Echando un pito

Trabajo en uno de los muchos parkings que hay en Chueca. Normalmente tengo el turno de noche. Odio trabajar cuando todo el mundo se lo está pasando bien, pero es lo que hay y al final uno se acaba acostumbrando. Currar de madrugada también tiene sus ventajas, a veces pasan cosas increíbles...

Khaló Alí • 18/11/2008

Torso desnudo (Foto: iStockPhoto / Nicholas Monu)

parking chueca

La noche estaba muy tranquila, eran las dos y pico de la madrugada y casi no había movimiento de coches en el parking. Los fines de semana esto está hasta la bandera, pero ese día fue diferente. Salí a echar un pito. No fumo mucho, pero me gusta humear un rato mientras observo los cuerparracos que entran o salen de algún garito. Es la única forma de hacer pasar las interminables horas un poco más rápido. A veces fantaseo con alguno de los chulos que veo pasar y me ha ocurrido que incluso en algún caso, me he puesto tan burro que he tenido que masturbarme en el baño para poder relajarme.

Dicen que los uniformes dan morbo, y tiene que ser cierto porque esa noche lo comprobé. Como decía, estaba fumándome un cigarro cuando vi salir del bar de enfrente a dos tipos. Uno era gordo y calvo. Muy gordo. Mayor, como de cincuenta y muchos. El otro tendría unos cuarenta, rapado, alto y con un bulto que parecía que iba a reventar las costuras del chándal que llevaba. Tal fue la impresión de ver aquello que me atraganté y empecé a toser, hecho que hizo que aquella extraña pareja se fijase en mí. La calle estaba desierta, sólo podían fijarse en mí, y ahí empezó todo...

Mis ojos no podían apartarse de aquel montículo que a punto estaba de romper aquel pantalón y el dueño pareció darse cuenta, pues con una sonrisa de superioridad, me miró y se agarró el paquete, haciéndome ver que todo lo que abultaba era de verdad. Yo intentaba aparentar serenidad, pero era imposible. Llevé una mano a la porra de mi uniforme, y con la otra intentaba darle caladas al cigarro con toda la virilidad que era capaz de demostrar en aquella situación. Siempre he sido un poco voyeur y las situaciones peligrosas me ponen a mil, tanto, que pronto mi polla comenzó a desperezarse y querer darles las buenas noches a aquellos señores. La estrechez de mi uniforme marcaba un buen rabo duro y tieso, dispuesto a dar mucha guerra a aquel hombre.

Cruzaron la calle y se acercaron hasta donde yo estaba. No hablaban español y eso me dio mucho más morbo. Eran alemanes y el hecho de no entenderlos me puso bruto. El no saber que iba a pasar era lo que me gustaba. Estábamos realmente solos, podían robarme, pegarme, matarme, violarme o lo que quisiesen y eso era lo que me daba emoción a la cosa. El rapado pasó a la acción y justo delante de mi empezó a sobarse el cipote por encima de aquel chándal que parecía que iba a explotar. El señor mayor desapareció en el interior del parking. Sin pensármelo dos veces, tiré la mitad del cigarro y le hice una señal a aquel pedazo de adonis para que me siguiese. Dos minutos después estábamos en el interior del recinto y yo estaba arrodillado mordisqueando aquella enorme polla con mis labios por encima del pantalón. Era la primera vez que hacía eso en el trabajo y pensar que podía venir alguien en cualquier momento hizo que me pusiese muy cachondo. Bajé el pantalón a ese pedazo de macho y aprecié durante un segundo el enorme bulto de sus calzoncillos. Él me miraba como invitándome a desnudarlo completamente, yo me sentía el puto amo por lo que estaba a punto de hacer así que bajé aquel bóxer de licra y un enorme tronco de carne se estampó contra mi cara. No me dio tiempo a abrir y la boca y recogerlo, así que lo observé. Aquel hombre no estaba empalmado, solo estaba morcillón y su enorme polla doblaba en tamaño a la mía. No estaba circuncidado y sus venas eran increíbles. Terminé de bajar el calzoncillo antes de comenzar a mamársela que era lo que estaba deseando en realidad, y me quedé perplejo cuando al dejar al descubierto sus huevos, eran tan grandes y colgones que los rodeaba con la mano y un buen pedazo de pellejo sobresalía por debajo junto con aquellas dos bolas de toro que estaba deseando meterme en la boca. Hay momentos en la vida en que perdemos el control y eso fue lo que me pasó en el momento en que abrí la boca y me la introduje dentro. Ya no pude parar, no quise parar. Quería oler aquel enorme cipote. Besarlo, saborearlo, lamerlo, morderlo… Recorrí sus enormes venas con mi lengua y sentía como poco a poco se iban hinchando más y más. No pretendía dejarme nada de aquella comida pero su tamaño tan extremo hacía que no me entrase entera en la boca. Con los dientes mordisqueaba suavemente su prepucio y ayudándome con la lengua, descubría su enorme glande rosado. Aquel cipote estaba coronado por un enorme glande como no he vuelto a ver en mi vida y de su punta, comenzaba a aflorar cierta humedad.

