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La verdadera historia de Caperucita, otra versión del cuento

Cómo ha cambiado el cuento... Al hilo de lo que hablábamos ayer, hoy os traigo una bonita versión del cuento de Caperucita Roja. Podéis leerlo o esperar a que hagan la película, que una más tampoco viene mal.

Alicia Rocafull • 25/10/2014

La verdadera historia de Caperucita, otra versión del cuento | Foto: Youtube

caperucita cuentos

Al hilo de lo que contábamos ayer, hoy os traigo este bonito cuento.

Había una vez una adorable niña llamada Caperucita Roja que era querida por todo aquel que la conocía y que vivía al borde de un gran bosque lleno de águilas reales en vía de extinción y de plantas raras que seguramente servirían para curar el cáncer, si alguien se hubiera encargado algún día de hacer un estudio.

Caperucita vivía en el seno de una familia monoparental, algunas muy muy feministas dirían la palabra monomarental, ya que vivía con su madre y su hermano, pero como esta palabra no existe, lo dejamos en monoparental.

Un día su madre le pidió que llevara una cesta con fruta orgánicamente cultivada, un pastel ecológico de harina integral, una lechera con leche de soja y una jarrita de miel de abejas de la alcarria, a casa de su abuela:

— Pero, mama (sí, sin tilde, acentuado en la primera a, que Caperucita era un tanto poligonera) ¿no sería más adecuado enviar la cesta a través de un mensajero del tipo seur o mrw, beneficiando así a los trabajadores sindicalizados que dependen para su sustento del sueldo que la empresa les paga?

La madre de Caperucita le aseguró que había hablado con varias compañías cuyos sindicalistas habían desestimado realizar el servicio, dada la edad y las necesidades psicológicas de la destinataria.

— Pero, mama, ¿no estaré siendo objeto de opresión cuando me ordenas hacer esto?

La madre le explicó que no era posible que una mujer oprimiera a otra mujer, ya que todas las mujeres están siendo igualmente oprimidas por los hombres en el mundo y así seguirán hasta que llegue la libertad.

— Pero, mama, ¿y no sería mejor que pidieras a mi hermano que llevara la cesta, ya que él es un opresor, para que así aprendiera lo que se siente cuando una es la oprimida?

La madre le explicó que Orlando (en qué pensarán estas madres que ponen estos nombres a sus hijos, jodiéndoles la vida por siempre jamás), que así se llamaba el hermano, estaba en ese momento asistiendo a una manifestación a favor de los derechos de los animales y que, además, llevar cestas no era un estereotipo del trabajo femenino, sino una forma de empoderamiento que le ayudaría a engendrar sentimientos comunitarios y solidarios.

— Pero, mama, ¿no estaría yo oprimiendo a la abuela llevándole la cesta y dando así por sentado que está enferma y que no es independiente para avanzar por los caminos de la propia identidad?

La madre de Caperucita, que estaba hasta el coño ya de tanta pregunta, le explicó que la abuela no estaba en realidad enferma ni discapacitada ni mermada mentalmente en ninguna forma, si bien con ello no quería dar a entender que cualquiera de estas condiciones fuese inferior a lo que algunas personas llaman “buena salud”. Que la abuela lo que tenía era mucha edad y muy mala leche, y que había que respetar a los mayores.

Así, y dado que la fruta se estaba empezando a pochar, Caperucita sintió que podía aceptar la idea de llevar la cesta a la casa de la abuela y se puso en camino.

Todos los vecinos del pueblo creían que el bosque era un lugar lleno de peligros, pero Caperucita sabía que éste era un miedo irracional basado en paradigmas culturales entronizados por la cultura patriarcal, que consideraba al mundo natural como un recurso explotable y que, por consiguiente, creía que los animales predadores instintivos no eran otra cosa que seres a los que aniquilar. Otra gente evitaba pasar por el bosque por miedo a los ladrones y violadores, pero Caperucita sentía que en una verdadera sociedad sin clases todos los marginados debían poder “salir” del bosque y ser aceptados como practicantes de estilos de vida alternativos pero aceptables.

Camino a casa de su abuelita, Caperucita se cruzó con un fornido hombre vestido con camisa de cuadros y pantalón de pana y, pensando que era un leñador que sin duda estaba tumbando árboles sin el permiso correspondiente, le dirigió una mirada de reproche. Luego se desvió de su camino para mirar unas florecillas que llamaron su atención.

Dentro ya de la frondosidad del bosque, se encontró de sopetón con un lobo, quien le preguntó qué había en su cesta.

- ¿Dónde vas Caperucita, qué llevas en la cestita?

— Estoy llevándole a mi abuela algunos alimentos saludables como gesto de solidaridad.

El lobo dijo:

— ¿No sabes, querida, que no es seguro para una niña pequeña caminar sola por el bosque?

