¡Qué monada!

Hay visiones que impactan, imágenes que se quedan en tu retina y vuelven una y otra vez a tu memoria, y a poco que te descuides se instalan cómodamente en tu cerebro, como un hijo treintañero en casa de sus sufridos padres, y ahí se quedan para siempre, quieras o no. Esas Torres Gemelas viniéndose abajo como un bizcocho mal horneado, etcétera. Ya me entendéis.

Didí Escobart • 09/01/2013

Fotograma de Greystoke

greystoke didí escobart

No siempre se trata de tsunamis y pequeños pasos para el hombre pero grandes para la humanidad. En ocasiones se trata de algo pequeño y absurdo, cotidiano, en lo que quizá sólo has reparado tú. Alguien que va por la calle y hace o dice algo, una escena un tanto extraña en pleno vagón de metro, en la cola del supermercado... Sí, esas cosas pasan, y hacen que en ese momento tu vida se pare y se concentre en ese hecho, que intentas analizar, o que en cualquier caso no puedes dejar de recrearte observándolo y recordándolo. A veces distorsionándolo.

El pasado lunes 7 de enero era fiesta. Reyes cayó en domingo, de modo que el lunes era fiesta. Yo no diferencio mucho entre un día de fiesta y otro que no lo es, pero en esa ocasión, y habida cuenta el frío que imperaba en la calle, decidí tomarme toda la jornada sabática, y aparte de que me levanté a la hora de comer, toda la tarde me la pasé frente al televisor, sin hacer otra cosa que tragarme la programación.

Me resultó interesante, novedoso, casi una pequeña perversión, pues hace mucho que no veo la tele. Sí, tengo una tele enorme, fantástica, en el salón (de hecho tengo cinco teles en casa), y está casi siempre encendida... pero no le presto ninguna atención. A veces pongo un DVD con una grabación de una pecera de peces de colores, que puede pasarse horas y horas rebobinándose, y suenan burbujas. También suelo poner un DVD con una imagen continua del fuego de una chimenea, que crepita y todo. Los compré en Tiger, que no venden más que petardadas. Vamos, que la tele es más un objeto decorativo y ornamental en mi casa, salvo, eso sí, cuando decido ver una película o una serie que haya comprado en la FNAC, porque resulta casi imposible robarlas, por mucho que lo intento. De verdad que me esfuerzo.

Me retrotraje a mi infancia y adolescencia, cuando los sábados por la tarde me tiraba en una butaca, me cubría con la gruesa faldilla de la mesa camilla, me zampaba una caja entera de galletas, y veía... bueno, no voy a decir qué series y programas veía, porque estaría delatando mi edad... pero, vamos, tipo Mazinger Z, Aplauso, Los Ángeles de Charlie, Sesión de tarde, y tal. En esta ocasión me tapé con una mantita, me repachingué en el sillón, y no me comí ninguna caja de galletas porque: 1º ahora soy diabética insulinodependiente; y 2º, pretendo mantener esta cintura que es la envidia de toda Europa. Y decidí poner la Primera, para rememorar de la forma más fidedigna aquellas tardes.

Como una subnormal me tragué tres películas seguidas: una del gato Garfield (cuando se supone que odio las películas en las que los animales mueven la boca y hablan, y gesticulan como personas), la de Greystoke (que ya la había visto) y la de Una rubia muy dudosa (que la he visto mil veces), ¡que ya me vale! Como, a diferencia de entonces, ahora no hay anuncios, aquello fue una abducción total. Cuando me levanté la silicona del culo la tenía en los dorsales. Teniendo en cuenta que estaba en pijama (uno muy calentito, estampado en leopardo), y que ni me maquillé ni me peiné ni nada (creo que ni me lavé), mi aspecto era... ¿inconmensurable?

No fueron las de Garfield ni Una rubia muy dudosa las películas que me suscitaron ese "momento impresionante" al que hacía referencia antes. Fue Greystoke, aquella revisión del mito de Tarzán protagonizada por Christopher Lambert y una jovencísima Andie MacDowell en 1984. Bueno, todos conocéis la historia. Resulta que el matrimonio Clayton, de la aristocrática familia Greystoke, naufragan yendo por África, se pierden en la selva, ella tiene un niño, se muere tras el parto, y el marido también muere cuando unos monos entran en la improvisada cabaña (construida en un árbol súper tocho) con ganas de gresca. Previamente habíamos visto como una mona que tiene un bebé (un bebé mono, obvio), sufre la trágica pérdida de su hijo cuando este, en una noche de tormenta, se le cae de los brazos estando en lo más alto de un árbol, o no sé qué. El monito cae y se pega un porrazo enorme, por supuesto muriendo en el acto, y quedando en el suelo en una posición totalmente antinatural, con los brazos y las piernas cada una apuntando a un sitio. El caso es que la madre, muy afectada, no acepta la realidad, y recoge al monito muerto, lo acuna y lo lleva consigo, como si tal cosa. Las madres, que son así, que están todas locas.

Volviendo a la invasión simia en la cabaña, cuando la mona entra con su "marido", llevando al monito -que para entonces se encuentra en un estado lamentable- en brazos, se percata de que hay un bebé (en este caso humano, el protagonista) llorando en una cuna. Es en ese momento cuando se produce el "momento impresionante", pues la mona "tira" al monito al suelo, como si tal cosa, sin prestarle la menor atención, y se lanza a por el otro bebé, ya que está en mejores condiciones, y no es cuestión de atarse al pasado. El monito cae como un muñeco de peluche. De hecho me imagino que realmente sería un muñeco de peluche, no un mono muerto de verdad, pues al equipo de producción les resultaría más sencillo y menos repugnante resolverlo así.

Esa imagen, tan cruel, de la madre arrojando al monito apresuradamente al suelo, como un trasto en desuso, me impresionó. O, al menos, me llamó la atención. Y ahí fue donde mi imaginación pervertida comenzó a "didívagar". De pronto me imaginé a la mona cogiendo al bebé humano, encantada, y acunándolo. Cómo yendo con él cogido, al ir a salir de la cabaña, se tropezaba con el monito muerto. Como, de nuevo despectivamente, le aparta de su camino de una patada, tirándole por la puerta hacia afuera. El monito volvía a caer desde un montón de metros hasta el suelo de la jungla, volviendo a dar con una roca. Pero resulta que el monito no estaba muerto, solo un poco catatónico o algo así, y con el golpe vuelve en sí y, de hecho, se le colocan todos los huesos bien, y puede volver a moverse como si tal cosa. El monito sube en un pis pas a la cabaña. La madre sigue ahí. Se acerca a ella y le suelta un bofetón y le dice "¡Cerda!". Le arranca de un tirón al bebé humano y lo arroja al suelo desde aquellas alturas. El bebé humano se descacharra, y la madre, observando desde arriba, en jarras, muy "mona", exclama: "Oye, estamos entrando en un bucle, ¿eh? Cómo te pasas". Y, por supuesto, le da una patada al monito, y el monito vuelve a caer árbol abajo, mientras grita en el trayecto "¡Cerdaaaaa!".

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Didí Escobart

Didí Escobart comenzó su carrera profesional como artista multimedia en 1991, de la mano de Alaska. Colabora en diversos medios de comunicación y ha publicado varios libros. Forma parte del dúo escénico Diossa & Malyzzia, posee una sólida trayectoria como actriz y publica sus divagaciones en la Bitácora de la Perfecta Petarda.

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