sonrisa era de oreja a oreja, y el corazón era como si me fuera a estallar. Pregunté por mis fotos. El dependiente, con cara más bien de funcionario, me dijo con gesto y tono aburrido que no había salido ninguna foto, que no había fotos que entregar. «¿¿¿¡¡¡Quéeee!!!???», grité fuera de sí, «¿¿¿¡¡¡Dónde están mis fotos con Nina Hagen!!!???», «¡¡¡Con Nina Hagen, cretino, con Nina Hageeen!!!».

Dio igual todo lo que grité. El carrete, quizá debido a los nervios, no lo enganché bien en la máquina, de tal modo que me había pasado toda la noche del concierto pulsando sin hacer ninguna foto, a pesar de que en el contador iban pasando, y el flash flasheaba. Mas tarde, cuando llegué a mi casa, a mi habitación, y me senté en la cama, con la máquina en una mano y el carrete, virgen, en la otra, lloré, lloré desconsoladamente. Había visto a Nina Hagen, había hablado con ella, la había tocado, me había fotografiado con ella… y no tenía una instantánea de recuerdo de aquel momento. Qué sensación tan… frustrante. Era como arañar el paraíso, para caer en picado al infierno. Nunca tendría esas fotos, y la demencia senil me haría olvidar aquel momento, sin que un trozo de celuloide lo documentara para la posteridad. Así de dramático lo vivía yo, razón por la cual se rumorea que el término drama-queen se inventó para calificarme a mí expresamente y en aquel preciso momento. Supongo que lo que ocurrió luego con el artículo del periódico fue como un premio de consolación…

Han pasado muchos años de aquello del carrete, más de veinte, y me han pasado muchas cosas en la vida… bastantes más de veinte. Recientemente viví una historia que me llegó al corazón, que hizo que me sintiera nuevamente enamorada… cosa muy rara en mí porque a pesar de ser tan carismática y popular, en el fondo soy una sociópata nata y más rara que una rata verde con lunares amarillos, y es muy raro que me enamore (por ello solo he tenido una única pareja en mi vida). Llegué a venerar totalmente a una persona, a confiar ciegamente, casi como nunca. Fue una historia que despertó en mí la ilusión, e incluso la convicción de que había dado con “la persona” idónea. Me sentí afortunada, me sentí viva y me sentí querida… hasta incluso respetada (que viniendo del mundo del que vengo… ¡es mucho!) Ni que decir tiene que yo también amé, admiré y respeté en, al menos, la misma medida en que creía percibir todo aquello. Mi sonrisa de nuevo era de oreja a oreja, y el corazón era como si por fin me fuera a estallar, pero solo para llenarlo todo de confeti y serpentinas.

Pero un buen día, o malo, depende, de pronto la realidad se me cayó encima, y me di cuenta, por decirlo de algún modo, de que… tenía “la máquina en una mano, y el carrete en la otra”. Y no había ninguna foto compartida con esa persona. En este caso no había explicación técnica, puesto que esta vez “sí me preocupé de enganchar bien el carrete”… Y la sensación fue de nuevo frustrante. Peor que frustrante, fue desconsoladora. Una desagradable sorpresa totalmente inesperada, una decepción de las que pueden llegar a enquistarse muy dentro, y una pena de las que marcan un antes y un después. Volví a llorar, ahora más quedamente, pero una vez más de nada sirvió.

Y lo peor de todo… realmente, dejando atrás el simbolismo de la máquina y el carrete, lo cierto es que en verdad no guardo ni una sola foto juntos para recordar ese simulacro de idilio que duró varios meses, ese falso amor que por momentos daba el pego, tanto que puso a punto mis mecanismos emocionales, un poco en desuso.

O… o quizá no, no es lo peor de todo. Quizá al revés. Quizá la vida es lista (más que yo, desde luego) y sabe cuando alguien no merece la pena que aparezca jamás en una bonita imagen junto a ti. Así de significativo, así de claro. Así debía ser.

¡Menos en el caso de Nina Hagen, por supuestísimo!

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Didí Escobart

Didí Escobart comenzó su carrera profesional como artista multimedia en 1991, de la mano de Alaska. Colabora en diversos medios de comunicación y ha publicado varios libros. Forma parte del dúo escénico Diossa & Malyzzia, posee una sólida trayectoria como actriz y publica sus divagaciones en la Bitácora de la Perfecta Petarda.

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