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"La esquina es mi corazón". Pedro Lemebel.

Una vez más la generosidad boricua ha hecho llegar un libro a mis manos. En este caso no ha sido literatura Puertorriqueña, pero sí Sudamericana (Chilena, para más datos).

Guillermo Arroniz López • 01/10/2018

La esquina es mi corazón | Foto: Uso permitido

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El autor no sólo fue escritor sino también miembro de un grupo artístico llamado "Yeguas del Apocalipsis" que según parece realizaba performances con un contenido de gran denuncia social.

El libro del que hoy escribo es una recopilación de artículos publicados en varios medios del alargado país del Cono Sur (entre ellos la revista "Página Abierta") redactados de una manera tan personal que a veces más que crónicas parecen relatos, fantásticas formas de adornar vivencias propias o barrocas maneras de contar historias de la gente de los más bajos estratos de la calle.

Ese barroquismo se caracteriza por una explosión de adjetivos. Sólo en la primera frase de la obra podemos encontrar "modernista", "delator", "rasurado" y "municipal". El valor, el coraje, de esa "poetización" del lenguaje al volverlo tan descriptivo y decorado produce mi admiración ya que soy consciente del rechazo que, entre la comunidad de escritores, ha tenido durante mucho tiempo el uso generoso de los adjetivos, inmerso como estaba -al menos en España- el mundo literario en una especie de minimalismo que encumbraba el sustantivo y lo conceptual como únicas alternativas serias de redactar. No obstante no parece que el rechazo de las "mayorías" le haya importado mucho a Lemebel: su estilo audaz, y en no pocas ocasiones procaz, le ha implicado sin duda el gesto de asco o el vacío por parte de los colectivos biempensantes. Volveremos sobre este punto. Pero encontramos también ese barroquismo que mencionaba más arriba en la práctica de un "enaltecimiento" de lo local, desde la selección del tema o situación que se describe en los artículos hasta las palabras que se eligen como "luma" o "lumazo" (entiendo que por "porra" o "porrazo" ya que luma es un árbol chileno de madera pesada y resistente).

El lenguaje es clave en el autor, y así podemos también encontrar, además de mataforas inesperadas, comparaciones clásicas y "localismos", términos que, al menos a día de hoy, no recoge la RAE como "pendex", que por contexto parece ser la forma personal del escritor de referirse al "pendejo", como si cambiase las letras "jo" del final de la palabra por la "x", de forma similar a la costumbre de Juan Ramón Jiménez de no usar jamás la letra "g". He de reconocer que ignoro si en los años noventa, cuando estos textos se hicieron públicos, era frecuente el uso del término en Chile, pero más parece que fuera una opción algo caricaturesca del escritor para llevar un paso más allá el concepto, ya bastante negativo por sí mismo, del "pendejo".

Las crónicas, cópula singular de artículos de actualidad, denuncia social y relatos abocetados, versan sobre los homosexuales y los desfavorecidos de la sociedad Chilena de su tiempo. El autor no ahorra críticas a nadie. Y no tiene miedo de llamar a las cosas por sus -procaces o sexuales- nombres. No es éste un libro para puritanos ni timoratos. Ya el primer relato empieza describiendo los parques como lugares de encuentros furtivos de parejas homosexuales pero también heterosexuales que se permiten el lujo de criticar, creyéndose cargados de la razón moral, el "pecado" de los demás cuando ellos vienen de cometer "otro" de similar envergadura (y valga el juego de palabras). Y de ahí en adelante Lemebel se atreve con todo y con todos: la falta de salidas para la juventud del país, las efusivas celebraciones del mundo del fútbol, los peluqueros y sus clientelas y la forma en que la obsesión por la perfección corporal cincelada en los gimnasios anula el deseo.

"DESHOJADAS DEL CONTROL ciudadano, las barras de fútbol desbordan los estadios haciendo cimbrar las rejas o echando por tierra las barreras de contención que pone la ley para delimitar la fiebre juvenil, la prole adolescente que se complicita bajo la heráldica de los equipos deportivos [...] el aparato regulador que sistematiza y acalla la euforia pendeja". "CÓMO NO TE VOY A QUERER (o la micropolítica de las barras)". Página 51.

No puedo decir que esté de acuerdo en todo lo que afirma el cronista que viste sus artículos con una protesta casi permanente por los desfavorecidos, pero es cierto que ignoro la realidad del país en aquellos años noventa (no me enorgullezco de ello, sólo lo confieso). Yo creo más en el esfuerzo y la lucha personal como armas capaces de hacer salir a cualquier joven de un ambiente pobre y opresivo, pero eso es harina de otro costal.

Los textos son una irreverencia perfecta por cuanto podrían invitar a los lectores de la mano izquierda si no fuera porque sus fuertes opiniones y duras diatribas cortan cualquier efusión erótica iniciada por la claridad con la que se describen momentos y órganos sexuales; pero, como ya he dicho, encontrarán poco público entre los colectivos pudientes que ostentan la vieja moral como su mejor arma. Y entre los literatos hallará sin duda también el vacío de quienes practican un estilo radicalmente opuesto al barroquismo y a la influencia lezamiana. No es la fórmula de Lemebel la de las masas, ni de un lado ni de otro (ideológicamente hablando). Lemebel es Lemebel. Es fiel a sí mismo y arrampla con todo lo que se pone a su paso.

El propio título del libro "La esquina es mi corazón" me sugiere ya diversas cosas que parecen tener mucho que ver con el contenido mismo de los artículos. La esquina es, por definición, una arista, un lugar cortante que vira hacia otro lugar que desconocemos -o que al menos no podemos ver- y que por lo tanto nos puede dar miedo. Pero la esquina es también la confluencia de dos caminos que se cruzan y por lo tanto pueden provocar un choque. Por último, pero quizá no menos importante, la esquina puede ser un símbolo del lugar donde se ejerce la prostitución, lugar de la llamada del sexo más evidente y menos convencional o menos ortodoxo. Todo ello parece gritar Lemebel por los cuatro costados, al ser sus escritos un corazón que sangra o un aullido que se da entre el semen y el dolor.

"MÁS ADENTRO, CRUZANDO el umbral de cortinaje raído la manga algodonosa que rodea a tientas, a ciegas, a flashazos de pantalla el pasillo relumbra como baba de caracol en terciopelo negro". "BABA DE CARACOL EN TERCIOPELO NEGRO". Página 45.

"Una caldera humana revienta los índices del mercurio y derrama hacia la Estación Central y terminales de buses, la erótica fogosa de las vacaciones. Enjambres de pendejos con shorts fosforescentes, descuelgan su estética chillona arribando mochilas, frazadas y paquetes de marihuana movidos a última hora". "LAS LOCAS DEL VERANO LEOPARDO". Página 151.

"QUIZÁS, EN LA MULTIPLICACIÓN tecnológica que estalló en las últimas décadas, la política de la libido impulsada por la revolución sexual de los sesenta perdió el rumbo, desfigurándose en el traspaso del cuerpo por la pantalla de las comunicaciones. Tal vez fue allí donde una modernidad del consumo hizo de la erótica un producto más del mercado, o más bien, fue elegida como adjetivo visual que utiliza la publicidad para enmarcar sus objetivos de venta". "BARBARELLA CLIP (esa orgía congelada de la modernidad)". Página 83.

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