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Lo correcto y lo decente

Una vez escuché lamentarse a la abogada Cristina Almeida en un programa de televisión. “¿Quién me iba a decir a mi que de vieja iba a tener que luchar por los mismos derechos por los que luché de joven?”. Realmente los primeros dos años y medio de gobierno de la derecha española han sido de una frustración desesperante hasta que llegaron Pablo Iglesias y su legión de seguidores para decir basta.

Mario Erre • 25/09/2014

Votaciones | Foto: ilyast/iStock/Thinkstock

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Una vez escuché lamentarse a la abogada Cristina Almeida en un programa de televisión. “¿Quién me iba a decir a mi que de vieja iba a tener que luchar por los mismos derechos por los que luché de joven?”, decía, con el agravante de que en este caso sería después de la satisfacción de haberlos conseguido y la frustración de ver como los hijos de los mismos que en su día los negaban se regocijaban ahora arrebatándolos con gesto y palabras de hipócrita tristeza.

Realmente los primeros dos años y medio de gobierno de la derecha española, que es la peor de Europa porque lleva dentro a la ultraderecha, algo que no ocurre en el resto del continente (sería impensable en Alemania que un partido fundado por Goebbels ocupara hoy la Cancillería) han sido de una frustración desesperante porque nuestros ojos han tenido que ver y nuestros cerebros (el que lo tenga, porque hay unos cuantos millones de españoles que carecen de él) han tenido que asimilar que todos los derechos que fuimos los últimos europeos en conquistar los estábamos perdiendo los primeros uno detrás de otro: desde los laborales hasta los sexuales. Y en el caso del matrimonio igualitario nos salvamos de milagro, porque un milagro fue que el Gobierno no derogara la ley y que un Tribunal Constitucional lleno de jueces conservadores no la tumbara.

Me atrevo a decir que las calles no se hubieran llenado de LGTBI organizando un Stonewall ibérico para defender sus derechos del mismo modo que la población en general no salió en masa a las calles a defender lo que suyo es por derecho y así nos hemos tragado reformas laborales “trabajadoricidas” (perdón por el palabro), leyes de educación dignas de los tiempos de la gloriosa Cruzada nacionalcatólica, desmantelamiento de la Sanidad de todos en pro de la de unos pocos, Justicia con tasas astronómicas para que solo puedan acceder a ella los goliats frente a los davides y, en el caso del aborto, han sido los propios líos internos del PP los que han echado abajo la infumable ley del que pasará a la Historia con el dudoso honor de haber sido el peor alcalde de Madrid (peor aún que su heredera) y el peor ministro de Justicia y Notario Mayor del Reino: no nos engañemos, no han sido ni las mujeres ni los colectivos feministas ni los partidos de la oposición.

Porque esa es la otra cara de la moneda: la oposición. Una oposición adormilada más preocupada de mirarse el ombligo y esperar su turno que de la tragedia que fuera de sus enmoquetados despachos estaba acaeciendo.

Y así fue como llegaron, de repente, sin avisar y pillando por sorpresa a la oronda oligarquía, Pablo Iglesias y su legión de seguidores para decir basta y para decir también que podemos acabar con este basural con algo tan sencillo como protestar ya sea en la calle sin otra violencia que la que el Estado asustado ejercerá sobre nosotros o depositando una papeleta en una urna. Una papeleta nueva que le ha creado a los partidos dinásticos y sus hermanos menores un auténtico papelón que se ha llevado por delante al padre de todo el desastre, un tal Borbón y Borbón-Dos Sicilias, al compadre Pérez Rubalcaba y a otros con menor grado de responsabilidad como el dócil Cayo Lara que no levantó la voz lo suficiente, más preocupado de conseguir el veinte por ciento de los votos que hoy adjudican a Podemos las encuestas que de remangarse y ponerse al frente de la protesta para que esta creciera, pues medios no le faltaban.

No es poco lo que han conseguido estos outsiders de la política y mucho más es lo que conseguirán visto el feroz ataque al que están siendo sometidos desde todos los frentes y que ellos contemplan con la tranquilidad de saber que no hace más que alimentarles y despertar a esa población que estaba adormecida viendo un “Sálvame” al que ahora se asoman los lobos disfrazados de cordero con los que la cara amable de la derecha nos pretende engañar una vez más, aunque esta vez me temo que van a salir sin plumas y cacareando.

Por mi parte todo mi apoyo, además de mi participación personal, al proceso asambleario que se acaba de abrir para buscar un nuevo futuro que con todos los fallos que pueda tener nunca será peor que lo que hasta ahora hemos tenido a pesar de la campaña de desprestigio que los medios al mando del Banco de Santander con su rojo corporativo y el azul BBVA (hasta en eso coinciden con sus títeres políticos) están llevando a cabo desde el terremoto electoral del pasado mes de mayo.

Yo voy a ser más positivo que mi admirada Cristina Almeida y voy a pensar que quien me iba a decir que la filosofía de artistas como Evaristo Paramios, Rosendo Mercado, Robe Iniesta o Enrique Villarreal “El Drogas” que me acompañaron y convencieron en mi adolescencia de que aquello que vivíamos no era lo que merecíamos iba a verla ya cuarentón triunfando y derrotando a la imperante basura socioeconómica disfrazada de “lo correcto” y “lo decente”.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Mario Erre

Mario Erre, gallego-argentino-madrileño de 41 años, residente en Chueca desde que Chueca comenzaba a serlo, por lo que ha visto y oído de todo, y que en sus ratos libres trabaja como entrenador personal para sobrevivir en la jungla capitalista y salvaje en la que se ha convertido este nuestro viejo y maltratado planeta.

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