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Diario de Martín Lobo. Martín Lobo (seudónimo de Javier Cid). Plaza y Janés.

Se hace, además, perentorio, obligatorio hablar, además, del estilo. El autor tiene oficio, ama el lenguaje y se expresa con soltura, combinando a la perfección alardes de cultura con exabruptos y afirmaciones morbosas o sorprendentes. Estamos ante una acidez bien manejada que nos provoca la sonrisa o nos arranca una exclamación.

Guillermo Arroniz López • 21/11/2013

Diario de Martín Lobo

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"La rutina periodística -madrugar, escribir, madrugar, escribir, madrugar, escribir- parcheó los agujeros negros de mi vida, de mi corazón y de mi cuenta corriente".

Página 25.

"Quisimos madrugar para rendir cuentas al paraíso; la antigua ciudad colonial primero, la selva tropical del Yunque después. Entre medias, las cuevas de Camuy y el Río Encantado. Como los excesos de la naturaleza me oprimen, a la octava hectárea de vegetación frondosa y palpitante empecé a acusar la falta de oxígeno".

Página 118.

El libro del que voy a hablar hoy no es una novedad editorial, y sin embargo me llamó la atención desde el primer día que lo vi en las estanterías de unos grandes almacenes en la (a mi gusto) siempre reducida sección de libros.

Lo traigo hoy aquí porque su vigencia no ha pasado, porque tu texto bien merece mi atención y creo que porque despertará interés en una buena parte del público homosexual e incluso en muchos potenciales lectores de otras orientaciones, sean ellas las que fueran.

El libro que nos ocupa se basa o parte de un blog muy popular de un periodista de El Mundo. En él se desgranaban las peripecias de un periodista cerca de la treintena, que flirtea con el amor mientras folla y sufre por su condición de homosexual y persona pública.

Lo primero que destacaría, al margen del gran "hecho" que dio morbo al rincón de la blogosfera del que hablo y luego al libro, esto es hacer públicos los pormenores sexuales de un "gay" del Madrid de la primera década del siglo XXI, concretamente de un año de esa década; lo primero que destacaría, digo, es esa permanente adolescencia en la que los treinta son los nuevos quince y los cuarenta los nuevos diecinueve... A saber: el piso compartido, la fiesta permanente, la obsesión por el sexo, la búsqueda del amor romántico, son comunes en Martín Lobo y en un 98,7 por ciento de la población occidental entre los veintiocho y los cuarenta y cinco. O quizá no tanto, pero casi.

Habrá quien me señale, y no le faltará razón, que el compartir piso, como los estudiantes, es consecuencia de la nueva "way of life" del mileurista. El ensayo de Espido Freire al respecto resulta muy interesante. Sin embargo yo responderé que la fiesta constante y la borrachera no sólo cuestan dinero, sino que no los entiendo como consecuencia del sistema, sino como una comodidad o blandura de la nueva generación ante la vida: como una falta de madurez.

En ese sentido, además del protagonista máximo del libro, nos encontramos con historias de dos de sus amigas, lesbiana y heterosexual respectivamente, que hacen equilibrios sobre los mismos vaivenes emocionales, valga la contradicción. Así como con cameos fugaces de otros de sus amigos, mayoritariamente gays: el que le quita el novio trompetista, el que compite en el número de conquistas; el que apenas acaba de salir del armario. En otras palabras, estamos ante un retrato generacional en gran medida. Aunque quizá la foto que finalmente tenemos ante nuestros ojos después de accionar la Polaroid (o lo que es lo mismo, después de leer la novela) y esperar a que se seque y aparezcan los colores (es decir, esperar a digerir lo leído), sea quizá una instantánea donde todo se ha movido, hay un humo sospechoso que vela todo lo que vemos, y la falta de armonía de la composición salta a la vista.

"SIBILA: Zeltia, esa señora está chiflada.

ZELTIA: Y tú no lo estás? Casi te asesinan en Turquía porque te fugaste con el primero que te dijo que tenías unos ojos preciosos. ¿Te parece que una persona cuerda haría algo así? ¿Y Martín? ¿No está chiflado Martín? Yo diría que sí; deprimido y apaleado porque un sinvergüenza de Miami al que conoció hace cuatro días ha desaparecido de su vida. Todos estamos locos y cometemos errores, y todos tenemos derecho a rectificar, pedir perdón y empezar de nuevo".

Página 193.

Se hace, además, perentorio, obligatorio hablar, además, del estilo. El autor tiene oficio, ama el lenguaje y se expresa con soltura, combinando a la perfección alardes de cultura con exabruptos y afirmaciones morbosas o sorprendentes. Estamos ante una acidez bien manejada que nos provoca la sonrisa o nos arranca una exclamación. En este sentido, saltando de la procacidad al análisis afilado y preciso del bisturí, es casi necesario mencionar a una de las maestras de la nueva generación literaria española, abanderada de la nueva “movida” madrileña de los libros: Lucía Etxebarría. Si bien ambos tienen sus identidades comparten una buena serie de elementos y escriben con un dominio que se agradece.

En definitiva una visión personal pero completa de lo que pueden ser las peripecias vitales de un gay español en la barrera de los treinta en los años dos mil. Sin duda les hará sonreír, cuando menos... y si son un poco sensibles, también les hará asustarse, quién sabe si hasta emocionarse. Recomendable, claramente recomendable.

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