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Mi mundo real (tercera y última parte)

Aquí les dejo la tercera parte, la conclusión de este relato a tres voces que espero que hayan disfrutado.

Eduardo García • 23/08/2012

Mi mundo real (tercera y última parte)

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-3- Versión de Sebastián

Disfrutaba de ser arquitecto y vivir en Santiago. Echaba de menos el aire puro de mi ciudad natal Viña del Mar, pero Santiago tenía algo que me llamaba la atención. Me gustaba el movimiento constante, el que siempre estuviera sucediendo algo, que fuera una ciudad viva. En esta ciudad no había por qué aburrirse, sobre todo porque yo disfrutaba mucho del cine, el teatro y las exposiciones. Aunque mi hermano Ignacio diga que no le damos ni por los talones a Buenos Aires, me gusta Santiago.

Esa mañana de invierno salí a ver a un cliente y, cuando regresaba a mi departamento en la calle Mosqueto, me encontré frente a la calle Merced con una hermosa mujer llorando. Me partió el alma ver cómo temblaba sin saber qué hacer. La noté indefensa. Todo el que pasaba por ahí la miraba con curiosidad y hacía comentarios al respecto, pero nadie se le acercaba para ayudarla. Yo no podía seguir de largo y dejarla ahí sin tratar de hacer algo por ella, o al menos saber si podía hacerlo. Entendí cuando trató de explicarme que la habían asaltado y le habían llevado todo. La convencí para que me acompañe a tomar un café, ella necesitaba calmarse. Me sentí cómodo con ella y fue fácil hablarle y escucharla.

Me habló de su esposo, de su profesión, del bufete que dirigía, la casa donde vivían. Lo describió con lujos de detalles, los que yo completé mentalmente con el nombre, sus viajes, su gusto por la danza clásica. Entonces supe que esos detalles que yo tan bien conocía me hablaban de Pablo, de mi Pablo. ¡Esa mujer era su esposa! Definitivamente era ella, no me cabía la menor duda. Sentí que todo ese amor y todas esas caricias que él no le daba a ella, me las daba a mí. Yo le robaba la pasión, su vitalidad y las palabras de amor, esas cosas que ella tanto anhelaba y ya no tenía, que no recibía. Quizás para ella no quedaban más que migajas, mis migajas. Sin embargo, él siempre regresaba a la casa con su esposa, ella era la que dormía y despertaba junto a él, la que podía abrazarlo por las noches.

A Pablo lo había conocido un año antes caminando por la calle Huérfanos. Él iba apurado a alguna reunión con un cliente, y yo me dirigía a encontrarme con un amigo en un restaurante vegetariano. Nos cruzamos las miradas en cuestión de segundos, y seguimos caminando. Al volvernos, nuestras miradas volvieron a encontrarse. Yo, decidido, me devolví y caminé hacia él. Nos presentamos y empezamos a caminar juntos. Él no llegó a su reunión ni yo al almuerzo junto a mi amigo.

Había sido un hermoso año junto a Pablo. Cuando podíamos vernos, explotábamos al máximo los momentos en que estábamos juntos. Y ahora ésto. No estaba en mis planes conocer a su esposa y que además me agradara tanto. La vida, por alguna razón que aún no lograba entender, nos ponía frente a frente. Hablamos un rato más y la dejé en un taxi que la llevaría a su casa.

Me dirigí a la oficina de Pablo en Las Condes sin llamarlo ni avisarle. Su elegante secretaria, que no me conocía, se sorprendió al ver que Pablo me recibía de inmediato en su oficina sin tener una cita previa. Él estaba en el límite entre nervioso y molesto. ¿Cómo me atrevía a llegar así a su oficina?, me reprochó. Le expliqué entonces lo que había sucedido unas horas antes. Ya sabía del asalto, su esposa se lo había contado; incluso estaba saliendo a su casa a verla porque ella seguía nerviosa. No podía creer, al igual que yo, la coincidencia de habernos conocido de esa manera, y me agradeció mi discreción. Le pedí que no se fuera de inmediato, que se quedara un rato conmigo.

-Yo también estoy nervioso,-le dije, tratando de abrazarlo.-También te necesito.

-Sebastián, ahora no, por favor.-Me dijo y se apartó.

-Pablo, necesito estar contigo.

-Oye, ¿crees que debo de llamar a mi madre para contarle lo sucedido con Laura? No le he avisado y me parece apropiado llamarla.-Me preguntó esperando que le diera la respuesta.

En ese momento lo vi como realmente era, como nunca lo había visto, como no había querido verlo. Era un hombre muy guapo, exitoso, simpático, un gran profesional. Pero detrás de esa fachada había un niño asustado, caprichoso, que sin importarle hacer infeliz a su esposa, había tomado la decisión de complacer a su madre y demostrar al mundo que era un macho porque estaba casado. Vi a un Pablo al que no había querido reconocer durante todo ese tiempo.

Pablo se marchó a su casa, junto a su esposa, junto a su madre, junto a la vida que había inventado. Con él no podría tener jamás un futuro. Yo me marché a mi mundo real, decidido a no volver a ver a ese desconocido nunca más.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Eduardo García

Eduardo García nació en Santo Domingo y, tras residir unos años en Chile, donde publicó sus tres primeras novelas, se afincó en Madrid. En España ha continuado con su labor de escritor, además de dedicarse a dar clases de yoga y a las terapias alternativas. Sus últimas novelas están disponibles en Gaymazon. Su columna La cuenta, por favor ha sido nominada a los premios Bésametonto 2013.

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