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Domingo en el "Mall"

Todos tenemos vivencias de diversos tipos, y a veces algunas de las más sencillas son las que más recordamos. Uno de los domingos que recuerdo con cariño mientras vivía en Chile era algo como lo que cuento aquí.

Eduardo García • 26/04/2012

Domingo en el "Mall"

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Domingo después del almuerzo durante las vacaciones escolares del invierno en Santiago de Chile. Tres de mis mejores amigos y yo acabábamos de almorzar un delicioso banquete casero hecho por uno de ellos, lo que fue una suerte porque lo que es a mí, el cocinar ni se me da bien ni me gusta. Puedo ser un buen marido en muchas otras cosas, pero si es contando con que yo cocine y que lo haga bien, pues la separación se dará antes de tiempo. Pero René cocinó, y fue el mismo amigo al que se le ocurrió la infernal idea de ir a pasear al Mall Parque Arauco. Con el hacerse más internacional y globalizado, Chile, pero sobre todo Santiago, ha ido perdiendo algunas de sus palabras en español para convertirlas al inglés. De esa manera, ya no se dice “centro comercial”, sino “mall”. Incluso se empezó a decir “vámonos de shopping” por querer decir “vámonos de compras”. Ese acercamiento al inglés no era nuevo para mí, ya que al haber vivido antes en Santo Domingo, tan cerca de Miami, la mitad de las palabras que decíamos eran en inglés.

Mientras yo lavaba los platos, ya que como no cocinaba alguien tenía que lavarlos, todos se prepararon para el paseo al mall. Después de tanta comida ingerida, en realidad fue difícil ponerse de pie, pues nuestra energía corporal estaba siendo utilizada para la digestión. Como nadie protestó, yo también seguí la corriente y me fui con ellos. Total, no podía ser tan malo ese paseo, al menos andaba con mis amigos y eso siempre era algo divertido de hacer, el andar con ellos y disfrutar de sus chistes de mal gusto.

Llegamos al Mall Parque Arauco en el auto de uno de ellos, Jorge, quien casi pierde el control y estalla insultando al de la idea de ir para allá. Después de más de veinte minutos buscando estacionamiento, no encontrábamos nada, estaba totalmente lleno. Pero tercos que somos, no nos quisimos ir, no quisimos escuchar la señal que se nos era dada de que si el estacionamiento estaba así, peor lo estaría el centro comercial por dentro. La única opción que tuvimos fue la de dejar el coche en el área de lavado que se ofrecía como servicio adicional, pagado, claro está, y entonces así poder disfrutar de los espectaculares descuentos de la temporada de invierno. Lo mejor de eso era ver a los chicos que lavaban los coches, pues la parte de arriba del uniforme siempre la llevaban bastante abierta y podía ver los vellos que salían de aquellos torsos masculinos.

Cuando finalmente entramos al dichoso mall, no podía creer la cantidad de gente que caminaba entre empujones de un lado a otro. Los pasillos se parecían a la Calle Huérfanos en día laborable. Aquello parecía un hervidero de gente, una multitud digna de un concierto de Madonna. Me asomé por el balcón y era tanta la gente que me imaginé lo lindos que se verían corriendo de verdad si se armara un fuego dentro de este concurrido y moderno centro comercial. Pero ya estábamos ahí, y de esa manera, chocando unos con otros, escuchando gritos de niños por todos lados, sus madres llamándolos, sus padres con la mirada en el cielo y las manos en los bolsillos, tal vez atesorando el dinero que pronto gastarían en complacer a sus hijos, intentamos llenarnos de valor. Con la mirada decidida, mis amigos y yo nos lanzamos a recorrer los pasillos y sus tiendas.

-Si alguien logra entrar a alguna tienda que me avise.-Les comenté a mis amigos, mientras empujaba a unos chicos que me chocaban con cada paso que daban.

-Ahora entiendo y compadezco a las pobres sardinas enlatadas.-Comentó Jorge.

