Lesbianas en los 80´s. Primera parte.

No es fácil ser lesbiana, no es fácil amar de manera diferente que la mayoría de tus amigas. Pero también es verdad que ahora es mucho más fácil que hace 30 años. Hoy quiero contaros qué complicado era ser lesbiana en los años 80. Y como es largo el tema, empezamos por el principio. Mi principio.

Alicia Rocafull • 18/09/2015

oveja tortillera | Foto: Uso permitido

lgtb lgbt lesbianas homosexualidad historia mujeres feminismo chueca madrid españa

La Movida Madrileña estaba dando sus últimos coletazos cuando yo me di cuenta de que me gustaban las mujeres.

Corría 1988 y Alaska ya se ha había separado de los Pegamoides, Benavente, el de Parálisis Permanente, se había matado con el coche, y ya no existía el mítico Rockola. Tampoco existía Chueca tal y como lo concebimos ahora, no era el Soho castizo del que hoy disfrutamos todos tan alegremente, lleno de tiendas y bares de moda, y restaurantes de diseño. El barrio de Chueca era una especie de Bronx plagado de yonkis y con una plaza donde cada mañana aparecía algún chaval muerto por sobredosis. La degradación del barrio llegó junto con la Movida, porque Chueca antes era un barrio muy tranquilo, muy afable, donde nos conocíamos todos.

Yo pasé toda mi infancia en el número 28 de la calle de las Infantas, muy cerca de la plaza que ahora se llama de Pedro Zerolo. Por aquel entonces la plaza se llamaba de Vázquez de Mella, pero nadie, absolutamente nadie, la llamaba así. Se le seguía llamando por su nombre más antiguo, que era Plaza de Bilbao, plaza de la que solo quedaba un parking subterráneo cuya zona elevada tenía un parque infantil. Entre ese parque infantil y el de la Plaza de Rey, pasé toda mi infancia jugando. Todo el peligro que había en Chueca en aquella época, principios de los años 70, era el que contaba la leyenda del fantasma de la Casa de las Siete Chimeneas: Si te quedabas en la Plaza del Rey después de las 9 de la noche, venía el fantasma y te llevaba. Siempre pensé que aquello era un cuento aprovechado por las madres para que llegáramos pronto a casa, pero el caso es que nos lo creíamos.

Pasaron los años y el peligro ya no solo era el fantasma. En los 80 el peligro estaba en los atracos a mano armada, los tirones de bolso, y todos los peligros que lleva asociada la heroína, que no eran pocos.

En esas estábamos cuando yo me di cuenta de que a mí lo que me gustaban eran las mujeres. Fue de repente, pero como esa es otra historia, ya os la contaré otro día. La cuestión es que yo me di cuenta de este detalle en 1988. Tras un corto romance de “iniciación”, me vi más perdida que Rajoy en la Unión Europea y no sabía por dónde empezar. No existía internet, ni las aplicaciones de móvil para ligar, ni ningún lugar para informarse de nada. No existían referentes en la vida social, y si existía alguno yo no lo conocía debido a mi situación familiar. Los 21 años de hace casi 30 años no eran como los 21 de ahora, entonces lo más moderno que teníamos era La Bola de Cristal, Alaska y El Cuarto Hombre de Gurruchaga.

Se dio la circunstancia de que, por estas cosas de El Universo, que siempre zigzaguea a nuestro favor, había leído un artículo en un periódico sobre un bar gay que se llamaba Café Figueroa. Le pedí a una amiga que me acompañara un sábado por la tarde, y para allá que nos fuimos.

Aquel café tenía una placa en la puerta que decía “Desde 1981”, y parecía un sitio acogedor, así a primera vista. Entramos y todas las miradas se clavaron en nosotras. Una decena de “híper machos” llenaban las mesas del café. No había ni una sola mujer y, así de entrada, pensé que me había equivocado porque aquello no parecía un bar gay. Todo eran hombres musculados con grandes bigotes y tatuajes, como si aquello fuera el bar de un puerto y todos fueran descargadores de muelles. Nos sentamos y se nos acercó un amable camarero, que enseguida sacó a relucir su pluma e hizo que nos sintiéramos más tranquilas. Este camarero me habló de una discoteca en Lavapiés que era “solo para mujeres”.

Y así fue como el Medea, en la calle de la Cabeza 33, se convirtió en mi templo. Las más jovencitas no os vais a creer lo que os voy a contar… Hasta bien entrados los años 90, las discotecas y los bares de lesbianas no estaban abiertos al público general, funcionaban con timbre y mirilla. Tanto el Medea, como el No te prives en Chueca, el No se lo digas a nadie, en Huertas, todos funcionaban así. Llamabas al timbre de la discreta puerta sin carteles llamativos ni luces de neón, miraban por la mirilla y te abrían si así lo creían conveniente. Despídete de entrar en uno de estos garitos si te acompañaba algún amigo, da igual si era gay o no; aquellos eran espacios seguros y no estaba permitida la entrada de hombres.

Si bien el ambiente de estos locales era un tanto sórdido, también es verdad que allí te sentías libre. En una sociedad en la que la homosexualidad todavía era tabú, en la que las muestras de cariño en público estaban muy mal vistas (hasta tal punto mal vistas, que yo misma sufrí una agresión por pasear abrazada a una mujer por la calle), estos lugares eran como un oasis en medio del desierto.

La cuestión es que ligar en un bar no era, ni es, práctico ni fácil, y menos aún para las mujeres. Al final todas te conocen y tú las conoces a todas y sois más amigas que otra cosa. Hasta la llegada de internet con sus chats y sus foros, y con ellos la explosión del ligue instantáneo, había que apañarse como una podía. Y la mejor forma que yo encontré de apañarme fue el Segundamano. La revista de compra- venta tenía una sección de “relaciones”, que así se llamaba, de todo tipo: él busca ella, ella busca él, él busca él y ella busca ella. Y para allá que fue ella, o sea yo, dispuesta a contestar a algún anuncio y ver lo que se cocía en el mundo boyeril de la época.

Pero como esa es otra historia, y tiene miga, lo dejo para otro día, no sin antes desearos un feliz fin de semana lleno de amor y sexo.

Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.

Acerca de Alicia Rocafull

Alicia Rocafull es una escritora y bloguera nacida en Madrid en 1967. En 1991 ganó el segundo premio del Concurso de Relatos de Renfe y en 2013 uno de sus cuentos formó parte de una recopilación de microrelatos publicada por Diversidad Literaria. Nacida en el seno de una familia de rancio abolengo, esta oveja rosa se dedica al activismo social en temas LGTB, defensa de los animales y veganismo desde los años 90. Ha sido colaboradora en varias radios online de temática lésbica, creadora de la radio y chat de las ovejas rosas y autora de diversos blogs. Actualmente podéis seguirla en sus perfiles de Facebook y Twitter, en su canal de Youtube, y en su blog La Oveja Rosa.

Comentarios

Relacionado con Madrid

Contactos en Madrid Chat Gay Madrid Chat Lesbianas Madrid Guía Gay de Madrid Noticias de España

También te puede interesar...

© Looping Media, S.L., 2007-2018
Condiciones de uso, privacidad y cookies
Quiénes somos | Publicidad | Ayuda y contacto