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¿Para esto nací?

Hoy, otro diálogo entre dos amigos, con una de esas historias que en algún momento de la vida nos ha sucedido a nosotros a alguno de nuestros conocidos.

Eduardo García • 31/10/2012

¿Para esto nací?

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Cuando llegué a la cafetería donde me esperaba Jorge, en lo primero que se fijó fue en mi ojo izquierdo, que lo tenía irritado y rojo como un tomate.

-¿Qué te sucedió en el ojo, macho?-Me preguntó mientras me sentaba.

-Nada, que me cayó jabón al ducharme.

-Sí, sí, que me conozco esa historia del jabón.

-Vale, vale, me ha sucedido de nuevo,-le confesé.-La verdad es que ya no sé qué hacer, le voy a prohibir a los chicos con los que me acuesto que me tiren la leche en la cara. Siempre les pido lo mismo, que tengan cuidado con los ojos, y como un karma que no me deja en paz, siempre, siempre, siempre termina cayéndome en uno de los dos ojos.

-¡Y con lo pica eso, tío!

-¡Pica, arde y quema! La próxima vez que algún chico se quiera correr en mi cara, usaré gafas de sol. Ya lo he decidido.

-O uno de estos lentes especiales que usan los nadadores.-Se rió Jorge.

-Pues sí, pero es que no puedo andar por la vida con los ojos rojos.

-Macho, pero pídeles que se corran en otra parte de tu cuerpo, en el pecho, por ejemplo.

-Voy a tener que ponerme muy estricto con eso, porque por más que les pido que tengan cuidado, termino siempre con el ojo rojo. ¿Y tu fin de semana, cómo estuvo, amigo?

-Pues te cuento, macho. El sábado estaba en un bar nuevo que abrieron, que no recuerdo ni el nombre, y conocí a un chico.

-Nada nuevo, hombre, cuéntame alguna novedad.

-¡Cabrón! Oye la historia. Conocí a este chico que me miraba con mucho interés. En realidad era bien jovencito, me imagino que no llegaba a los veinte.

-Pero al menos pasaba de los dieciocho, espero.

-Eso sí, claro, que no soy cura.-Me dijo.

-¿Entonces?

-Pues nada, que yo para calentarlo más, me saqué la camiseta mientras bailaba.

-Eres tan osado. Y con esas tetas caídas que tienes.

-¿Te parecen mis tetas caídas, cabrón? ¿Has visto lo duras que están? ¿Cuántas horas de gimnasio crees que hago?

-Bueno, pues sigue con la historia.

-Al menos a mí no me tiran la leche en los ojos cada vez que mi ligue se corre.

-No seas cruel, continúa con la historia que te escucho.

-¡Vale! Bailaba y tomaba mi trago cuando el jovencito ese se me acercó.

-¡Estos niños de ahora que no le temen a nada!-Exclamé.

-Se presentó, y como le sonreí, metió su mano en mi pantalón.

-Y no encontró nada, obviamente.-Me burlé.

-Encontró una zorra húmeda y caliente,-rió Jorge, y continuó con la historia.-Así que lo besé y poco nos faltó para hacerlo ahí mismo.

-Que no sería la primera vez que lo haces en público.-Le dije.

-Sabes que controlo mucho mis emociones, que soy discreto, que no soy de hacer espectáculos.

-Ni de hacer dramas ni tormentas en un vaso de agua, que eres igual de controlado que la Sinead O´Connor.

-Eres un cabrón, macho. ¿Puedo continuar con mi historia?

-Claro, hombre, sigue, que soy todo oídos.-Le dije, sonriendo.

-Pues le dije “vamos”.

-¿Y qué te dijo?-Quise saber.

-Me preguntó que a dónde, y le dije que a su casa.

-¿Y?

-Pues que nos fuimos, macho. Así que, taxi de por medio, nos largamos hasta su casa en una parte de la ciudad que creo que todavía no tiene ni nombre. Por un momento pensé que estaba de acuerdo con el taxista para violarme, atracarme y matarme.

-Bueno, lo de violarte no iba a ser tan difícil.

-¡Ah! Y espera, que antes de él subir al taxi, se le acercó un chico y le robó el móvil. El ladronzuelo salió corriendo tan rápido que él no lo pudo alcanzar.

