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Primera cita

Porque entre los amigos heterosexuales también suceden cosas entretenidas, aquí les dejo la primera cita que tuvo mi amigo Andrés con la chica de sus sueños.

Eduardo García • 17/05/2012

Primera cita

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Muchas veces me he preguntado quienes actuamos de manera más normal en cuestiones de amor, si los heteros o los gays. Pero al final de cuentas, ¿qué es lo normal? ¿Quién decide lo que es normal y lo que no?

Mi buen amigo Andrés, heterosexual confirmado, me ayudó a ver con claridad que en ese mundillo que la iglesia se empeña en proclamar que es lo más normal de la vida, también hay personas a las que les falla algo en la cabeza.

Fui a casa de Andrés a buscar algunos dvd´s que me iba a prestar. Cinéfilo de los buenos, conocía todas las películas filmadas y hasta las que no llegaron a serlo. Me gustaba mucho hablar con él por la misma razón. Cada vez que conversábamos, aprendía muchas cosas nuevas acerca del maravilloso mundo de la pantalla grande. Siempre me prestaba películas que yo me devoraba y después la comentábamos.

Mientras él se duchaba, me atendió su madre, una encantadora mujer que me ofreció café recién hecho.

-No, gracias, me acabo de tomar una taza antes de venir, y creo que con Andrés iremos a tomarnos otro.-Le dije.

-Yo lo hice, pero no lo voy a tomar, que ando con unos dolores de cuerpo terribles, creo que por la edad,-me dijo ella.-Ya me cansé de la medicina tradicional que al final no me hace nada bueno. Por eso he ido a visitar a un doctor “natural”.

-¿Doctor natural?

-Sí, de esos que te dan remedios más sanos.

-Ah, un doctor de medicina natural, ya la entiendo.

-Me dio unos remedios homofóbicos que me han hecho muy bien.

-¿Remedios cómo?

-¡Ay! Estos que son como gotas y unas pastillitas muy pequeñas, pero que no sé bien cómo funcionan.

-¿Homeopático querrá decir?

-¡Eso mismo!

Entonces Andrés salió de la habitación, ya listo, nos saludamos, y me dijo para ir a tomar algo, pues tenía cosas que contarme. Me despedí de su madre y nos fuimos a una terraza a tomar café.

-¿Qué te ha sucedido, amigo?-Le pregunté.

-¿Recuerdas a esa chica que se sentaba a mi lado en las clases de inglés a las que voy?

-Sí, claro, a la que nunca te has atrevido a hablarle.

-Pues esa misma, la chica de mis sueños. Pero es que no encontraba la excusa perfecta para hablarle.

-¿Ustedes los heteros siempre tienen que buscar una excusa válida para hablarle a una chica?

-Esta chica me intimidaba por lo hermosa que es.

-Esto significa que ya le hablaste.-Le dije, acomodándome mejor en mi asiento.

-Pues sí. En una de sus composiciones para la clase, ella leyó en inglés lo mucho que le gustaba ir al cine y también las películas de David Lynch. Por eso, aprovechando la ocasión del Festival de películas de este director de cine, la invité a ir conmigo.

-¿Qué? ¡Me alegro, hombre! Ya era tiempo.

-Al día siguiente era el turno de “Terciopelo Azul”, con la hermosa Isabella Rossellini, que es una de mis favoritas. Invité a Natalia, la chica de la que te cuento, y lo hice con los ojos cerrados, por si se negaba, que esta negativa no me golpeara muy duro.-Me contó.

-¡Felicidades! Ya eres todo un hombrecito.

-Fue todo un logro, sabes que Natalia me cohíbe como nunca antes lo hizo chica alguna. Cuerpo con las medidas perfectas, ojos hermosos y soñadores, labios carnosos y rosados, piel como la seda, pelo largo de color castaño. Sonrisa de diosa de cine, manos bien cuidadas y elegantes, dientes blancos y alineados.

-Me estás describiendo a la mujer perfecta. Pero no sigas, que ni eso va a cambiar mi gusto por los hombres.

-Lo mejor de todo, su melodiosa voz de ángel que me cautivó desde el primer momento. Así que me lancé hacia toda esa perfección, de la cual no te estoy exagerando. Me tiré al vacío y la invité. Al abrir los ojos, la vi sonriendo dulcemente mientras aceptaba mi invitación.

