Un pasado para olvidar, una memoria para recordar

No debemos pasar por alto la celebración del Día de la Memoria Trans, conmemoración en honor a las víctimas de la transfobia que la Historia ha ido dejando caer entre silenciosas y avergonzadas sin razón real desde sus comienzos hasta hace unos segundos en los que en algún lugar de este planeta alguna persona transexual ha sido agredida.

Mario Erre • 22/11/2017

Transexualidad | Foto: Nenochka/iStock/Thinkstock

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No debemos pasar por alto la celebración cada 20 de noviembre del Día de la Memoria Trans, conmemoración en honor a las víctimas de la transfobia, a quienes la Historia ha ido dejando caer entre silenciosas y avergonzadas sin una razón real para ello, en una franja temporal que arranca a la vez que todo y finaliza hace unos segundos, momento en que en algún lugar de este planeta alguna persona transexual ha sido agredida, bien de manera violenta o bien de la misma manera no violenta con las que la trata (tratamos) la sociedad: desde las miradas de la risa a las del desprecio, siempre apoyándose en el odio. Las mismas risas, desprecio y odio que mostró recientemente un supuesto profesional de la medicina que preguntó a una mujer transexual si se masturbaba con prendas de ropa del sexo “opuesto” cuando esta mujer trans armada por fin de valor, acudió a él buscando ayuda en una de esas UIGs (Unidades de Identidad de Género) renombradas así a partir de su nombre inicial, UTIGs, y que incluía una “T” detrás de la “U” que representaba nada menos que a la palabra trastorno: Unidad del Trastorno de la Identidad de Género.

Unas unidades estas, hablo de las UIGs, creadas por la burocracia para montarle un chiringuito al endocrino de turno amiguete de la o el presidente autonómico de turno, y también para multiplicarse a si misma y con la intención última de echar mas piedras en el camino de la persona trans que, por imposición, acude a ellas buscando una luz que ilumine su tránsito pero que termina enfocándole la cara y el alma con la intensidad de un foco de un campo de fútbol de primera división en un partido nocturno.

Una luz que en lugar de ayudarle a enfocar una vida hasta ese momento confusa lo que hace es iluminar las caras de la transfobia. Las caras de esta nuestra sociedad occidental, porque la oriental al menos no disimula: es tránsfoba “por la gracia de Dios y las tradiciones”, pero este carrusel occidental descarrilado en el que vivimos y que dice ofrecernos una vida rebosante de luz, color y sonido disimula el odio y lo verbaliza con una educación y cortesía tan exageradas como falsas. Basta con que recordemos a tantas y tantos transexuales asesinados socialmente y a quienes en su certificado de defunción se les disfrazó ese asesinato social de suicido. De suicidio fruto de una depresión que no salió de sus adentros sino que llegó desde fuera de su persona. De su persona, sí. Sin mas. Sin apellidos ni adjetivos. Una persona. Como usted y como yo. Exactamente igual.

Basta de transfobia. Basta de hipocresía. De la hipocresía de aprobar una ley que no servirá de nada si no se aplica como no la aplica el gobierno autonómico madrileño o como hacen sus hermanos mayores del gobierno central demorando la promulgación de una Ley Trans estatal con un “ya va, ya va” que comienza a ser ofensivo para las víctimas de esa ley nunca llegada y siempre a punto de hacerlo.

Y esas víctimas son las personas transexuales y sus allegados, y en último término la gente que empatiza con la ellas y/ o tiene un mínimo de conciencia social y no voy a añadir “y de clase” porque esa es una variable que merece artículo y, mas que artículo, libro o tesis propia.

Necesitamos ya, ahora, ipso-facto, como sociedad que no quiere ser acusada de sociedad enferma precisamente la despatologización de las personas trans por ser esa patologización algo irreal, ideológico y moralista: ninguna enfermedad supuestamente mental se cura exclusiva o principalmente con un tratamiento físico. Esto último es algo tan lógico que, en su línea de desprecio a las mentes plebeyas, obviaron los ideólogos del género idiota (curas y “señores bien” casi siempre) que estas mentes plebeyas razonarían una vez recibieran la información suficiente.

Como decía, necesitamos, para que la memoria trans sea cada año el recuerdo de una pesadilla cada vez mas lejana, ese reconocimiento y esa reparación a través de una ley trans estatal ya,

Y ya es ya.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Mario Erre

Mario Erre, gallego-argentino-madrileño de 41 años, residente en Chueca desde que Chueca comenzaba a serlo, por lo que ha visto y oído de todo, y que en sus ratos libres trabaja como entrenador personal para sobrevivir en la jungla capitalista y salvaje en la que se ha convertido este nuestro viejo y maltratado planeta.

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