-¿Y tú qué hiciste?

-¿Qué querías que hiciera, macho, que saliera corriendo detrás del tipo? Nada, lo esperé dentro del taxi.

-¿Mientras lo robaban?

-El ladrón ya estaba lejos cuando me vine a dar cuenta.

-¡Joder!

-Bueno, y le dio un ataque de histeria que ni te cuento. Se parecía a la novia de Chuki. Pero no había nada que hacer, así que se calmó poco a poco y arrancamos. El taxista no dijo ni “esta boca es mía”.

-Mejor, ¿no?

-Pues sí, tío.

-¿Y entonces se dirigieron para su casa?

-Sí, pero no tengo ni idea de por dónde íbamos, como te he dicho. En el camino me advirtió que su casa estaba un poco desordenada, que era un desastre. Me lo repetía una y otra vez, y yo pensé que exageraba. Me dijo que vivía solo y que no había tenido tiempo de ordenar, me decía, que no había pensado regresar con alguien. Debí de haber tomado en cuenta su advertencia.

-Bueno, al menos fue honesto.

-¡Demasiado honesto! Aunque nada de lo que me dijo me preparó para lo que tuve que presenciar. Es que lo debí de haber sospechado desde que me confesó que no tenía Facebook.

-¡¿No usa Facebook?! ¿De qué mundo es?

-La verdad es que ya no quiero saberlo, es más de lo que podía soportar.-Me dijo con aire de haber sido devastado.

-Si Nueva York sobrevivió al huracán Sandy, estoy seguro de que tú pudiste sobrevivir a un mal polvo.

-Es que fue algo más que un mal polvo, macho.

-Cuenta, cuenta.-Le pedí en medio de una risa estruendosa.

-¡Qué asco de casa! Mira que se puede ser humilde, eso me da igual, te lo juro, pero hay que tener un poco de dignidad, de respeto por uno mismo. No te imaginas lo que era eso, el chiquero que era.

-¿Pero por qué, cómo tanto?

-Si hubiese sido sólo desordenado, no importaba tanto, que me da casi igual, que yo a veces ni hago la cama. Y bueno, sí, estaba todo tirado por todos lados, absolutamente todo, y no estoy exagerando. Todo sucio, todo asqueroso, con olor a cualquier cosa. La cama en el suelo con sábanas manchadas y pegajosas. Y cuando te digo que era todo un asco, es que era un verdadero asco, y te repito que no estoy exagerando. Es que ni te cuento la comida, la basura, los papeles, los platos, es que todo, por favor.

-¿Por qué no te fuiste?

-¿A esas horas y con lo cansado que estaba? Eso sí, me repetía a mí mismo, una y otra vez “¿para esto nací, Dios mío?”

-Bueno, pero entonces al menos disfrutaron del sexo.

-Pues ni eso. Que con ropa se veía de lo más bien, pero cuando se desnudó, se me fue todo el morbo, que tenía un cuerpo muy malagradecido, muy ingrato, la verdad.

-¡¿Y entonces?!

-Entonces nada, tío. Él se fumó un porro, nos toqueteamos un rato y se quedó dormido de inmediato. Yo también caí dormido y frustrado. Pero un par de horas después, desde que el sol empezó a asomarse, me desperté.

-¿Qué hiciste entonces?

-Pues ni siquiera lo desperté. Me vestí en silencio y lo dejé ahí dormido, babeando, una escena realmente hermosa. Salí rápidamente, como si me persiguiera la verdadera novia de Chuki. Lo peor es que no sabía dónde estaba, así que tomé el primer taxi que encontré y me llevó hasta mi casa.

-Bonita historia, amigo,-le dije, casi meándome de la risa.-Ya se me empieza a pasar el ardor del ojo.

-¡Eres un cabrón!-Me dijo, riéndose.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Eduardo García

Eduardo García nació en Santo Domingo y, tras residir unos años en Chile, donde publicó sus tres primeras novelas, se afincó en Madrid. En España ha continuado con su labor de escritor, además de dedicarse a dar clases de yoga y a las terapias alternativas. Sus últimas novelas están disponibles en Gaymazon. Su columna La cuenta, por favor ha sido nominada a los premios Bésametonto 2013.

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