-¡Me parece genial! ¿Qué sucedió? ¿Se casan?

-Espera, macho, déjame contarte bien todo.-Me dijo.

-Cuenta, cuenta.

- La tarde siguiente nos reunimos en la entrada del cine, que estaba más concurrido que de costumbre. Mientras hacíamos la fila para comprar las entradas y yo le regalaba un caramelo, ella me miró inquisitivamente sin aceptarlo. Me preguntó entonces por qué la invité a ella si apenas la conocía y nunca habíamos hablado. Sin escuchar mi respuesta, me dijo con una voz que ya no era tan angelical, que una primera cita no podía ser en un cine, que era de muy mal gusto, y mucho menos viendo una película que le traía tan malos recuerdos, que mi crueldad no tenía límites, que yo era lo peor que había conocido en mucho tiempo.

-¡¿Me estás hablando en serio?!

-Yo no podía entender su actitud, pero ella continuaba alzando la voz mientras me echaba en cara que era muy poco caballeroso de mi parte ir a ver a Isabella Rossellini con las tetas al aire, y que era muy sucio asumir con mi mente perversa que se parecían a las de ella, que se había dado cuenta que eso era lo que yo pensaba. Que yo no tenía nada de sensibilidad ni sabía cómo tratar a una chica. Que por eso estaba segura que yo me quedaría solo por el resto de mi vida, que el destino me haría pagar todos mis malos pensamientos. Que por eso el mundo estaba como estaba, por gente como yo.

-¡Pero esa mujer está loca!

-Frente a la mirada desaprobadora de todos los que estaban en la fila, que a esa altura de la escenita ya me tenían como a un maniático sexual que solamente quería utilizar el cuerpo de aquella inocente y hermosa chica, ésta gritaba con voz de camionero que yo era la persona más manipuladora que ella pudiera haber conocido en su vida, que nunca iba a perdonarme el llevarla a un lugar para compararla con una actriz desnuda y tratarla como a un pedazo de carne. Que si a eso era a lo que yo estaba acostumbrado, con ella no sería así.

-¡Pero por favor!

- Dicho esto último, y faltándole poco para golpearme, dio media vuelta y se marchó, dejándome indefenso ante las duras miradas y los comentarios agresivos de las personas a mi alrededor.

-Ya me lo imagino, amigo. ¿Qué hiciste entonces?

- Empecé a dar la vuelta para marcharme yo también, casi con la cabeza gacha, decepcionado de mi primera y última cita con esa histérica. Me iba cabizbajo, casi maldiciendo a Lynch y a su azulado terciopelo, cuando encontré frente a mí el afiche de la película, ese en el que el protagonista, Kyle MacLachlan, sostiene a una sensual Isabella Rossellini totalmente entregada.

-¡Qué buen afiche! Me encanta.

-A mí también. Me dejé entonces envolver una vez más por la magia del cine que, estaba seguro, como otras tantas veces en mi vida, me haría sentir mejor. El cine ha sido muchas veces una especie de refugio para mí, y sentí que podría serlo una vez más. Si me iba a mi casa, lo único que iba a lograr era amargarme, así que opté por lo más sano.

-Te quedaste a ver la película.

-Así es. Regresé a la fila decidido, con la cabeza en alto, compré la entrada y caminé con pasos firmes a la sala. Me acomodé en la butaca, sintiendo que la oscuridad de la sala me reconfortaba. La película estaba a punto de empezar. Entonces sonreí, olvidando a Natalia y a sus pechos que algún día se marchitarían, y decidido a disfrutar de Isabella, cuyos pechos permanecerían intactos por siempre. Las ansias por oírla cantar “Blue Velvet” me invadieron como siempre.

Escuchando las sabias y hermosas palabras de mi amigo, no pude evitar el sonreír, sintiéndome orgulloso de él.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Eduardo García

Eduardo García nació en Santo Domingo y, tras residir unos años en Chile, donde publicó sus tres primeras novelas, se afincó en Madrid. En España ha continuado con su labor de escritor, además de dedicarse a dar clases de yoga y a las terapias alternativas. Sus últimas novelas están disponibles en Gaymazon. Su columna La cuenta, por favor ha sido nominada a los premios Bésametonto 2013.

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