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El día de la hipocreSIDA

Recientemente se ha celebrado una de esas fechas que los responsables de todo se inventan para lavar sus sucias conciencias y hacer ver al mundo lo buenos y solidarios que son. En lo que respecta al colectivo gay hemos llegado a un punto de locura en el que mucha gente se ha olvidado que el VIH existe.

Mario Erre • 05/12/2014

VIH-Sida | Foto: iJacky/iStock/Thinkstock

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Recientemente se ha celebrado una de esas fechas que los responsables de todo se inventan para lavar sus sucias conciencias y hacer ver al mundo lo buenos y solidarios que son. Me refiero al 1 de diciembre, marcado en el calendario por decisión de no se sabe quien como el día en el que todos somos solidarios con los infectados por el VIH y los enfermos de SIDA,

Todos los años en esa fecha podemos ver a las autoridades, dirigentes políticos, señoronas rancias de las de misa diaria y que suelen presidir mesas petitorias en las que piden sin dar, y, si me descuido, grandes empresarios, banqueros, curas y obispos, luciendo un lazo rojo en la solapa que les identificará como personas muy preocupadas por ese virus que todavía no tiene cura ni la tendrá hasta que a las mafias farmacéuticas les convenga económicamente y que todavía no sabemos si salió de un laboratorio con el patrocinio de Reagan, Thatcher y Wojtyla (el demonio neoliberal de tres cabezas culpable de todo lo que hoy está pasando) para matar drogadictos y homosexuales y que después se les fue de las manos, como suele suceder con estas cosas.

Nada que objetar a que la gente que tiene el poder haga esa obscena ostentación de falsa solidaridad si se correspondiera con políticas informativas y de educación a la altura de las circunstancias, algo que, por desgracia, no sucede y me temo que nunca sucedió, de lo contrario no tendríamos cada vez más casos de nuevos infectados por vía sexual ni nos encontraríamos con criminales y absurdas teorías negacionistas del virus, las cuales, en lugar de ser castigadas penalmente como se castiga en muchos países (en España no) la negación del Holocausto, pueden verse ampliamente desarrolladas en cualquier muro de cualquier página web o red social.

En lo que respecta al colectivo gay hemos llegado a un punto de locura en el que mucha gente se ha olvidado de que el VIH existe y cualquier día a cualquier hora nos encontramos con grupos de gente de todas las edades y condiciones sociales arremolinados en torno a mesas llenas de droga follando sin condón unos con otros como si no hubiera un mañana. Y al que se le ocurra sugerir utilizarlo se le expulsará del aquelarre o se le tratará de convencer con argumentos del calibre de “es mejor tomarse una pastilla que usar condón que da alergia”, “el sida no existe, es un invento del capitalismo” o, la mejor que he escuchado, “es mejor pillar ‘el bicho’, así ya te relajas y puedes follar lo que te de la gana sin rayaduras”.

En esas estamos mientras las autoridades sanitarias en nombre de la austeridad y la estabilidad presupuestaria cualquier día suprimen los antirretrovirales de la lista de medicamentos subvencionados (y a ver que pasa entonces, porque este Gobierno es capaz de eso y mucho más) y las autoridades educativas en nombre de la moralidad y la rectitud eluden cualquier tipo de información útil sobre el VIH y el SIDA en los libros de texto, lo que se traducirá en jóvenes homos y heteros, que, al no haber vivido la época dura del SIDA, cuando un positivo en VIH equivalía a una sentencia de muerte de inminente ejecución, se lanzarán alegremente a disfrutar del sexo sin ese molesto látex con el único riesgo de contraer "una enfermedad crónica que se sobrelleva muy bien con una simple pastillita que te da la Seguridad Social". Pastillita que, por cierto, no a todo el mundo le da el mismo resultado, a la Seguridad Social no le sale gratis y con unos efectos secundarios bastante desagradables en algunos casos.

Por favor, menos unos de diciembre, menos lacitos rojos y un poquito más de educación, información y, sobre todo, sentido común.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Mario Erre

Mario Erre, gallego-argentino-madrileño de 41 años, residente en Chueca desde que Chueca comenzaba a serlo, por lo que ha visto y oído de todo, y que en sus ratos libres trabaja como entrenador personal para sobrevivir en la jungla capitalista y salvaje en la que se ha convertido este nuestro viejo y maltratado planeta.

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