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El lamentable justiciero

No seré precisamente yo quien defienda al presidente actual de Venezuela y su gobierno, pero lo realmente grave es que siniestros personajes como Felipe González se atrevan a presentarse en ese país dando lecciones de nada, y, mucho menos de justicia.

Mario Erre • 01/04/2015

"Felipe González(foto de su perfil de Facebook)" | Foto: Uso permitido

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No seré precisamente yo quien defienda al presidente actual de Venezuela y su gobierno con su deriva, a mi modo de ver, dictatorial, errática y muy alejada de lo que en 1998 iniciara Hugo Chávez con el apoyo de la inmensa mayoría de los venezolanos, hartos de un régimen bipartidista heredero de una dictadura militar, la de Pérez Jiménez, cuyos dos principales actores, COPEI y AD (homologables y, por aquel entonces, homologados a nuestros PP y PSOE) habían dejado al país en la más absoluta miseria y con unos niveles de corrupción intolerables para un país civilizado y rico en recursos. Algo así como la España actual.

A pesar de los muchos aciertos y también errores de Hugo Chávez, no es de recibo, en mi opinión, esa manera de dirigir y dirigirse a un país que tiene su sucesor, Nicolás Maduro, cuya capacidad y carisma está a años luz de la de su mentor, enviando a la cárcel a todo aquél que le levanta la voz y buscando continuamente fantasmas externos que tapen su incapacidad tanto gestora como intelectual.

Dicho esto voy a lo realmente grave a día de hoy. Lo realmente grave es que siniestros personajes como Felipe González se atrevan a presentarse en Venezuela dando lecciones y pretendiendo erigirse en defensor de la democracia, la misma democracia que su íntimo amigo Carlos Andrés Pérez se pasaba por el arco de triunfo cuando, haciendo que gobernaba, destruyó Venezuela.

Precisamente Felipe González. Él, el hombre que subvencionado por la CIA y la República Federal Alemana robó y usurpó las siglas, la historia y el patrimonio del Partido Socialista Obrero Español en aquel aquelarre celebrado en Suresnes en 1974 que supuso el fin del socialismo español.

El hombre que, a las órdenes de intereses extranjeros, desmanteló la industria española con su reconversión industrial a cambio de dinero que, presumiblemente, se guardó en el bolsillo y con cuyo sobrante construyó infraestructuras y autopistas que nadie utiliza y autovías para que, treinta años después, los camareros (con todo el respeto) y parados con cuatro licenciaturas que nacieron y/o crecieron durante su etapa de gobieno las recorran hoy en Bla-Bla-Car y, en muchos casos, con destino al extranjero, donde tratarán de buscar los puestos de trabajo que destruyó, ahora se va a Venezuela a presumir de gran demócrata y a dar lecciones de no se sabe que.

Sí, Felipe González, el mismo del que dicen que creó una banda terrorista llamada GAL que asesinó a 26 personas y quien no hace mucho se lamentaba de no haber dado orden de asesinar a la cúpula etarra de Bidart en 1993, el de Lasa y Zabala enterrados en cal viva, el del nunca aclarado caso Alcásser, el íntimo amigo de los sátrapas latinoamericanos y el rey de Marruecos, el "lobbysta", el de Filesa, el que nombró a Luis Roldán, el promotor de la futura gran coalición PP-PSOE.

Él, sí, el mismo que aparecía como vicepresidente del Gobierno en la lista del general Armada tras la intentona golpista del 23 de febrero de 1981, es quien se atreve a irse a otros países a erigirse en justiciero y defensor de la democracia.

Lástima que no supiera o no quisiera hacerlo en su propia casa durante los 14 años en los que se dice que gobernó. Y lástima que se tenga que marchar tan lejos a ejercer de abogado pudiendo hacerlo aquí, en el país que contribuyó afanosamente a destruir, con tantísimas víctimas de injusticias provocadas por el Estado, y, en muchos casos, por él mismo y sus amigos.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Mario Erre

Mario Erre, gallego-argentino-madrileño de 41 años, residente en Chueca desde que Chueca comenzaba a serlo, por lo que ha visto y oído de todo, y que en sus ratos libres trabaja como entrenador personal para sobrevivir en la jungla capitalista y salvaje en la que se ha convertido este nuestro viejo y maltratado planeta.

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