Caperucita dijo:

— Mira, Lobo, voy a obviar tu afirmación sexista, me parece muy ofensiva, pero voy a pasarla por alto dado que tu estatus tradicional como un paria de la sociedad te agobia, y porque el estrés derivado de dicho estatus te ha inducido a desarrollar un modo de vida y un punto de vista alternativos aunque perfectamente válidos. Ahora, si me perdonas, tiro para casa de la abuelita que ya voy tarde.

Caperucita volvió al sendero y caminó tranquilamente hacia la casa de la abuelita. Pero dado que el estatus al margen de la sociedad había liberado al lobo de la adherencia esclavizante y lineal a los modos de pensar occidentales, éste tomó un atajo para llegar a la casa de la abuela. Una vez allí, se comió a la abuela, como se esperaba de su estatus y naturaleza de predador natural. También se comió todo lo que había en la fresquera y luego, sin reparar en los papeles que tradicionalmente se asignan a los géneros, se visitó con la ropa de dormir de la abuela, se metió debajo de las sábanas y esperó la llegada de la niña de la caperuza roja.

Al cabo de un rato, Caperucita entró a la cabaña.

— Abuelita, aquí te traigo algunas viandas para saludarte como a la sabia matriarca de la familia que eres.

El lobo dijo con suavidad:

— Acércate, niña, para verte mejor.

Caperucita, extrañada, dijo:

— Abuelita, abuelita, pero qué ojos más grandes tienes.

— Te olvidas, querida nieta, que estoy ópticamente disminuida.

— Abuelita, abuelita, qué nariz más grande tienes.

— Naturalmente podría habérmela hecho operar para seguir los estereotipos de la belleza actual, pero no cedí a las presiones sociales y así estoy, con una napia descomunal.

— Abuelita, abuelita, pero qué boca más grande tienes.

El lobo, cansado ya de comentarios zoófobos, en una reacción típica de su especie saltó de la cama y agarró a Caperucita, abriendo las fauces de par en par para que pudiera ver a la pobre abuela retorcerse en su panza, todo esto al grito de ¡para comerte mejor!

— NOOOOOO. Te olvidas de algo, Lobo Feroz —gritó envalentonada Caperucita—. ¡Tienes que pedir mi permiso antes de proceder a un grado mayor de intimidad! Cuando una chica dice no es no.

El lobo se vio tan sorprendido con el comentario que aflojó su abrazo, en el momento mismo en que el leñador entraba por la puerta blandiendo un hacha, alertado por los gritos.

— ¡Alto ahí! —gritó el leñador, que en realidad era un guardabosques.

— ¿Qué hace usted aquí? —exclamó Caperucita—. Si le dejo ayudarme ahora, se pensaría que estoy expresando una falta de confianza en mis propias habilidades, lo que conduciría a una baja autoestima, a sentirme una pobre niña desvalida y a darle al género masculino, en general, una sobredosis de paternalismo.

— ¡Alto ahí, he dicho, señorita! ¡Suelte a ese espécimen de una especie en vías de extinción! ¡Es una orden de la autoridad! —exclamó el guardabosques, y cuando Caperucita hizo un movimiento brusco, el hombre le cortó la cabeza de un tajo.

— Menos mal que llegó usted a tiempo —dijo el lobo—. La niña y su abuela me sedujeron y me he tenido que defender como he podido. Hasta me obligaron a vestirme de mujer, estas depravadas.

— Menuda niñata, he estado controlando mi ira desde que le vi cortar esas flores protegidas hace un rato. Ahora creo que voy a tener un trauma. ¿No tendrá usted una aspirina a mano, señor lobo?, para los traumas las aspirinas son lo mejor.

— Claro —dijo el lobo.

— Gracias.

— Comparto su dolor, no es agradable tener que actuar así —dijo el lobo, dando varias palmaditas al guardabosques en su bien acolchada espalda, al tiempo que se echaba un eructo, diciéndole al hombre

— Lo siento, pero creo que comí demasiado. ¿No tendrá por ahí un Almax?

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Alicia Rocafull

Alicia Rocafull es una escritora y bloguera nacida en Madrid en 1967. En 1991 ganó el segundo premio del Concurso de Relatos de Renfe y en 2013 uno de sus cuentos formó parte de una recopilación de microrelatos publicada por Diversidad Literaria. Nacida en el seno de una familia de rancio abolengo, esta oveja rosa se dedica al activismo social en temas LGTB, defensa de los animales y veganismo desde los años 90. Ha sido colaboradora en varias radios online de temática lésbica, creadora de la radio y chat de las ovejas rosas y autora de diversos blogs. Actualmente podéis seguirla en sus perfiles de Facebook y Twitter, en su canal de Youtube, y en su blog La Oveja Rosa.

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