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Contra la transfobia

El pasado sábado se celebró el día de la despatologización transexual y, una vez más, toca poner sobre la mesa el tema de la transfobia y la dificultad del colectivo transexual para disfrutar de la misma vida normal a la que cualquier ciudadano sea cual sea su circunstancia tiene derecho. Es necesario que la Organización Mundial de la Salud elimine la transexualidad de su clasificación de enfermedades.

Mario Erre • 21/10/2014

Despatologización de la Transexualidad | Foto: Uso permitido

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El pasado sábado se celebró el día de la despatologización transexual y, una vez más, toca poner sobre la mesa el tema de la transfobia y la dificultad del colectivo transexual para disfrutar de la misma vida normal a la que cualquier ciudadano sea cual sea su circunstancia tiene derecho.

Es lamentable que a estas alturas de la Historia continúe considerándose la transexualidad un trastorno mental, a pesar de que incluso ya en el Manual Diagnóstico y Estadístico de Enfermedades Mentales de la Asociación de Psiquiatría Norteamericana no es considerada como tal, por lo que por lógica en la undécima revisión de la Clasificación Internacional de Enfermedades de la OMS de próxima publicación es de esperar que desaparezcan los tres códigos F64 que corrresponden a los trastornos de identidad de género (F64.0 transexualidad, F64.1 travestismo y F64.2 trastorno de identidad de género de la infancia)

Siempre he dicho que para que la mentalidad de cualquier sociedad avance es necesario que las leyes, incluyendo por supuesto las médicas, vayan unos cuantos pasos por delante. Pongo un ejemplo: hoy en día el matrimonio igualitario es algo mayoritariamente aceptado o, al menos, no cuestionado por la sociedad en países como España, Uruguay, Portugal o Argentina, por poner ejemplos cercanos geográfica o culturalmente, pero para ello ha sido necesario (aparte de un gran trabajo reivindicativo y educativo por parte, principalmente, de colectivos no gubernamentales) que las leyes de esos países fueran modificadas para introducirlo y poner dichas leyes a favor en este caso de la, llamemos, parte débil, siendo éste el primer paso para que dejara de serla, de modo que, con el paso del tiempo, el que una pareja del mismo sexo se presente en un registro civil con la finalidad de solicitar permiso para contraer matrimonio no sea motivo de burlas o risas por parte de los propios funcionarios del registro puesto que su obligación es cumplir una ley que no admite tales risas y les obliga a expedirle a esa pareja los documentos necesarios para contraer el matrimonio solicitado.

Cierto es que situaciones como la anteriormente descrita, lamentablemente, continúan sucediendo, pero, en el peor de los casos, terminan en los juzgados con la razón de parte de quien ha solicitado un derecho que la ley le otorga, y, para llegar a esta situación, fue necesario que la Clasificación de Enfermedades de la OMS en su revisión del año 1992 dejara de considerar la homosexualidad una patología, primer paso para que las leyes de los países, comenzando siempre por los más avanzados socialmente, se adaptaran a la normalidad que supone el matrimonio igualitario.

Traslademos esto, pues, a la transexualidad para poder llegar a ver el día en el cual que una persona trans ejerza como abogada, médica, ingeniera, diputada, dependienta o azafata de tierra en el aeropuerto de Barajas sea la regla y no la excepción y dejemos de escuchar estupideces de bocas a veces incluso supuestamente cultas denigrando a las personas trans con ejemplos o calificativos que no pienso reproducir en este artículo.

Es necesario que llegue el día en el que la niña transexual del colegio San Patricio de Málaga, subvencionado, por cierto, por la arcaica y corrupta Junta de Andalucía de Susana Díaz y Diego Valderas, o el caso de la azafata de tierra de Turkish Airlines en el aeropuerto de Barajas sean noticia porque los tribunales multan a la aerolínea o clausuran ese colegio por incumplimiento de la necesaria ley contra la transfobia y que ésta cae con todo su peso sobre estas dos despreciables empresas y quienes las subvencionan y no por lo contrario.

Por todo lo anteriormente expuesto, pues, es imprescindible que los gobiernos dejen de patologizar a las personas transexuales. ¿O acaso alguien en su sano juicio puede considerar una enferma mental a Lynn Conway, creadora de los microprocesadores integrados a gran escala, profesora de la Universidad de Michigan y miembro de la Academia Nacional de Ingeniería norteamericana? Pues Conway es una mujer transexual a la que les invito conozcan su historia tecleando su nombre en cualquier buscador de internet, para, de paso, conocer un poco más sobre la hipocresía de las grandes empresas y de como los avances en materia legal conducen inexorablemente a avances en materia social.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Mario Erre

Mario Erre, gallego-argentino-madrileño de 41 años, residente en Chueca desde que Chueca comenzaba a serlo, por lo que ha visto y oído de todo, y que en sus ratos libres trabaja como entrenador personal para sobrevivir en la jungla capitalista y salvaje en la que se ha convertido este nuestro viejo y maltratado planeta.

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