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Mi amigo Rodolfo

Hoy les entrego una reflexión acerca de mi amigo Rodolfo, que poco a poco ha sabido ganarse un buen lugar en el corazoncito de este servidor. Espero que la disfruten, así como yo disfruto de mis amistades.

Eduardo García • 24/05/2012

Mi amigo Rodolfo

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Rodolfo es el amigo más alto que tengo, debo de darle por la cintura o algo así. Eso no me hace a mí bajito de estatura, lo hace alto a él, dos metros de altura o incluso más. Que no, que no soy de estatura baja, que tengo buen tamaño, lo que sucede es que Rodolfo es muy pero que muy alto. Además, he escuchado que la altura se mide de la cabeza al cielo, así que ya me dirás tú quién es el alto y quién es el bajo.

Con Rodolfo me hice amigo de manera casi instantánea. Leyó todas mis novelas, y aunque empezó siendo admirador de lo que escribo, hoy en día es amigo. Me cuenta sus historias, me río con sus anécdotas, me echa de menos cuando no tengo tiempo para verlo, pero aunque él no lo crea, siempre me acuerdo de él y de su hermosa, sincera y espontánea sonrisa. Sus pestañas largas que aunque me jure una y otra vez que no se las riza, sigo dudándolo, porque no es posible que unas pestañas sean tan rizadas de manera natural. Además, Rodolfo es víctima de la moda, y anda siempre, como se dice por ahí, “de punta en blanco”, lo que es algo así como que siempre anda vestido muy bonito y con el último grito de la moda estacional. Fue él quien me enseñó que en un armario que se respete, nunca debe de faltar un abrigo de lana, aunque muy pocas veces le he visto lana en sus atuendos. Pero si él lo dice, yo se lo creo, al menos servirá para días fríos en pleno invierno. Un día le pregunté por qué usaba guantes ya que, aunque era pleno invierno, no hacía tanto frío.

-Porque me dan distinción,-me contestó.-Hacen que me vea más elegante.

De nuevo le creí, como le creo casi todo lo que me dice. Aunque lo llamo manipulador emocional, que estoy seguro que lo es, le tengo mucho cariño. Cuando hago algo que no le gusta, no me lo dice con palabras, pero me mira con la mirada lastimada y la sonrisa dolida y congelada. A veces mira hacia abajo, como para que yo sepa que le ha dolido lo que le dije, o lo que no le dije. Él quisiera que se lo diga a cada momento, que le tengo cariño, pero es que hay cosas que no hay que decirlas siempre, yo prefiero demostrarlas. Que sí, que las cosas se dicen, lo sé, pero si uno las dice mucho, ya no tienen el mismo sabor que si se dice poco. Por ejemplo, a mí me encanta comer lentejas, pero si las como cinco días de corrido, te aseguro que al quinto día ya no me van a producir el mismo placer que en el primero. ¿Qué si eso me sucede con las relaciones? Pues no creo. Con los hombres me sucede lo contrario, mientras más los veo, más me gustan. Cuando dejo de verlos, se me olvida que existen, por eso creo que es diferente. Mejor verlos y saber que están presentes a no verlos nunca y olvidar algún buen momento que podamos haber pasado juntos. Tengo la convicción de que si no le echamos agua a la plata, ésta termina por secarse, siempre se lo digo a mis amigos.

Continuando con Rodolfo, que es de lo que vinimos a hablar, también debo decir que tiene buena genética. Es cierto que se la pasa metido en el gimnasio y que hace todas las clases que ofrecen, el horario entero de actividades para el cuerpo, pero la genética lo ayuda. He visto fotos de su madre y de sus hermanas, y son hermosísimas. La madre, que ya tiene sus años, parece hermana suya. Y no porque Rodolfo se vea viejo, sino porque ella se ve jovencita. Que de mi amigo siempre pienso que tiene diez años menos de lo que en realidad tiene. No sé por qué, pero aunque su edad no está tan lejos de la mía, a veces lo veo como niñato. No sé si por la inocencia de su mirada y de su sonrisa o por qué motivo, pero cada vez que hablamos tiene que recordarme una y otra vez que tiene diez años más de lo que siempre le calculo.

¿Qué dónde conocí a Rodolfo? En alguna de esas páginas de contactos que abundan en la web. Pero nunca tuvimos sexo, ni siquiera un beso, fue amistad casi instantánea. Que el sexo es rico, totalmente de acuerdo, pero la amistad también, y hay que saberla apreciar cuando se encuentra.

Fue él quien me contó la historia del hombre casado que se obsesionó con él, se lo llevó por un día a Paris, pero ni siquiera le enseñó la ciudad, se la pasaron dentro del hotel haciendo todas esas cosas que nos imaginamos y más. El mismo que intentó violarlo y que se puso violento cuando mi amigo le dijo que no quería verlo más, que no tenía interés en una relación a escondidas. El mismo que lo golpeó y pareció volverse loco al perder los favores de mi amigo.

También la historia del amante que le restregaba en todo momento sus riquezas materiales. Cuando iban a un restaurante, ese señor estiraba el brazo para que los camareros viesen su reloj Rolex y de esa manera lo trataran mejor. Le explicaba a mi amigo que, teniendo riquezas, todo el mundo te trataría bien. Mi amigo terminó por abandonarlo, ya que sus riquezas externas no compensaban la pobreza interna que sufría.

Rodolfo es grande, sí, pero no sólo de tamaño, también de corazón, pues es un alma sensible y valiente que no tiene miedo de expresar sus emociones y no se queda callado ante las injusticias, expresando siempre lo que piensa.

No entiende mis ritmos, y tal vez nunca lo haga, ya que en realidad son muy particulares, eso lo sé muy bien, pero a pesar de eso, la amistad continúa creciendo y nosotros con ella.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Eduardo García

Eduardo García nació en Santo Domingo y, tras residir unos años en Chile, donde publicó sus tres primeras novelas, se afincó en Madrid. En España ha continuado con su labor de escritor, además de dedicarse a dar clases de yoga y a las terapias alternativas. Sus últimas novelas están disponibles en Gaymazon. Su columna La cuenta, por favor ha sido nominada a los premios Bésametonto 2013.

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