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"La canción de Aquiles". Madeline Miller.

La novela de la que hablo hoy nos cuenta la historia entre Patroclo y Aquiles, la historia de amor. Es una interpretación y ampliación de lo que nos cuenta el poema homérico la "Ilíada" al respecto. La discusión sobre si los príncipes griegos eran primos o amantes continúa a día de hoy. La autora, obviamente, ha tomado partido por la segunda opción.

Guillermo Arroniz López • 01/03/2019

La canción de Aquiles | Foto: Uso permitido

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Tengo la suerte de recibir libros, benditos regalos, de las gentes más queridas, estén en Madrid, en Puerto Rico o, como en esta ocasión, en Estados Unidos.

Y la mayoría de las veces estos obsequios tienen no sólo su propio valor económico y literario sino uno intangible y reconfortante que va más allá del placer de leerlos. Muchos de esos libros demuestran que la gente que me quiere me conoce bien. Algo que puede parecer obvio pero que no lo es en este mundo superficial y egoísta donde nadie conoce a nadie ni le importa nadie.

La novela de la que hablo hoy nos cuenta la historia entre Patroclo y Aquiles, la historia de amor. Es una interpretación y ampliación de lo que nos cuenta el poema homérico la "Ilíada" al respecto. La discusión sobre si los príncipes griegos eran primos o amantes continúa a día de hoy. La autora, obviamente, ha tomado partido por la segunda opción. Aunque Patroclo tenía muy limitado protagonismo en el poema clásico es aquí, en cambio, quién cuenta la historia. Y a través de sus actos Miller nos hace quererlo incluso por encima del gran héroe de Troya, el famoso hijo de Tetis, el del talón como único punto débil. De hecho uno de los mayores aciertos del libro es ver cómo crece ese personaje secundario desde la humildad y la bondad, quizá incluso con unos criterios éticos muy avanzados para su tiempo, muy "contemporáneos", aunque éste es un tema sobre el que volveré más adelante.

La autora, así, nos hace querer/admirar a un hombre que ama a otro hombre. Y lo configura como el auténtico héroe a imitar. Ahora bien, no parece claro (no para mí, al menos) la realidad o intensidad de las relaciones sexuales de los protagonistas, y parece desprenderse que su amor se manifiesta físicamente a través de dulces caricias, abrazos, y masturbaciones (¿sólo de Patroclo hacia Aquiles o son recíprocas?). Poco debería importarme la vida sexual de nadie, cierto es, pero da la sensación de que la novelista hubiera querido evitar ser más explícita o librar al lector de imágenes "perturbadoras", o más "carnales". Y es que, uno de los puntos que menos me ha emocionado del libro es su vocación de best-seller. El carácter lírico se diluye entonces entre las normas básicas de toda obra que nace para dirigirse al mayor público posible, a convertirse en un número uno en ventas. Es decir, para que las señoras de mediana y avanzada edad -el mayor público lector según yo lo veo- puedan acercarse al libro con el candor de una madre hay que evitar las escenas sexualmente "perturbadoras". La insistencia de la diosa Tetis en rechazar a Patroclo como pareja de su hijo, siendo el dulce adolescente tan encantador, no hace sino potenciar la ternura con la que una madre miraría al personaje.

Otro de los puntos que no me han seducido es precisamente su "punta de lanza", de la que hablaba antes: la modernización del mito/leyenda/historia. Es lo que la autora busca, y así lo reconoce. Pero esa aproximación a nuestros días y formas de sentir merma la magia o la poesía del texto original, por más que sea una obra épica. Creo que puede ser la traducción (no lo sé pues no lo he contrastado con el texto original) pero expresiones del tipo "milésimas de segundo" o "daños colaterales" me parece que alejan al lector del auténtico escenario, del ambiente y la época.

Así también la culpabilidad o sentimiento de traición que Aquiles siente frente a su amado por haber tenido relaciones con una mujer con la que su madre le ha casado. Este tipo de relación matrimonial en paralelo a la relación con el amado era frecuente en la Grecia de su tiempo, según nos transmiten las crónicas. Si bien es verdad que la relación entre Aquiles y Patroclo no cumple al cien por cien lo bien visto por la sociedad griega porque no hay apenas diferencia de edad entre ambos aunque sí haya una protección de uno a otro, otra de las características de esa relación "tan regulada". Es decir, se ha discutido siempre quién era el erastés y quién el erómeno.

La inmensa mayoría de los lectores podrá sentirse identificada, y aliviada y emocionada también cuando Patroclo sacrifica tanto para salvar a la esclava Briseida de la violación y el maltrato. Y nos palpitará el corazón de ver la ternura con la que desarrolla la relación con ella y llega a considerar incluso tener un hijo. Y me aventuró a decir que también esa misma mayoría de lectores sufrirá con el consabido desenlace. Esa parte es lo más conseguido, a mi modo de ver.

De todo el libro me ha parecido que rescata un punto de poesía la frase:

"LAS NINFAS MARINAS ACUDEN a por el cuerpo, arrastrando tras de sí sus ropas de espuma".

Algo que encaja con las expresiones típicas del autor o autores homéricos.

Finalmente el personaje de Aquiles resulta extraño. Extraño porque sus reacciones no son cien por cien lógicas. Pasa de la mayor ternura a la mayor crueldad. Del orgullo desmedido al duelo más grande. Y todo ello con una cierta ajenidad, con una frialdad o indiferencia que lo vuelve casi robótico. Todo ello inicialmente, y durante toda la lectura del libro, me ha provocado un cierto rechazo. Sin embargo, una vez pasada la última página la sensación va cambiando y creo que el esfuerzo de la autora es exitoso pues desde mi punto de vista refleja una personalidad a medio caballo entre la insensibilidad de los dioses -es hijo de una de ellos- y los sentimientos humanos. Tetis, su madre, es fría y guarda mucho rencor, y ha intentado dotarlo de la mayor divinidad posible, aunque no tanta como ella hubiera querido. Por eso cobra sentido la personalidad atípica y pétrea o incluso metálica del personaje.

Un libro que se lee bien, con facilidad y con gusto, aunque no sea la obra perfecta que hubiera soñado. Aunque para eso, claro, ya está la "Ilíada".

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