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No es lícito

Este fin de semana hemos sido muchos los que nos hemos indignado con la alharaca con la que el Partido Popular ha celebrado y aireado la boda de su dirigente el ex-alcalde de Vitoria. Menos gente se ha adherido a la otra vía de pensamiento de la siempre opinadora sociedad española: el “bienvenidos a la causa, señores del PP”.

Mario Erre • 21/09/2015

Matrimonio gay | Foto: Jeffrey Hamilton/Digital Vision/Thinkstock

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Este fin de semana hemos sido muchos los que nos hemos indignado con la alharaca con la que el Partido Popular ha celebrado y aireado la boda de su dirigente el ex-alcalde de Vitoria-Gasteiz. Menos gente (en mi subjetiva opinión) se ha adherido a la otra vía de pensamiento de la siempre opinadora sociedad española: el “bienvenidos a la causa, señores del PP”.

Y digo yo, ¿a qué causa? Porque si esta “corriente de opinión” se refiere a la causa por la defensa de la igualdad y los derechos de las personas LGTBI es que sabe tanto de la historia de éstos como yo de chino mandarín.

El Partido Popular, obviemos sus orígenes franquistas, por ende fascistas, jamás ha abrazado ninguna causa que no fuera enriquecerese y medrar ellos y su círculo de amigos hasta el tercer grado como mucho, y teniendo en cuenta la teoría de los seis grados de separación queda claro que se dejan fuera a bastante gente.

¿Dónde estaban los dirigentes del PP, ya no en la primera manifestación del orgullo en 1977 en Barcelona, que sería mucho pedir, en 2005 cuando se aprobó con los votos de PSOE, ERC, IU, PNV, BNG, Nafarroa Bai, CHA, Eusko Alkartasuna y dos diputados de CDC, así como con el voto díscolo de la "popular" Celia Villalobos y la durísima oposición del PP y Unió, la reforma del Código Civil que permite a las y los ciudadanos lesbianas y gais algo tan básico como contraer matrimonio con sus parejas y proteger así su familia? Yo se lo digo por si no lo recuerdan: vociferando, exigiendo al presidente del Congreso que desalojara a las y los activistas que aplaudían desde la tribuna de invitados dentro del parlamento, bautizando la nueva figura del matrimonio igualitario en sus medios “hooligans” como “mariconomios” (sic) y manifestándose con lo más rancio de la Iglesia católica española en las calles envueltos en banderas rojigualdas, como si la bandera constitucional española no lo fuera también de las lesbianas y gays que como tal la reconocieran.

Y eso fue sólo el pistoletazo de salida. A partir de ahí se desplegó una delirante carrera entre los dirigentes del PP y sus medios afines para ver quien pronunciaba el insulto verbal o social más alto dirigido al colectivo LGTBI. Sí, al colectivo, no al Gobierno de Zapatero (que también) por elaborar el proyecto, porque, en mi opinión no hay mayor insulto al colectivo LGTBI que aquello de “yo tengo muchísimos amigos gais, pero…”, porque da carta de naturaleza a la idea de que somos tan anormales que hasta nosotros mismos se lo reconocemos en privado a ellos, la gente como Dios manda, la gente de bien, la gente bien vestida, biempensante y que irá al cielo si recibe previamente los sacramentos y se confiesa. La gente como Rato, Bárcenas, Granados o Fabra, vamos.

Y si la cosa se hubiera quedado en insulto, todavía, puesto que lengua para contestar teníamos todas y todos, medios no tantos pero sí, por fin, la legalidad de nuestra parte, por tanto, la siguiente trinchera en la “lucha” del PP por el colectivo fue recurrir la medida igualitaria ante el Tribunal Constitucional, a sabiendas de que podrían pasar años hasta que hubiera sentencia y confiando en que para entonces sus culos estuvieran de nuevo en los despachos de la Administración central incluída la judicial como efectivamente sucedió cuando la sentencia del TC validó la ley de 2005 nada menos que siete años después. ¿Hubo necesidad de torturar psicológicamente a miles de familias en ese lapso en que no sabían si de la noche a la mañana iban a ser gentes desconocidas entre ellas por imperativo legal? Parece que para el PP, sí.

Todo esto no sucedió en la posguerra, cuando el similar desprecio de la derecha hacia los derechos de las mujeres convirtió a las divorciadas (incluyendo a las maltratadas) en casadas nuevamente con sus ex maridos por decreto de Franco y las obligaba a pedir permiso a sus maridos poco menos que hasta para ir a hacer pis, ni en la mitificada hasta el absurdo “Transición Española”, no: todo esto sucedió de diez años para acá, siendo el presidente del PP el mismo que lo es hoy y siendo ya Javier Maroto concejal del PP en Vitoria, motivo por el que resulta incluso pornográfica esa rimbombancia con la que los “populares” han aireado este casamiento allá donde se les ha permitido, o sea, en casi todas partes.

No es lícito, señores de la derecha, arrogarse en defensores de una causa contra la que han desplegado toda la artillería pesada que a sus manos llegó hasta antes de ayer. No es lícito porque a dos meses y medio de unas elecciones se les ve el plumero: el plumero con el que tratan de limpiar la caspa que desprendieron en los últimos diez años insultando al Movimiento LGTBI para presentarse como grandes defensores de la igualdad ante la sociedad en general y las personas LGTB del entorno y votantes de la derecha en particular. Votantes LGTBI de la derecha, quienes tienen tan interiorizado el relegamiento a ciudadanos de segunda al que les condena su propio entorno que hasta el pasado viernes despreciaban sus propios derechos públicamente. Aún así, sabiendo la maquinaria electoral conservadora que corren el riesgo de soltar amarras en cualquier momento y reclamarse como ciudadanos de primera, hay que adherirse a la causa ante el riesgo de voto perdido, y más viendo como el PP ha dejado el patio: Esa es la verdadera "causa": la causa de la conversión de Rajoy y sus huestes al bando del sí a los derechos ciudadanos, y no es lícita. No lo es.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Mario Erre

Mario Erre, gallego-argentino-madrileño de 41 años, residente en Chueca desde que Chueca comenzaba a serlo, por lo que ha visto y oído de todo, y que en sus ratos libres trabaja como entrenador personal para sobrevivir en la jungla capitalista y salvaje en la que se ha convertido este nuestro viejo y maltratado planeta.

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