Entramos a ZARA, que aunque en España no sea lo máximo, en otros países del mundo los gays mataban por vestirse con lo último que sacaban al mercado. Era la tienda gay por excelencia en Santiago de Chile, y me sentí inmediatamente transportado a la discoteca gay Búnker, ya que eran las mismas caras y la misma ropa que veía allí. Todos vestidos con los mismos trapos, como uniformados, buscando más ropa casi idéntica a la que ya tenían o la misma que habían visto en algún chico guapo, en la mencionada disco la noche anterior. Como había un 50% de descuento por cambio de temporada, todos, de manera casi frenética y desesperada, buscaban qué llevarse, aunque siempre tratando de mantener algo de esa dignidad maricona que intenta demostrar un desinterés totalmente fingido y falso. Muchos llevaban esa cara de que estaban por encima de todo eso, aunque internamente rezaran por encontrar un tesoro que los hiciese parecer más modernos. Todos buscaban algo que comprar ese día, lo que fuera, pero si de algo estaban seguros era de que tenían que aprovechar las ofertas. Querían poder andar por los pasillos con una bolsa que dijera en letras grandes el nombre de la tienda en la que compraban, que los demás los envidiaran por su poder adquisitivo y por el buen gusto que tenían al comprar donde compraban. Sin saberlo, lo habían asumido como símbolo de status. Al menos entre los gays arribistas, así funcionaba la cosa.

-¿Es que la gente no tiene nada que hacer en sus casas, por favor? ¿Tiene que venir todo Santiago de compras un domingo? ¡No lo entiendo!-Exclamó Jorge, irritado por múltiples pisotones y empujones que estaba recibiendo.

-Es lo más estresante que he vivido en mi vida.-Dijo René.

-Tú te callas, que fuiste el de la idea de venir para acá.-Le dije yo.

-Claro, y como yo los obligué con pistola en cabeza y todo.-Se defendió René.

La ropa estaba amontonada por todos lados, las filas para los probadores se parecían a las de las oficinas públicas, y las filas para pagar eran imposibles. Había que tener paciencia de santo de los de antes para poder elegir, probarse y comprar algo. Finalmente desistimos de aprovechar ese gran y maravilloso descuento tomando una decisión que nos dejaría sin vestirnos a la moda. Salimos entonces a tomarnos un jugo natural de esos a los que les añaden proteínas e ingredientes que van a cambiar tu vida para siempre y a ponerte un cuerpo esbelto y atlético con sólo tomarte uno de los de tamaño grande, claro.

El chico que nos atendió en el local de los jugos milagrosos, era obviamente gay reprimido, o al menos esa fue la impresión que me dio. Se puso muy nervioso cuando mi amigo René lo miraba con insistencia y fijamente a los ojos. Se equivocó dos veces antes de darnos el pedido correcto y su rostro, totalmente sonrojado, ardía de temor al correr el riesgo de verse descubierto por sus compañeros de trabajo. Me imagino que entre las piernas lo que le ardía era otra cosa, lleno de deseos prohibidos que no podía controlar. Otro de mis amigos, Arturo, empezó a hablar con el chico que estaba detrás de nosotros en la fila, y como ese chico andaba solo, se nos unió descaradamente. Arturo nos lo presentó como si fueran amigos de toda la vida, y comenzamos a tener entre todos una charla amena, riéndonos un poco de éste y de aquél.

Después de disfrutar de los jugos protéicos, decidimos que el mall ya no daba para más, ya nos había dado todo lo que nos podría dar ese día. Aliviados por la decisión, nos marchamos junto a la nueva conquista de Arturo y con el coche limpio y brillante. Yo pude ver una vez más los pectorales de los chicos que lavaban los autos, y casi se me cae la baba. Hicimos uno de esos juramentos de grupo de no volver nunca más un domingo al Parque Arauco, y mucho menos en vacaciones de ningún tipo y en temporada de ofertas.

-La semana tiene siete días, no tenemos necesidad de venir a malpasar de esta manera. ¡Que vivan los lunes!-Dijo Arturo.

-El que menos se puede quejar eres tú, que fuiste el único que salió premiado.-Le dijo René, mirando a la nueva conquista de éste, y Arturo se hizo el que no escuchó.

Llegamos a la casa y, como los domingos están hechos para comer, dormir siesta y verse con los amigos fuera de los centros comerciales, nos preparamos la merienda para aguantar hasta que llegara la hora de cenar y volver a hacer lo que mejor sabíamos hacer los domingos, comer.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Eduardo García

Eduardo García nació en Santo Domingo y, tras residir unos años en Chile, donde publicó sus tres primeras novelas, se afincó en Madrid. En España ha continuado con su labor de escritor, además de dedicarse a dar clases de yoga y a las terapias alternativas. Sus últimas novelas están disponibles en Gaymazon. Su columna La cuenta, por favor ha sido nominada a los premios Bésametonto 2013.

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