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Por la visibilidad lgtbi+ en el ámbito deportivo

Uno de los sectores donde con mayor impunidad y con mayor silencio cómplice por parte de responsables se practica, por no decir que se ha institucionalizado, la lgtbfobia es el mundo del deporte. TODO el mundo del deporte: desde los equipos de barrio o de colegio cuyas aspiraciones no van más allá del simple divertimento hasta el deporte de élite.

Mario Erre • 15/07/2015

Rugby | Foto: Tan Kian khoon/Hemera/Thinkstock

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Uno de los sectores donde con mayor impunidad y con mayor silencio cómplice por parte de responsables se practica, por no decir que se ha institucionalizado, la lgtbfobia es el mundo del deporte.

TODO el mundo del deporte: desde los equipos de barrio o de colegio cuyas aspiraciones no van más allá del simple divertimento hasta el deporte de élite.

Quizás sea este lamentable asunto el único que hermana al 100% todas las disciplinas deportivas en todos sus niveles: la lgtbifobia en el deporte equipara la marginación del "mariquita" o la "marimacho" del barrio o de la clase sin más aspiraciones que pasar un buen rato practicando deporte, y consiguiendo todo lo contrario, con ese Guti del Real Madrid teniendo que soportar cada domingo como un graderío con capacidad para sentar en él a toda la ciudad de Santiago de Compostela le gritaba al unísono y con el único objetivo de humillarle "maricón" o aquel Islas, portero de la selección argentina a finales de los ochenta y principios de los noventa que, ante la llegada del machista, homófobo, y, todo sea dicho, pésimo seleccionador nacional Passarella, dejó el seleccionado nacional, con lo que supone para un deportista argentino (y de cualquier nacionalidad) representar a su patria en un evento deportivo como puede ser una copa continental o un mundial de fútbol.

Quizás si los niños que, inocentemente y a causa de la nula educación en el respeto a la diversidad que se da hoy en las aulas por culpa de la lamentable LOMCE, o los macarras ultrasur que desde el graderío insultan a futbolistas como Guti o Pepe, o los intachables padres de familia que llaman marimachos desde el otro lado del televisor a cualquier mujer que practica cualquier disciplina deportiva supieran el daño que les hacen entenderían por que muchas de esas carreras se van por la borda sin motivo aparente de un día para otro, y, ese motivo no es ni más ni menos que el “no aguanto más” al que llegan los destinatarios de la lgtbifobia que no entienden como a pesar de todo su esfuerzo, de todas sus renuncias y de todos los logros conseguidos, en muchos casos para mayor gloria patria, para una parte nada desdeñable de la sociedad que debería de aplaudirles, o, al menos apoyarles, sea más importante su criterio a la hora de amar o de entender la vida, y nunca mejor dicho lo de “entender” llegado el momento de juzgar su capacidad.

Eso en el caso de las y los que han conseguido llegar a la élite, prácticamente en todos los casos, ocultando su verdadero ser. En el caso de los deportistas amateurs su carrera finaliza en el momento en que tiene que elegir entre su felicidad o su intento de buscarla frente a un futuro profesional en la élite deportiva dónde no se tolerará que no respondan a las tradiciones heteropatriarcales. Como mucho, un entrenador, digamos, “comprensivo”, les aconsejará vivir su verdadero ser a escondidas y, si es posible, echarse una novia o un novio “lucido” para espantar habladurías, siguiendo la máxima que los obispos recomendaban a los curas: “ya que no podemos ser castos, seamos cautos”.

Esto, lamentablemente, sigue siendo así en pleno siglo XXI en una sociedad que presume de su veintena de países con matrimonio igualitario y cuyas grandes capitales se engalanan la última semana de junio para celebrar el “Orgullo”, orgullo del que muy pocos deportistas han hecho gala: a saber, Ian Thorpe, Martina Navratilova, Erik Schinegger, Philippa York y pocas y pocos más, y, siempre, una vez finalizada su carrera profesional.

Por ello es imprescindible que las administraciones públicas inviten y, en su caso, obliguen a los grandes clubes de fútbol y a sus grandes estrellas a realizar campañas serias contra la lgtbifobia en el deporte y en la vida en general, y de negarse a ello ser sometidas a serios correctivos ya sean económicos, visto que es el lenguaje que mejor entienden, o de carácter competitivo, como podrían ser descensos de categoría.

La lgtbifobia no es un tema menor, desde el momento en que produce gran sufrimiento e incluso en el caso de adolescentes puede conducir al suicidio o a traumas que la víctima arrastrará de por vida.

Eso es mucho más importante que clubes como el Real Madrid o el FC Barcelona pasen una temporadita en segunda división, por poner un ejemplo figurado.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Mario Erre

Mario Erre, gallego-argentino-madrileño de 41 años, residente en Chueca desde que Chueca comenzaba a serlo, por lo que ha visto y oído de todo, y que en sus ratos libres trabaja como entrenador personal para sobrevivir en la jungla capitalista y salvaje en la que se ha convertido este nuestro viejo y maltratado planeta.

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