Adoro sentir como crece una polla dentro de mi boca, como me va follando la garganta, pero la impotencia de no poder meterme aquella entera me estaba destrozando, así que comencé a forzar. Si los culos se dilatan, las gargantas también, y efectivamente porque poco a poco fue entrando hasta que conseguí metérmela entera, superando las arcadas. Con una mano sostenía aquellos enormes cojones y con la otra le daba cachetes en el culo, mientras ese pedazo de hijo de puta me tenía insertado y no me dejaba moverme. Le gustaba moverse a él. Me agarró la cabeza y comenzó a follármela poco a poco. Yo sentía como aquel enorme mástil me estaba desgarrando por dentro. Aquellas embestidas hacían que dos enormes lagrimones recorrieran mi cara, pero no eran de sufrimiento, sino del enorme placer que estaba sintiendo. La comisura de los labios parecía que iba a rajarse en cualquier momento.

Un ruido me asustó, era el otro tipo, el gordo, que se había tumbado en el capó de uno de los coches que teníamos al lado y se acababa de sacar una polla pequeñita, pero que movía con el mismo empeño, con que me estaba yo comiendo la de su pareja. Durante un momento temí que quisiese unirse al grupo, pero él se había dado cuenta que lo que yo pretendía era follarme a su novio únicamente. El hecho de que me estuviesen observando me encendió más todavía y me esmeré en regalarle un buen espectáculo para que pudiese seguir pajeándose bien a gusto. Aquella enorme estaca de carne y hueso estaba taladrándome la garganta mientras el novio de aquella mala bestia se acariciaba y nos observaba. Me sacaba la polla muy despacio y luego volvía a clavarla entera y de una vez, luego volvía a sacarla muy despacio y me la volvía a clavar con la misma fuerza que hacía un segundo. Yo estaba muy excitado, tanto que sentía como me apretaba mi propio rabo dentro del pantalón de mi uniforme, quería liberarlo, pero estaba tan ocupado y estaba disfrutando tanto, que me pareció algo secundario. El alemán gemía cada vez más y más fuerte, lo que era señal inequívoca de que pronto iba a correrse. En su idioma me decía cosas, tal vez insultos, tal vez lo bien que se la chupaba, a mi me daba igual, lo que me daba morbo era tener aquel salchichón de kilo y medio a mi entera disposición. En algún momento, me planteé ponerme a cuatro patas y dejarme follar por aquel individuo, pero viendo su tamaño no me atreví. El gordo comenzó a gritar y gritar. Parecía un cochino cuando van a hacer la matanza. Al mover su mano alrededor de su pito, también se le movía su enorme barriga y toda esa enorme capa grasienta que tenía por cuerpo. No se si fue la situación o qué pero sentí que como siguiese mucho rato así me iba a correr. Era increíble, estaba a punto de correrme y sin haberme tocado. El tío rapado me desabrochó la camisa y empezó a pellizcarme los pezones, que a esas alturas de la película, estaban tan duros como mi polla. El cochinillo explotó. Explotó en una lluvia de leche blanca que llenó todo el capó donde estaba tumbado. El rapado también, pero lo hizo en mi boca. Iluso de mi, intenté retener toda la leche que me estaba ofreciendo, pero de aquellos huevos tan desmesurados no podía salir otra cosa que una enorme corrida, también desmesurada, tanto fue así, que tuve que abrir la boca y dejarla chorrear por la comisura de mis labios y mi cuello.

Su erección bajó muy deprisa, imagino que es difícil retener tanta sangre para levantar aquella pieza, pero cuál fue mi sorpresa cuando sin esperarlo, comenzó a mearme encima. Nunca nadie en la vida me lo había hecho y hasta ese momento, me resultaba algo realmente asqueroso, pero sentir aquel chorro caliente que salía del cipote que hacía dos segundos me habían rajado la garganta con su tamaño me hizo explotar a mí. Una enorme mancha blanca llenó mi uniforme mientras los meados de mi amante despegan los restos de lefa de mi careto, y maltrataba mis pezones. Cuando hubo terminado el cochinillo le dio un pañuelo con el que él también se había limpiado. Este lo olió y luego se limpió su polla. Acto seguido, me limpió a mi la cara con él. Oler aquel trozo de tela con la leche de mi amante y su pareja fue el caos final.

Rápidamente desaparecieron por donde habían venido mientras yo seguía allí arrodillado, con las piernas temblando y la comisura de los labios doloridas de tan abierta que los había tenido, para albergar aquel monstruo de la naturaleza.

Me di un duchazo y limpié el uniforme como pude, luego volví a mi garita y rebobiné las cámaras para asegurarme de que lo habían grabado todo. Mil y una pajas me he hecho desde ese día visionando las cintas. Para mi sorpresa, al día siguiente, cuando salí a echarme un pito a la hora de siempre, volvieron a aparecer, pero eso ya es otra historia...

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Khaló Alí

De Khaló Alí sólo sabemos que escribe con pseudónimo y que nació en algún lugar del norte de Marruecos. Ha publicado los libros Jugando con fuego y Estoy preparado, del que ya está casi agotada la tercera edición.

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